El violento mercado Oriental

La puñalada que le acaban de dar en el pecho parece no importarle. Marvin Artola, un miembro de la brigada de seguridad Los Halcones, del mercado Oriental, recoge sus cosas del suelo mientras la mancha de sangre se hace más grande en su camisa. Dos delincuentes intentaron robarle y cuando se resistió le arrancaron el chaleco antibalas y le clavaron un cuchillo “en la boca del estómago”.

La puñalada que le acaban de dar en el pecho parece no importarle. Marvin Artola, un miembro de la brigada de seguridad Los Halcones, del mercado Oriental, recoge sus cosas del suelo mientras la mancha de sangre se hace más grande en su camisa. Dos delincuentes intentaron robarle y cuando se resistió le arrancaron el chaleco antibalas y le clavaron un cuchillo “en la boca del estómago”.

Los comerciantes le ayudan y los delincuentes escapan. Lo sacan en una carreta hasta la periferia del mercado, donde lo montan en un taxi y lo mandan al hospital Manolo Morales. Eso fue en el 2012, estaba cerca el 24 de diciembre, la fecha en que los brigadistas de seguridad tienen más trabajo en ese centro de compras.

No fue la única vez que Artola sufrió violencia en el Oriental. En la piel lleva escritas cinco cicatrices de sus encuentros más feroces con los delincuentes. “Me tiraron puñaladas en la cabeza, en el estómago, en el hombro y en la yugular”, recuerda el brigadista, quien hoy tiene 30 años de edad, diez de ellos dedicados a la protección de todos los desconocidos que llegan al centro de compras.

—¿Y no te da miedo que te maten?

—Ya estoy curado, —responde Artola.

No es para menos. El mercado Oriental no perdona a nadie. Ni siquiera a los guardas de seguridad y policías que se dedican a reducir la delincuencia que a diario busca nuevas formas para cometer sus fechorías. Saben que neutralizándolos a ellos, los compradores quedan indefensos.

Los delitos que se cometen en el Oriental son variados según las estadísticas de la Policía Nacional. Desde enero hasta septiembre de este año han registrado 306 hechos delictivos. Un caso de abuso sexual documentado ocurrió a unas tres cuadras de la estación policial del Distrito Uno, enclavada temerariamente en un costado del gigantesco lugar.

En el Oriental no todas las víctimas de violencia salen con vida. El crimen más reciente fue el de Jessica Melina Conner, de 30 años, quien recibió dos puñaladas de parte de su pareja Christopher Castillo. El caso ocurrió el pasado 2 de noviembre en la zona del Gancho de Caminos, antes del mediodía, en una zona atestada de gente que vio impasible cómo el cuchillo quitaba la vida de la mujer.

El 31 de agosto del 2013 los medios daban cobertura a una balacera que ocurrió en las entrañas del mismo Oriental. Un hombre airado disparó contra los comerciantes y mató a dos en el “sector de las piñatas”.

Era una pareja que iba caminando por el mercado y uno de los comerciantes, como es costumbre en ese lugar, tomó de la mano a la mujer para ofrecerle productos: “¿Qué vas a llevar amorcito?”. Eso provocó los celos de su acompañante, quien le reclamó al vendedor en tono agresivo. Juan Carlos Palacios Centeno, de 36 años, salió en defensa del joven vendedor y tras la discusión, el celoso hombre sacó una pistola y disparó. Dos comerciantes murieron y una mujer fue herida.

A diario, los casos violentos que ocurren ahí salen hasta en la televisión y sus notas rojas.

“Abusador recibe dosis de su propia medicina en el Oriental”, tituló el 6 de agosto de este año el Canal 8 de televisión, un vídeo en el que mostraba a un hombre que mientras caminaba por el mercado golpeaba y ofendía a una mujer.

En un momento del vídeo aparecen tres comerciantes del mercado que golpean y patean al hombre en la cara varias veces hasta dejarlo con la boca ensangrentada. “Justicia social” le llamaron los comerciantes.

Y así, se podrían citar centenares de casos que a lo largo de los años han ocurrido en el Oriental, un lugar que sigue vendiendo la imagen de un centro de compras donde pareciera que hay que llegar preparado para defenderse.

