Carlos Tünnermann Bernheim

El legado de Mariano Fiallos Gil

Este 7 de octubre se cumplen cincuenta años del fallecimiento del padre de la autonomía universitaria, el rector Mariano Fiallos Gil. Durante su rectorado se inició la transformación de la vieja Universidad Nacional. Su gestión marcó el fin de una época y el principio de una nueva etapa, confortada por el aliento de la libertad. Su pensamiento, diáfanamente expuesto en sus obras, es su mejor herencia para las nuevas generaciones.

A cincuenta años de su muerte, los principios y valores que inspiraron su pensamiento y su acción siguen teniendo validez aunque, en la práctica, han dejado de tener plena vigencia en el quehacer actual de varias universidades públicas, las más obligadas a honrar su legado.

“La universidad (afirmaba Fiallos Gil) es por definición universal y en ella caben todas las tendencias y modos de ser. Es por eso humanista por excelencia y si combinamos el concepto que da su vocablo con el de libertad, tendremos una suma preciosa, ya que la libertad que busca la universidad es la del espíritu”. Estas ideas se plasmaron en el lema universitario: “A la libertad por la universidad”, que le era tan caro y que fue el distintivo de su gestión rectoral y de las que le sucedieron en los años sesenta y setenta. Ahora, el lema se ha reducido a una simple frase que no conlleva un auténtico compromiso con el ejercicio libre de la conciencia crítica.

A los que recibieron con suspicacia el nuevo lema, el rector Fiallos les hizo ver su profundo sentido filosófico: la libertad del espíritu es la que produce la lucha contra la ignorancia: “El hombre libre es el que interpreta el mundo por sí mismo, por su propia razón, sin encargar a otro, por miedo o pereza, de este placentero y angustioso oficio”. Deduce, entonces, que el principio de la educación universitaria debe ser la libertad, en su sentido más amplio.

Cuando estas ideas han sido dejadas de lado, o peor aún, menospreciadas, por acción o por omisión, las consecuencias han sido nefastas para el destino de la universidad, produciéndose no solo el empobrecimiento académico, sino también un sensible deterioro del lugar que la universidad debe ocupar en la vida nacional.

El rector Fiallos Gil vislumbró las múltiples tensiones a las que estaría sometida la universidad y el cúmulo de demandas que el adelanto de la sociedad le plantearía. Lejos de propugnar por el aislamiento de la Academia, Fiallos Gil abogaba por una universidad inmersa en la problemática de su sociedad, capaz de contribuir con sus enseñanzas, sus investigaciones y su proyección social a la solución de nuestros acuciantes problemas. Pero su concepto de universidad era de raíz profundamente humanista: “Lo esencial en la universidad es el ser humano en sí y no la ciencia, la sociedad o el Estado”.

“Ya no es posible (decía el rector Fiallos) quedarse como antes, entre los infolios. Ahora la historia pasa por debajo de nuestros balcones y reclama nuestra presencia”. “La Universidad tiene que salir al encuentro de los sucesos y no puede ser tan solo una ‘corporación’ de estudiantes y profesores, sino que ha de estar yendo y viniendo del pueblo”. Y en esa comunicación con el pueblo, la universidad debe ser escuela y ejemplo de libertad responsable. La universidad no debe ir al pueblo para participar en las contiendas políticas partidarias, sino para educar, construir y superar, siempre al servicio del bien común.

Consciente de lo que significa para la universidad la autonomía, el rector Fiallos señaló que “al conseguir la autonomía, que es realizar y determinar nuestra vida por nuestra propia libertad, nos echamos un peso encima”. “La autonomía no es solo el hecho de la propia administración en sus distintos aspectos, sino —y principalmente— el de la administración libre y voluntaria de los valores del espíritu. Sin consignas. ni dogmas”… Magnífica lección que cincuenta años después debería conducir a una reflexión profunda sobre si en la actualidad las universidades se empeñan en formar ciudadanos capaces de opinar libremente sobre el actual contexto.

El autor es jurista y catedrático.

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