Transferencia de tecnología

Hay una manera de hacer que los pobres de este mundo estén US$500 mil millones mejor económicamente, pero esta solución rara vez se discute. 2.5 billones de dólares de ayuda al desarrollo más unos billones desconocidos de los presupuestos nacionales están aún en la cuerda floja de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, así que entender correctamente nuestras prioridades es vital.

Hay una manera de hacer que los pobres de este mundo estén US$500 mil millones mejor económicamente, pero esta solución rara vez se discute. 2.5 billones de dólares de ayuda al desarrollo más unos billones desconocidos de los presupuestos nacionales están aún en la cuerda floja de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, así que entender correctamente nuestras prioridades es vital.

Para hacer el mayor beneficio, el Copenhagen Consensus ha pedido a 63 equipos de los principales economistas del mundo que examinen los costos y beneficios económicos, sociales y ambientales de todos los principales objetivos.

Algunos de ellos son obvios, como la salud, la educación, la alimentación, el agua y el medioambiente, pero algunos no lo son tanto. Uno de ellos es la transferencia de tecnología de los países ricos a los países pobres y de ingresos medios, como una ayuda para el desarrollo sustentable.

La razón por la cual la tecnología es tan importante es que hace a la gente más productiva, por lo que impulsa el crecimiento económico global. Además, una vez que se ha adquirido el conocimiento, se integra en la sociedad y se puede utilizar como un trampolín para el crecimiento futuro.

El profesor Keith E. Maskus, de la Universidad de Colorado, ha escrito un extenso artículo sobre qué es lo que funciona y cuánto beneficio puede traer. Como él señala con razón, los objetivos relacionados con la tecnología de la ONU son demasiado generales e insulsos. En cambio, usando la literatura económica, él plantea dos propuestas.

La primera propuesta es clara: si nuestro objetivo es conseguir más tecnología disponible para los pobres, tal vez simplemente debemos aumentar la inversión en investigación y desarrollo (I + D), especialmente en el mundo en desarrollo.

El punto es que los beneficios de la I + D no solo van a la empresa que lo está haciendo; también hay beneficios sociales más amplios, ya que las ganancias de productividad se producen en algún otro lugar de la economía, y otras personas aprenden el trabajo o ven la posibilidad de una mayor innovación.

Este beneficio más amplio justifica que los gobiernos apoyen la investigación, ya sea a través de créditos tributarios o del gasto gubernamental directo en investigación en instituciones públicas. Los países en desarrollo gastan solo un 0.2 por ciento de su PBI en I + D y tal vez un 0.3 por ciento en 2030. Si, en lugar de eso, nos planteamos como objetivo un 0.5 por ciento del PBI en 2030 y 1.5 por ciento para las economías emergentes, esto naturalmente aumentaría los costos directos del Gobierno pero también, a la larga, aumentaría la innovación y las capacidades tecnológicas. Como comparación, Nicaragua gasta alrededor del 0.03 por ciento y tendría que subir hasta el 0.5 por ciento.

Los modelos estiman en total que por cada dólar gastado probablemente podríamos terminar obteniendo un rédito de tres dólares. Eso no está mal.

Sin embargo, hay otra, y mucho más eficaz manera de aumentar la capacidad tecnológica de los países de bajos ingresos. En lugar de centrarse en innovar más tecnología para hacer a la gente más productiva, podríamos centrarnos en llevar a más personas a lugares donde podrían ser productivas.

Mientras que permitir la libre movilidad de bienes (de libre comercio) puede añadir varios puntos porcentuales al PBI mundial, sabemos hace mucho que la libre movilidad de las personas podría añadir en cualquier lugar un 67 a 147 por ciento al PBI global. Esto es porque las personas en las zonas pobres no son intrínsecamente improductivas, sino que sus circunstancias mayormente las hacen improductivas.

Por supuesto, la movilidad absolutamente libre se traduciría en una reubicación masiva de los pobres a los países ricos, lo que probablemente generaría enormes problemas políticos. Pero el profesor Maskus sugiere que podríamos empezar con un modesto objetivo de aumentar la migración calificada actual en un 5-20 por ciento con visas por diez años.

El cinco por ciento de aumento en la migración calificada significaría 136,000 trabajadores administrativos y técnicos adicionales, con 97,000 yendo a los EE. UU. Aunque otra investigación muestra que los migrantes solo serían la mitad o menos productivos que los estadounidenses, esto aún mejoraría mucho su situación económica. El modelo muestra que ganarían 15 mil millones de dólares más durante los próximos 25 años. Más aún, ya que traerían consigo nuevas ideas y conceptos, aumentarán la productividad en los EE. UU. y en otros lugares en U$1.5 mil millones.

Por supuesto, esto también significará una salida de trabajadores calificados de los países más pobres. Por ejemplo, 30,000 personas saldrán de México por diez años. Pero van a enviar dinero de vuelta —alrededor de US3 mil millones en total—. Y mientras muchos se preocupan acerca de la “fuga de cerebros”, en realidad hay más evidencia de una “ganancia de cerebros”: si hay una oportunidad de ir al extranjero y ganar más dinero como médico o ingeniero, esto inducirá a más jóvenes a invertir en educación profesional, lo que significa más médicos y técnicos en el largo plazo.

En total, los costos, sobre todo en recaudación tributaria perdida, son superados significativamente por las ganancias. Por cada dólar gastado, este objetivo podría redundar en 10-20 dólares de beneficio. Con las Américas constituyendo un tercio de la economía global, los beneficios potenciales podrían llegar hasta U$500 mil millones. Eso debería hacer que el objetivo de una mayor movilidad laboral sea un fuerte competidor para el próximo conjunto de objetivos mundiales. El autor es de los best seller El ecologista escéptico y Cool It, director del Centro para el Consenso de Copenhague, y profesor adjunto de la Facultad de negocios de Copenhague.

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