Así murió Anastasio Somoza García

Han pasado 58 años desde que un poeta suicida disparó contra Anastasio Somoza García, el padre de la dinastía más sangrienta de la historia de Nicaragua.

28/09/2014
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Anastasio Somoza García, su última foto en vida cuando era preparado por los médicos para enviarlo al Hospital Militar Gorgas en Panamá, donde murió la madrugada del 29 de septiembre de 1956.

Han pasado 58 años desde que un poeta suicida disparó contra Anastasio Somoza García, el padre de la dinastía más sangrienta de la historia de Nicaragua. Los testimonios sobre aquel magnicidio han servido para contar la historia, de principio a fin, de la muerte del dictador que gobernó Nicaragua durante veinte años como su finca familiar.

Los testimonios, unos orales, otros impresos y algunos escritos con sangre y muerte desde el horror de las cárceles somocistas, siguen yendo y volviendo en la historia sobre aquel episodio trágico que quedó escrito en las páginas ahora sepias del Diario Novedades, el periódico oficialista de la familia Somoza, único medio que tras la represión y censura que suscitó el atentado y el posterior Decreto de Estado de Sitio, quedó autorizado a informar sobre el proceso que llevó a la tumba a “Tacho”, o “El Hombre”, como se le decía por respeto, temor o devoción.

El viernes 21 de septiembre de 1956, en la ciudad de León, exactamente en la Casa del Obrero, en horas de la noche, el solitario hombre de 28 años de edad, Pascual Rigoberto López Pérez, disparó cinco veces contra el general de la Guardia Nacional y presidente de la República, Anastasio Somoza García, de 60 años de edad.

Anastasio Somoza García, jefe director de la Guardia Nacional, había sido electo presidente de Nicaragua en 1950 y se disponía a reelegirse de 1957 a 1963, después de modificar la Constitución Política.

De los cinco tiros, cuatro dieron en el blanco y provocaron la caída de Somoza hacia un costado de la mesa donde leía un periódico local que un periodista leonés le mostraba.

Los disparos sonaron pasada las 9:00 de la noche y salieron de la pistola de López Pérez, o “el sicario”, como lo tildó siempre el Diario Novedades.

Rigoberto López Pérez, Rigoberto López,

Rigoberto López Pérez. LA PRENSA/Archivo

El poeta, así era conocido en León, jaló el gatillo de un revólver calibre 38, cañón de dos pulgadas, pavón azul, marca Smith and Wesson, gatillo corto, con tambor de cinco cartuchos y cinco balas del número 74605, a una distancia de aproximadamente seis metros, mientras se desplazaba bailando el jazz Hotel Santa Bárbara que tocaba la orquesta Occidental Jazz. Vestía pantalón azul oscuro, camisa blanca manga larga y zapatillas negras.

Se puso en cuclillas y con ambas manos sostuvo la pistola y disparó hasta que un guardia de la escolta presidencial le dio un culatazo en la nuca que lo lanzó de cara al piso, donde recibió el primero de 54 balazos que lo desfiguraron.

Se armó el caos en el baile y Nicaragua empezó a sufrir, por varios años, la más feroz represión militar de las que se tenía memoria hasta entonces: 500 personas fueron encarceladas y torturadas bajo sospechas de conspiración; tres de los principales miembros del complot de Rigoberto López Pérez —Edwin Castro, Ausberto Narváez y Cornelio Silva— fueron asesinados a balazos “tratando de huir” de la cárcel cuatro años después y otros 12 murieron por efectos de las torturas tras salir de las cárceles, entre ellos el periodista Rafael Corrales Rojas, quien estaba a la par de Somoza cuando le dispararon.

Del total de encarcelados, 21 fueron pasados a Corte de Investigación y Consejo de Guerra, de donde 16 salieron con condenas varias, incluyendo al director del Diario LA PRENSA, Pedro Joaquín Chamorro, quien fue sentenciado a 40 meses de confinamiento en el puerto lacustre de San Carlos, Río San Juan.

Tinta y mentiras

Los años también han pasado por Nicolás López Maltez, veterano periodista, director-fundador de La Estrella de Nicaragua y hoy miembro de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, membresía que se le otorgó gracias a sus gestión de investigación histórica, lo que sumado a su memoria prodigiosa y su acervo de archivos fotográficos, le permiten escudriñar en el pasado y recrear, con un torrente verbal indetenible, este y cualquier otro episodio de historia reciente de Nicaragua.

Ahora Nicolás López se sienta frente a una computadora para buscar las viejas fotos de periódicos que guarda digitalizadas. Ahí está la cronología de la muerte de Anastasio Somoza García que publicó el Diario Novedades en 1956, donde se explica el contexto inmediato de aquel magnicidio a través de varios titulares.