Barberena y los Dantos

Carlos Barberena ya tiene 52 años de edad. Era la imagen principal en los medios de comunicación hace diez años, cuando decidió fundar la Brigada de Seguridad Los Dantos.

Hoy usa una camisa azul que en el pecho tiene a una desgastada sirena de sardinas Pica-pica, un radio para comunicarse en todo momento con sus subordinados y un jean que complementa su uniforme de trabajo.

En la cara se le nota el orgullo cuando habla de la seguridad del mercado Oriental, pues dice que gracias a él, este no es el centro de compras de hace cinco años. Pero cuando Barberena estaba “agarrando viaje”, para hablar de las bondades de su trabajo en el mercado, el bullicio entre la gente interrumpe la entrevista.

[doap_box title=»El trabajo de la Policía» box_color=»#336699″ class=»aside-box»] Daniel Benavides es jefe de sector de la Policía Nacional en el mercado Oriental y sabe que no es una tarea fácil poner en orden a los delincuentes. Cuenta que diariamente el trabajo de la Policía empieza desde las 6:00 de la mañana y termina hasta las 8:00 de la noche.
El resguardo empieza de madrugada con las personas que llegan a hacer compras a primera hora. Intentan evitar que les roben el dinero o productos que llevan para hacer las compras.
El mercado Oriental debe ser resguardado por dos estaciones policiales, Benavides explica que está en los límites de dos distritos de Managua, por eso la estación del Distrito Cuatro y del Uno son los encargados de cuidar el mercado. Es la única zona de Managua que se da el lujo de tener dos estaciones policiales para sí misma.
Diariamente envían cerca de 25 o 30 oficiales para ayudar a cuidar a los clientes y comerciantes. Estos hacen el trabajo en conjunto con los brigadistas de seguridad.
Cuando una persona sufre de robo en el Oriental, la denuncia la pone en la estación más cercana que en este caso es la Uno, pero luego el caso es trasladado hacia el Distrito Cuatro según Benavides. [/doap_box]

—Esta mujer me está confundiendo, me quiere lanzar esas piedras, —dice entre temeroso y enojado un señor de sesenta y tantos años.

—Venimos del hospedaje de allá y no me quiere pagar, —replica una mujer morena, regordeta y de pequeña estatura, quien en la mano lleva una piedra que le partiría el cráneo a cualquiera.

—¡Estás, loca, estás loca!, —dice él.

—Dame al menos 15 pesos, pues, —reclama ella.

–¡Yo no te voy a dar nada!, —insiste el hombre.

—¡Le gusta el sexo y no paga! Continúa reclamando la mujer.

Barberena solo mira atónito por la situación que tiene enfrente y después de unos segundos decide interrumpir para pedir que conserven la calma. Tras varios gritos más y el vulgareo de la gente que se conglomeró, la mujer se va tras el mismo hombre al que le andaba reclamando.

La entrevista continúa y Barberena sigue hablando del trabajo que realizan las ocho brigadas de seguridad en el mercado Oriental. Ahora tienen cerca de 300 jóvenes que cuidan cada cuadra, pero hace diez años empezaron solo él y ocho personas a cuidar unas pocas calles.

En esos diez años, 40 jóvenes han recibido puñaladas de parte de los delincuentes, que quisieran verlos lejos para poder cometer sus crímenes sin problemas.

Entre esos 40 está Artola, quien en aquel 2012 estuvo 14 días internado en el hospital, privado de alimentos y bebidas por el daño que le provocó la cuchillada que le dieron los delincuentes.

“Le hemos bajado el gas a delincuentes como El Negro Jairo, Nicaragua, La Sarna, Pipián o El Cadete, que eran ladrones dañinos”, dice Barberena, a quien le cuesta aceptar que el mercado Oriental es un lugar violento, una zona roja en la jerga policial.

Su argumento es que los peores crímenes no siempre los cometen los comerciantes o trabajadores del lugar. Muchos de estos han sido realizados por clientes del mismo mercado, quienes llegan a realizar sus compras en medio del ambiente estresante que reina en las entrañas de esta especie de ciudad caótica, que con los años se ha tragado barrios enteros en la medida que la voracidad del centro de compras aumenta.

