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La obra de teatro La Caperucita rota se ha presentado en algunas comunidades rurales. Después de su presentación algunos niños se han animado a contar sus historias de abuso. LA PRENSA/ R. FONSECA

Lo que callan los niños de El Infiernito

Un cuento con un final triste estremece a la niñez de una comunidad rural de Masaya y los hace contar su propia realidad: la del abuso y la violencia sexual, una pandemia silenciosa

“Yo le digo a mi mama que mis hermanos me tocan aquí y aquí y eso no me gusta”, dice Mirta mientras se toca las piernas y el pecho. Ella lleva una capa roja encima y está frente a un público de niños que se estremece y sigue cada uno de sus movimientos en un escenario improvisado. Mirta es el personaje protagónico de la Caperucita rota, una versión del famoso cuento la Caperucita roja que, como en el original, es acosada por un lobo feroz que se la quiere comer. Aquí el lobo, un títere de piso que manipulan dos actores, quiere abusar de ella. Al final lo consigue. Con esta obra, un grupo de expertos —comunicadores, teatristas, investigadores— se mete a lo más íntimo de una comunidad rural y toca una realidad que los niños suelen callar: el abuso sexual.

[doap_box title=»NICARAGUA, PAÍS DE VIOLENCIA SEXUAL» box_color=»#336699″ class=»aside-box»] De acuerdo con las estadísticas sobre violencia sexual, Managua, Jinotega, RAAN, RAAS, Matagalpa y Masaya son los departamentos que más casos de violencia sexual registran.

“Llama la atención que Masaya aparezca por encima de Granada”, dijo Orozco, quien está desgranando la incidencia, pero también los patrones. El experto cree que el país está en pañales en materia de investigación de la violencia sexual.

Xiomara Urbina, jefa de la Comisaría de la Mujer, Niñez y Adolescencia, no recuerda casos de esa comunidad El Hatillo y dice que si hay situaciones de violencia hay que denunciarlas ante esa institución.

Reina Rodríguez, coordinadora de la Red de Mujeres Contra la Violencia (RCMV), manifestó hace poco que está preocupada por el incremento en los casos de violencia sexual contra mujeres y niños.

Rodríguez declaró a diarios locales que se reportan entre ochenta y sesenta denuncias por abusos en las Comisarías de la Mujer. Recordó que gran parte de los abusos sigue sin denunciarse. [/doap_box]

Nerviosa, llorosa, Karla, el nombre ficticio de una niña de unos 9 años, cuenta por primera vez a extraños cómo su papá abusaba de ella. “Siempre que me dormía me tocaba. Yo no abría los ojos de miedo”, dice Karla. Es de día. Está arrimada a un árbol en el patio de su escuela. Va de uniforme: falda azul, camisa y calcetines blancos que le tapan la pantorrilla, y zapatos negros. Su relato ocurre en escenarios domésticos: el patio, la casa y el cuarto, y sus personajes de carne y hueso son todos familiares: el papá, la mamá, el hermano, la abuela, una prima.

Su voz se quebranta por momentos. Dice que el papá le daba algo a su mamá y a su hermano para dormirlos, luego iba donde ella y le quitaba la ropa. “Me amenazaba. Me decía que si yo hablaba me mataba o le hacía algo a mi hermano”, explica la niña, quien no está rindiendo su testimonio ante una psicóloga, mucho menos ante una policía o alguna funcionaria estatal. Karla está de espaldas a una cámara, juntando y separando los pies del nervio. A su alrededor está Auxiliadora Rosales, una comunicadora social, parte del grupo de expertos, que llevaron la obra de teatro y que fue el detonante para que la niña contara lo mismo que le había dicho a su mamá, quien le había respondido: “Sos una chavala mentirosa”.

El Hatillo es una comunidad de Masaya asentada a la orilla de la carretera, que conduce a la laguna de Apoyo. La mayoría de sus casas están construidas de madera, caña y zinc, unas cuantas son de concreto. Abundan los árboles frutales y de sombras y las flores veraneras que brotan en distintos colores por toda la comunidad.

Los poco más de 800 habitantes que la conforman viven de lo que da la tierra y del comercio hacia Masaya, la cabecera departamental que está a unos siete minutos en vehículo. Algunas mujeres se emplean en el mercado de esa ciudad, mientras los hombres se dedican a la agricultura o a escarbar las minas de piedra pómez que se hallan desperdigadas en la zona.

De sus 822 pobladores 319 son menores de 12 años, según el último censo de Ana Rodríguez, líder de la comunidad. Alrededor de 200 niños asisten a la escuela preescolar y primaria Conchita Caldera. Las profesoras cuentan que el nivel académico es bastante bajo.

Muchos niños son obligados a abandonar la escuela porque sus papás los llevan a trabajar al campo o porque las mamás les encargan el cuido de sus hermanos menores.

