Origen del son nica

Camilo Zapata me invitó a escribir un libro sobre su vida. Lo conocí desde pequeño en Ciudad Darío durante ejerció funciones de ingeniero topógrafo.

 

Camilo Zapata me invitó a escribir un libro sobre su vida. Lo conocí desde pequeño en Ciudad Darío durante ejerció funciones de ingeniero topógrafo.

Posteriormente a través de la radio cuando lo presentaba en la Voz de la América Central.

Luego —otoño en preludio— cuando fuimos diputados por el PLI a partir de 1984, lo cual propició la fluidez del encuentro directo en su casa para hablar de su existencia creadora.

Con ese apoyo, lejos de las referencias secundarias, escribí el libro Camilo Zapata, vida y canto, con puertas hacia fuera.

“El cantor de la entraña nativa”, así calificado en el prólogo por Álvaro Urtecho, me contó cómo nació el son nica, no existiendo otro que luzca la auténtica paternidad. Nació la criatura bajo la sombra de un árbol de malinche, testigo mudo del descubrimiento, de la forma en que floreció la métrica de su son.

La buscaba afanosamente y la encontró acompañado por el rito inesperado.

Repitió la prueba sin que brotara el ritmo idealizado. Pero salió al fin. La gorra no quedó en la copa del árbol.

Pronto oyó la consonancia que apetecía. Madre mía gritó, este es el ritmo que quiero para Nicaragua, y pulsó con la insistencia de un enamorado sin brida para no soltar nunca a la euritmia oriunda, al emblema típico. Las manos bailaban sobre la madera indígena. No lo identificó como son.

Faltaban la letra, la melodía, el empalme vital. Primero lo llamó “aire nicaraguano” y en la opción secundaria “métrica nicaragüense”. Después de dominar el “do mayor” quedó bautizado por él mismo “El son nica”.

“El caballito chontaleño” es la mejor muestra de su proceso evolutivo. Es reprochable que su autenticidad sufra pedestre perturbación en ferias y eventos que lo alejan de la concepción original.

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