El 20 de septiembre de ese año, Novedades publicaba en su principal titular de primera plana: “Somoza va hoy a León”.

Así destacaba el diario, en grandes letras rojas, el acontecimiento que para Novedades era el más importante de su agenda: Al titular “Somoza va hoy para León”, le siguieron “Hoy nominan a Somoza” y “Somoza nominado”.

El 21 de septiembre Somoza sería nominado como candidato presidencial nuevamente por la Gran Convención Liberal, y Novedades, cuenta López Maltez, ya tenía preparados los titulares que usaría durante los días en que se desarrollara el evento.

Pero el sábado 22 de septiembre el Diario dejó la tipografía de color rojo. Volvió al color negro estándar y cambió su titular por uno que seguro nunca habían pensado: “Atentan contra Somoza”.

Desde entonces, la salud del presidente se volvió secreto de Estado y objeto de mentiras. La primera apareció en ese mismo periódico, pues se aseguraba que el estado de salud de Somoza no era de gravedad, dice López Maltez.

El periodista ahora se ríe cuando lee las publicaciones diarias de Novedades sobre el suceso. A través de boletines oficiales afirmaban que Somoza estaba mejorando de salud, mentira que se cayó inevitablemente cuando el dictador murió, la madrugada del 29 de septiembre en Panamá, tras varios días en coma.

Cirugía y coma

Cincuenta años después de aquel episodio, el 22 de septiembre del año 2006, LA PRENSA entrevistó a Leandro Marín Abaunza, quien tenía 24 años cuando ocurrió el hecho e iniciaba su vida diplomática como cónsul y consejero de la Embajada de Nicaragua en Panamá.

Quiso la historia que a Marín Abaunza le tocara atender y cuidar la vida del hasta entonces hombre más poderoso de Nicaragua, y fue así que por ocho días conoció las interioridades del desenlace del episodio que marcó el destino de Nicaragua a sangre y fuego.

Un día después de que Rigoberto López Pérez le metiera cuatro balazos, al dictador lo trasladaron en un avión Constellation de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, al aeropuerto Albrook Field, en las instalaciones de Ancón, un corregimiento del distrito de ciudad Panamá, cercano a la zona del Canal, donde Estados Unidos había levantado el hospital militar Gorgas.

Anastasio Somoza García arribó al aeropuerto a eso de las 7:30 p.m. Aunque lo bajaron en camilla, iba consciente y hablando. “No se veía grave, simplemente se quejaba de fuertes dolores en la columna vertebral, que era el balazo más crítico que tenía”, relató Marín Abaunza.

Eran tres balas las alojadas. Una estaba en la cadera, donde cruzó músculos; otra había perforado el brazo y pasado rozando el pulmón derecho y estaba alojada debajo de la piel, en la espalda; y la tercera, que estaba dentro del conducto raquídeo, en la parte lumbar, alrededor de la tercera y cuarta vértebra lumbar, era la que presionaba la cola de caballo de la columna y que le provocaba dolores.

Luego de su aterrizaje lo llevaron en una ambulancia custodiada por una caravana militar al hospital donde le tenían preparada una suite. El edificio se había construido para atender al presidente Dwigth D. Eisenhower, de Estados Unidos, ante una eventual enfermedad, mientras se desarrollaba la conferencia de presidentes de América, que recién había tenido lugar en abril de 1956, en Panamá.

A Anastasio Somoza García lo acompañó su esposa, doña Salvadora; el embajador en Washington, Guillermo Sevilla Sacasa; su hija Lilliam y su cuñado, el doctor Luis Manuel Debayle. Iban también el mayor Luis Ocón, jefe del Estado Mayor Presidencial y el doctor José María Castillo Quant, secretario comercial de la Embajada de Nicaragua en Washington, quien acompañaba al doctor Sevilla Sacasa.

Una vez en la suite, llegaron los médicos americanos y comenzaron a afeitarlo, después llegó el capellán del hospital, un sacerdote católico rubio y gordito que preguntó si el presidente se quería confesar antes de la operación, a lo que accedió Somoza.

Luego lo comenzaron a preparar para llevarlo a la sala de operaciones, estaban ahí los médicos del presidente Eisenhower, encabezados por el doctor mayor general Leonard Heaton, cirujano y médico personal del presidente norteamericano, a quien había operado de ileítis algunos meses antes.