A pesar del aspecto fresco y pintoresco, que a simple vista se muestra a El Hatillo como un lugar pacífico, Rodríguez dice que la comunidad tiene serios problemas de violencia dentro de las casas.

“En un cuarenta por ciento de los hogares se vive violencia. Pero nadie denuncia por miedo”, dice la líder y recuerda que hace poco le llevaron un niño con el rostro morado por la golpiza que le había propinado el padrastro. Esa vez llamaron a la Policía y luego de comprometerse a darles para la gasolina, lo que implicó una recolecta entre los vecinos de 200 córdobas, la patrulla llegó y se llevó al agresor.

“Pero ideay, ¿qué pasó?, a los cuatro días la mujer fue a retirar la denuncia, la cosa es que terminaron soltando al hombre. Ellos allí siguen juntos y yo me los eché de enemigo”, dice Rodríguez, quien reconoce que ese es el pan de cada día en la comunidad donde los golpeados y violados se suelen callar.

[doap_box title=»Algunas cifras del horror infantil» box_color=»#336699″ class=»aside-box»] Según cifras del Instituto de Medicina Legal en 2013 la violencia sexual ocupó el cuarto lugar del tipo de violencia en Nicaragua.

El año pasado realizaron peritajes médicos por violencia sexual a 6,069 personas, de las cuales 5,370 eran mujeres.

De las mujeres a quienes se les realizó el peritaje médico legal, 3,065 eran niñas menores de 13 años.

El 73 por ciento de las víctimas de ataques sexuales se cometió bajo violencia, fuerza y agresión, poder y autoridad, chantaje, intimidación y amenaza.

Lorna Norori, especialista en atención psicológica a víctimas de abuso sexual y directora del no gubernamental Movimiento Contra el Abuso Sexual (MCAS), dijo que el fenómeno de la violencia sexual en Nicaragua “es el más invisible de todos los delitos que se combaten en el país y el más complejo de resolver”.

Ella revela que una de cada tres mujeres en el país ha sido víctima de violencia sexual y estima que por cada mujer que denuncia un abuso, hay otra que guarda silencio.

6,595 años de vida saludable perdieron las 6,069 personas afectadas por la violencia sexual en 2013. [/doap_box]

Reina el silencio

En el país se suele callar la violencia sexual, según lo han reflejado distintos estudios y expertos que analizan el fenómeno en el país. Roberto Orozco, experto en seguridad que ha trabajado el tema, dice que la “violencia sexual es sumamente alta” y sobre todo afecta a menores de 14 años. Y los que perpetran el abuso hacia los menores casi siempre son parientes y conocidos: padrastro, padre, tío, primos, hermanos, novio, según reflejan organizaciones de niños y de mujeres. Orozco compara las tasas de violencia sexual y de homicidios.

Según los datos oficiales, el promedio de la tasa de violación de menores de 14 años es de 40 por cada 100,000 habitantes, mientras que la tasa de homicidios que es de 8.7 por ciento, según arrojó el Informe de Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas (PNUD).
Es decir que se triplican los abusos sexuales. Orozco, basado en los parámetros de valoración de la Organización Mundial de la Salud (OMS), afirma que estamos ante una “pandemia” a la que no se le da respuesta.

“No existe una política preventiva. El tema de la violencia intrafamiliar sigue siendo tabú”, afirma.“Todavía no hemos calculado cuánto le cuesta al erario público la violencia sexual”, apunta el experto y explica que la violencia sexual “integra todos los delitos contra la integridad y libertad sexual de las personas. Se incluyen tres tipos de violaciones: violación, violación a menores de 14 años y violación agravada. Además de estupro agravado, abuso, explotación sexual y promoción del turismo para fines sexuales, proxenetismo, trata de personas con fines de esclavitud sexual. Todos estos son delitos graves. Y, dentro de los delitos menos graves están el estupro, incesto y acoso sexual”.

El infiernito

El Hatillo fue conocido a mediados de los ochenta por un caso de incesto.

Cuentan algunos vecinos que una muchacha se armó de valor y denunció ante las autoridades el incesto que vivía.

La muchacha dijo que el papá la violaba y la había embarazado y que lo mismo hacía con otras hermanas.

A partir de eso, ese sector de la comunidad pasó a llamarse El Infiernito, aunque también circula la versión que se llama así por los bacanales infernales que se armaban en la época de la alfabetización. A raíz de la denuncia el papá violador huyó de la comunidad durante un tiempo. La justicia nunca lo atrapó.

Algunas de las hijas se largaron de El Infiernito con sus pequeñas hijas-hermanas.

El papá aún vive en la comunidad, es un hombre setentón, huraño, quien no se habla con el resto de los moradores que habitan ese galillo terroso y solitario, hasta donde no ha llegado el adoquinado.

El Infiernito tiene una fisonomía parecida a la del resto de la comunidad, las casas son apartadas, de una sola pieza y con piso de tierra.
En El Infiernito el apellido más común es Rodríguez, la gente dice que es por lo mismo: porque se han relacionado entre parientes, y que siguen habiendo relaciones incestuosas en el vecindario.

