Una de las cosas más saludables que pueden ocurrir en Nicaragua es que gobierno y gobernados discutan abiertamente sobre políticas públicas. Por eso es de celebrar que Miguel De Castilla, asesor de Ortega en asuntos educativos, exponga con frecuencia sus puntos de vista. Ojalá esto fuera la regla y no la excepción en los funcionarios gubernamentales.
Lo anterior no quiere decir que coincido con sus opiniones. Más bien las veo profundamente equivocadas. Pero creo también que expresarlas, amén de estimular la participación del público, proporciona la oportunidad de profundizar ciertos temas y, créase o no, de acercar posiciones.
En su más reciente artículo, Nicaragua un mismo país, dos modelos de educación (END, 30.10.2014) De Castilla plantea lo que parecieran ser dos formas irreconciliables de concebir la educación: una, la que promueven los grupos empresariales. Otra, la que promueven las izquierdas. Supuestamente la primera busca subordinar la educación a intereses mercantiles o de negocios. La segunda solo busca beneficiar a los pobres. La primera, según él, prevaleció en la Nicaragua de Bolaños y de otros gobiernos pro-mercado de América Latina. La segunda es la que reina en Nicaragua desde Ortega y en países como Cuba y Venezuela; “dos tipos de educación para dos modelos de desarrollo”.
Su planteamiento tiene un inescapable tono maniqueo: los malos enfrentados a los buenos; un modelo inspirado en la codicia y otro en el amor; un desarrollo orientado a favorecer a los ricos y otro dedicado a promover al pobre; capitalismo versus socialismo. En resumen; una visión que demoniza al adversario, a quien se niega todo mérito, y que además ve como opuestos factores que no lo son.
La realidad es muy distinta. Ni blanca ni negra. Tanto la educación anterior a Ortega, como la actual, han realizado progresos en favor de las mayorías. Ambas han mostrado también deficiencias. Por otro lado, no existe contradicción, sino complementariedad, entre lo que sirve al empresariado y lo que sirve al pueblo.
Si las empresas y la economía moderna, de la cual Nicaragua es cada vez más parte, requieren dominio de la informática y del inglés, proporcionarles a los estudiantes estas destrezas es facilitarles el progreso. Negárselas es condenarlos al estancamiento. Hoy es obsoleto pensar en modelos de desarrollo socialista al margen del mercado. Eso solo existe en Corea del Norte y Cuba, y en esta se está desplomando.
Afortunadamente, esta complementariedad entre las exigencias del mundo empresarial y el bien social es comprendida por el jefe de Miguel de Castilla. Por eso ha cultivado la armonía con el sector privado; porque le conviene a él pero también a todos, incluyendo a los pobres. Por eso también Inatec y la UNAN se han acercado al Cosep, porque el empresariado es uno de los mejores aliados del proceso educativo.
No hay que enredarse en marañas mentales. El mejor servicio que puede dar el Gobierno a los pobres de Nicaragua es darles una educación de calidad, sin mayores calificativos. Bajo cualquier modelo de desarrollo los niños necesitan aprender matemáticas, leer y escribir bien, pensar críticamente, ser honrados y disciplinados.
La única forma en que el actual gobierno sandinista puede alardear de que está proporcionando a los pobres mejor educación que los anteriores gobiernos “neo-liberales”, es demostrando que ahora los niños de primaria aprenden más en las aulas, que suman, restan y multiplican mejor, y que los egresados de secundaria y las universidades encuentran más y mejores trabajos. Lo demás es bla bla.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.
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