Luego entró al quirófano. Ahí permaneció como seis horas. Cuando lo regresaron a la habitación, los médicos creían que la operación había sido un éxito y se esperó a que él despertara de la anestesia para darle la buena noticia. Eso nunca pasó.

“Los médicos dijeron que Somoza tenía una reacción que ellos llamaban un trauma posoperatorio, causado por anestesia, como consecuencia de una permanencia larga en la mesa de operaciones, ya que en vez de extraerle las balas que tenía una a una, se las extrajeron todas, incluyendo la de la columna que no era mortal. Al no despertarse, comenzó a extenderse una preocupación entre los médicos y la familia por si iba a recuperarse, y así pasó ocho días en ese estado”, narró Marín Abaunza.

Muerte de Anastasio Somoza García

Después de que Somoza cayó en coma, existía gran preocupación en la familia del general y en las estructuras de la Guardia Nacional sobre el mantenimiento del orden en Nicaragua, de cómo se iban a hacer los comunicados, para no alertar sobre la situación real de la salud del presidente.

La confesión de Marín Abaunza, cincuenta años después del suceso, explica aquellos titulares falsos de Novedades que ahora le causan risa a López Maltez.

“Entonces los hacíamos (los informes) con los médicos americanos, y a pesar de que nosotros queríamos imprimir un carácter de optimismo en la población, para mantener la tranquilidad pública, los médicos se oponían y decían que ellos tenían que ajustarse a la realidad objetiva”, admitió Marín Abaunza.

“A veces teníamos que pelear palabra por palabra, en una de ellas, quizás la más gráfica, ellos los médicos decían que el presidente Somoza mostró muy poca mejoría hoy, y nosotros cambiábamos poca mejoría, por alguna mejoría, pero si cualquier médico leía el informe técnico, se daba cuenta que prácticamente la situación de Somoza era irreversible”, dijo el entonces cónsul de Nicaragua en Panamá, revelando que el trasfondo de aquella mentira oficial era darle tiempo a la familia y al partido para reestructurar el Gobierno.

“Se creó un dilema sobre el certificado médico de la incapacidad total del general Somoza de seguir gobernando y así nombrar a don Luis Somoza como presidente. Yo elaboré un certificado, yo lo redacté, donde decía que el general Somoza padecía una incapacidad temporal, para que el Congreso lo nombrara de manera temporal, pero no lo quisieron firmar los médicos norteamericanos porque no se querían meter en asuntos políticos internos del país. El doctor Sevilla Sacasa y los propios médicos querían poner que era una incapacidad médica total para seguir gobernando, pero yo les pregunté: ‘¿Y qué tal si el general Somoza se recupera y va a creer que le dimos golpe de Estado? Nos va a responsabilizar a los dos’. Y ese certificado fue el que llevó a José María Castillo a Managua, para que pudieran elegir presidente provisional a Luis Somoza”.

Somoza murió como a las 2:30 de la madrugada del 29 de septiembre. Doña Salvadora, ya viuda, pidió que se llamara al capellán Wyse para oficiar una misa de cuerpo presente. Cuando terminó la misa y el padre dijo amén, el general movió la cabeza levemente a un lado, como reflejo post mórtem.

El nombramiento de Luis Somoza Debayle como presidente sucesor del general Anastasio Somoza García no se decidió en el Congreso a como dice la historia. El diplomático Leandro Marín Abaunza reveló que dos días antes de morir el dictador, se tomó una decisión matriarcal que definió los roles del poder y alargó dos décadas más la dictadura: Luis para presidente y Anastasio para jefe de la Guardia Nacional.

Luego, ya arreglada en familia la situación política del país, en presencia del cuerpo de Anastasio Somoza se dio la orden de proceder a los funerales y Novedades, el diario oficialista que informaba del “valiente y milagroso progreso de la salud del general”, no tuvo más salida que informar sobre la muerte, y aun así, justificó el desenlace fatal: la causa del fallecimiento fue debido al “agotamiento general” posoperatorio.

De la cuna a la tumba

Anastasio Somoza García nace el 1 de febrero de 1896 en San Marcos, Carazo.

Ordena el asesinato de Augusto C. Sandino en 1934 e inicia su dictadura en 1937.

Lo hieren de cuatro disparos el 21 de septiembre de 1956 en León.

Lo operan en Arcón, Panamá, el 24 de septiembre de 1956. Muere oficialmente el 29 de septiembre.

Tenía 60 años al momento de su muerte.

Su cadáver fue enviado a Nicaragua el 30 de septiembre.

Lo entierran con honores de Estado el 2 de octubre de 1956 en el Cementerio General de Managua.

El cuerpo de Rigoberto López Pérez nunca se supo dónde fue enterrado.

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