Uno de los casos actuales que se menciona es el caso de un campesino que vive con la madre y la hijastra, y que ambas mujeres tienen hijas de 15 años, a las que el hombre empieza a molestar.

Algunas de las situaciones de abuso y violencia de El Infiernito y de El Hatillo se ventilan en la escuela.
La Conchita Caldera es una escuelita pequeña de siete aulas, dos de ellas bodegas, y menos de 200 alumnos.
Aunque se fundó en los ochenta y se reconstruyó después del terremoto del 2000, no cuenta con un muro alrededor. Los niños juegan a la hora de recreo frente a los patios de los vecinos.

Algunas niñas se han quejado de que algunos hombres las llaman y les enseñan sus miembros.

“A nosotros nos gustaría que viniera un psicólogo aquí porque los niños tienen muchos problemas, pero les da miedo contarlos”, dice una de las dos maestras que hablan para este reportaje, pero que piden el anonimato por miedo a represalias de los vecinos que las han amenazado ya por el apoyo que les dan a los niños en estas situaciones.

A finales del año pasado, una alumna de sexto grado les confesó que era violada por su padrastro.

La menor quedó embarazada pero su mamá, quien al comienzo no le creía, la llevó a que le practicaran un aborto.

Las maestras convencieron a la mamá para que denunciara al padrastro, y al final cedió. El violador huyó y no ha sido capturado.

La menor, quien padece una discapacidad intelectual, concluyó su sexto grado pero no siguió estudiando.

En El Hatillo solo hay primaria, pero a un kilómetro sobre la carretera adoquinada queda un colegio.

Otro caso que recuerdan las maestras, es el de un niño de unos 8 años que vivía con unos tíos.

“El niño era muy inquieto y bastante agresivo en su lenguaje dentro del aula de clases. Era tremendo. No se estaba quieto, y cuando bailaba hacía movimientos sexuales”, dice la docente que viaja todos los días de El Hatillo a Masaya. El niño un día desapareció y su tía lo fue a buscar a la escuela, entonces le comentó que el niño se quejaba de “ardor y dolor en sus partes”. El día que apareció “tenía sangre en sus partes, pero la tía decidió ir a dejarlo donde vive el papá, en una comunidad cercana”.

Otro niño les contó recientemente que a uno de los niños lo colgaban de castigo, por eso llegaba con el cuello morado.
La periodista Auxiliadora Rosales cuenta que ella había escuchado de los problemas que había en esta comunidad y de la historia de El Infiernito, por eso se juntó con el teatrista César Paz, director del grupo Teatro Estudio de Nicaragua, e idearon el montaje teatral para sensibilizar a la población.
Contaron con el apoyo económico de la ONG Hivos.

Nunca se imaginaron la reacción y la identificación que entre los menores generaría la Caperucita rota.

Al final de la obra, los actores preguntan a los niños qué harían ellos en su lugar y también instan a los menores a denunciar cualquier abuso.
Paralelo a la obra de teatro, Rosales dice que montaron charlas y capacitaron a los docentes y padres de familia.

“Es la primera vez que se toca ese tema en la comunidad, ojalá se hablara más para que la gente se animara a denunciar”, dice Ana Rodríguez, líder de El Hatillo.

La maestra recuerda que después de la obra, un niño que se sentaba al fondo del aula, quien siempre estaba apartado y callado, habló con ella.
Tiene 9 años. Le corría sudor por las comisuras de los labios y por las manos, estaba muy nervioso cuando le contó que un pariente abusa de su hermana de 7. “No me gusta lo que le hace mi tío a mi hermanita. Yo quisiera estar grande para defenderla”, le dice a la docente.
“Habla con impotencia, pero al menos se animó a decirlo”, anota la maestra.

COMENTARIOS

  1. Ninos son lo mas indefenso.
    Hace 7 años

    Aveces me hago la gran pregunta, no hay dinero para ayudar estas comunidades pobres q sufren de abuso psicologicos, sexual y agresiones? pero si existe dinero para llenar Los bolsillos de Los politicos y congresita como lo es el presidente de la corte suprema q tienen propiedades en el extranjero y el dinero en suiza, de donde sacan dinero? Cuanto me gustaria q confiscaran a todos esas propiedades q tienen y las donaran a esas personas q necesitan, ropa, comida, techo, calles, escuelita y buenos equipos medicos, entre ellos psicologos para ayudar aliviar los problema, pero lamentablemente no pasara por q jamas les haran rendir una auditoria por q son muchos Los q saldrian perjudicado. Y yo aqui guinandome mi pelo al ver tremenda injusticia.

  2. morfeo
    Hace 7 años

    Debe haber plena conciencia que estamos permitiendo que este tipo de abuso destruya la esencia misma de. Los seres humanos de ahí deriva tanta violencia y criminalidad

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