El verdadero político debe andar al país en la cabeza, decía un estudioso del tema. Se asemeja a una definición rigurosa, difícil de cuajar en la realidad. El concepto obliga al que pretenda serlo sin mácula alguna, a cumplir con el requisito al solo concentrarse en los acaecimientos ocurridos en el territorio natal, ignorado el mundo exterior en un tiempo que ha flexibilizado la dureza de las distancias. El término emite la posibilidad de no ser satisfecho a plenitud con el alma y el cuerpo enteros. Acertado es que lo separe con categoría frontal de las ambiciones materiales y de los intereses personales y más en estos tiempos donde no son tan dorados los espacios que deben ocupar la moral individual y la ética universal.
La discusión de estas dos últimas cualidades es lo que socava, debilita la búsqueda y hallazgo de la convivencia de las sociedades humanas, interferida por el inútil egocentrismo no coincidente con la doctrina de la rara, excepcional filantropía, muy influyente en estos días de involución del humanismo que es solo solidario cuando se está en la rosca del partido en el poder. El político que anda al partido en la cabeza merece el calificativo de sectario
Cada septiembre por ser el mes de la Patria —la tierra de los padres—, de su independencia, de la efemérides de la lucha de sus héroes, el discernimiento es excitado por la lectura de “la maestra de la vida” así catalogado el pretérito por Herodoto. Los próceres quizá no tenían las pretensiones de ser verdaderos políticos sino algo más: verdaderos patriotas, capaces de sacrificar la vida y sin embargo la dejaron para ser mártires al luchar en los campos de batalla contra los invasores extranjeros, contra la intención siempre manifestada por las fuerzas dominantes de convertir a la Patria en colonia y se inmolaron porque —es tesis académica— “es la nación propia de todos con todo el conjunto de cosas materiales e inmateriales pasadas, presentes y futuras que merecen la adhesión amorosa y la abnegación de sus hijos”. Una piedra eterna simboliza al coraje.
Resulta difícil no recurrir a los escenarios comparativos entre lo que tuvimos ayer y lo que tenemos hoy ya no como políticos sino como patriotas. Es que la lealtad se ha extraviado. No puede evitarse apelar al metro ideológico y real para medir el trayecto entre los muertos de ayer y lo vivos de hoy. Aquellos se fueron al hoyo y estos se tragaron el bollo.
Nombres hay en los dos extremos. No se requiere mencionarlos porque la exclusión involuntaria podría tener apreciaciones de segregación y porque los nicaragüenses interesados en el conocimiento y vivencia de nuestro destino, los conocemos. Lo que es dolorosamente llamativo es que la modernidad no asimila el mensaje dejado por aquellas generaciones. Acaso influya la revolución tecnológica presente en el languidecimiento de la comunicación humana porque ahora el diálogo es entre máquina y máquina, no entre rostro y rostro, ausente la viabilidad de la palabra. Y si el artefacto se equivocó fue culpa suya porque estúpidamente se le ha otorgado la facultad de pensar. La realidad excluye la posibilidad de heredar una estela positiva a las nuevas fecundaciones, permite a los escépticos darse un abrazo con esta conclusión: La política no existe, lo que existe son los políticos.
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