El Oriental se tragó barrios como Los Ángeles, 19 de Julio y Santo Domingo, relata Barberena, tres lugares conocidos por su enorme lista de delincuentes comunes.

Esos barrios quedaron en el interior del mercado y dejaron su legado de delincuencia que todavía no ha podido ser erradicada por completo y que tampoco podrá, según Barberena, quien lleva en su brazo una cicatriz de una puñalada que una vez recibió.

La violencia allí también lleva un componente, en el que los mismos comerciantes son los culpables.

Propiedades, envidia y balazos

Son las 8:50 de la mañana del 5 de noviembre del 2009 y Jorge González se prepara para salir de su casa hacia el mercado Oriental, cuando cerca de un gimnasio lo espera un hombre con gorra. Cuando lo mira no le dice palabra alguna y empieza a dispararle sin piedad: tres balas le dan en el brazo y cinco en el estómago.

No le robaron. Y cinco años después, dice que todavía no conoce la razón por la que lo quisieron matar. Hoy es presidente de la Asociación de Comerciantes del Mercado Oriental, cargo que ocupó luego que una sola bala matara al anterior presidente, Alberto Reyes, en el año 2008.

Hoy está sentado en una de sus dos tiendas en el mercado y no duda en darle gracias a Dios, porque según dice, gracias a él está vivo para contar su historia.

Dice que en ese mercado, que lo vio crecer desde que llegó cuando tenía 10 años y vendía chicles, ha visto de todo tipo de violencia por todo tipo de razones. Desde el taxista que por capricho no se quiere mover de la calle y amenaza con golpear a quien le pida que se vaya, hasta el comerciante que agrede a machetazos a otro por 30 centímetros de propiedad que le están invadiendo.

Muchas veces las personas no terminan sus conflictos en el mercado y los continúan fuera de este. Por eso cuenta que ahora están siendo capacitados por la Corte Suprema de Justicia, para trabajar con 62 facilitadores judiciales y así resolver los conflictos en papel y no a los golpes, a como ha sido la tradición ahí.

El proyecto de Auxilio Judicial apenas está empezando, pero como dice González, que solo el poder de Dios podrá cambiar la situación del mercado, también meterán 40 pastores para que prediquen “La Palabra” en una zona donde seis de los siete pecados capitales se ofrecen en vitrinas: La pereza, la avaricia, la lujuria, la ira, la envidia y la soberbia.

Estos pastores pasarán a formar parte de las filas del “ejército” de personas que combaten la delincuencia, entre ellos la Policía, las Brigadas de Vigilancia y los mismos comerciantes que han tratado de involucrarse en los proyectos para que protejan al cliente que les llega a comprar.

González dice que los casos de violencia son menos hoy en día. Han trabajado con los comerciantes para convencerlos de que los problemas no pueden resolverse a los golpes y de alguna manera ha funcionado. Aunque de vez en cuando los conflictos vecinales y de competencia llegan a los golpes y la sangre.

Y si no es un cliente o un comerciante el que pelea, es un huelepega, un borracho o un consumidor de drogas que, inmerso en su mundo de alucinaciones, agrede a quien se pase por su camino.

El mercado Oriental es una ciudadela con todo tipo de personajes a los que cualquiera puede acostumbrarse, con grandes bodegas y patios, viejos edificios oscuros a la par de modernas instalaciones, callejones intrincados y zonas de prostitución, junto a almacenes gigantes y buhardillas, cantinas de mala muerte con tiendas.

Pero ante todo, es un centro de trabajo para más de 20,000 familias, donde viven barrios enteros y generaciones nacen, crecen y mueren en sus entrañas. Por ello Marvin Artola dice que no se iría a otro lado, aunque pudiera hacerlo, porque se ha acostumbrado a cuidar a las personas que llegan a realizar sus compras y ha hecho de esa actividad la misión de su vida. Sabe que eso puede costarle la vida, pues los delincuentes, en represalia, venganza o por estrategia no dudarán en matarlo y convertirlo en una cifra más de las muchas delictivas que por ahí se registran.

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