Los dos principales partidos liberales que existen en Nicaragua han vuelto a fracasar en su intento de unificarse en un solo partido, o al menos establecer una alianza política firme y duradera. Y van a seguir fracasando cuantas veces intenten unirse, si previamente no reconocen sus errores y debilidades, si no deslindan las responsabilidades de cada quien. Esto es indispensable para que se puedan depurar y volver a ser creíbles ante los ciudadanos.
Sin duda que para los miembros de base y los simpatizantes del liberalismo, que está dividido en alrededor de ocho partidos, movimientos y fracciones, la unidad y la aspiración a tener un solo partido, liberal sin apellidos como dicen ellos mismos, es una aspiración legítima y apreciable. Los liberales de las bases recuerdan con nostalgia que cuando fueron a las elecciones como un solo partido —aparte de algunas fracciones minúsculas que quedaron al margen—, ganaron las votaciones y pudieron gobernar durante 10 años, de 1997 a 2002 con Arnoldo Alemán como presidente y de 2002 a 2007 con Enrique Bolaños ocupando la silla presidencial.
Pero sobre todo recuerdan los liberales, en este caso con amargura, que por haberse dividido en las elecciones de noviembre de 2006 cuando el PLC llevó como candidato a José Rizo Castellón y la Alianza Liberal Nicaragüense postuló a Eduardo Montealegre, debido a la división perdieron ante Daniel Ortega a pesar de que entre los dos candidatos liberales volvieron a sumar más del cincuenta por ciento de los votos.
De allí que muchos liberales crean que ahora la unidad del liberalismo, básicamente del PLI con el PLC que son sus dos principales corrientes, sería suficiente para volver a ganar las elecciones con más de la mitad de los votos.
Pero eso es una ilusión, porque la ciudadanía ha cambiado y las elecciones ya no son competitivas. El sistema electoral de Nicaragua ha sido pervertido por el orteguismo en el poder, las “elecciones” ahora son solo para votar, no para elegir. El Consejo Supremo Electoral (CSE) ha sido convertido en una máquina burocrática para hacer fraudes y satisfacer la voluntad de Daniel Ortega y el FSLN de permanecer para siempre en el poder.
De modo que aunque el liberalismo se uniera de verdad, no solo por la fusión del PLI con el PLC sino también con los otros grupos y movimientos liberales, eso no sería suficiente para restituir la democracia republicana en Nicaragua. Es más, aunque todas las corrientes liberales unidas se aliaran con las demás fuerzas políticas y sociales que adversan a la dictadura, tampoco así podrían ganar las elecciones y sacar a Daniel Ortega y el FSLN del poder.
No queremos decir con esto que la unidad de los liberales y de toda la oposición no sea importante y necesaria para poder derrotar a la poderosa maquinaria del orteguismo. Lo que señalamos es que no es suficiente, que de poco o nada serviría mientras no se produzca una reforma fundamental del sistema electoral que incluya ante todo cambios sustantivos en la composición del CSE y en las estructuras del poder electoral. Solo así las elecciones volverían a ser instrumento idóneo para canalizar la representación de la voluntad política del pueblo y para permitir que el cambio de gobierno se realice de manera cívica y pacífica.
Lograr esos cambios no es poca cosa, pero esa es la ingente tarea que la oposición tiene por delante.
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