A un año de distancia —período inaugural de los tiernos latidos del corazón— una criatura está de pie y corre para complacencia de la atmósfera que muestra con su aliento.
Hace un año nació esa institución, la pequeña que vino para probar que está lista para ejercer su función de maestra en los escenarios cultos donde vibran los tonos: la música, la poesía, los libros echados al viento por la extroversión de sus autores, el aprendizaje, la conferencia, las memorias recordadas por el foro en vivencia y otras formas del grato discurrir.
Esa institución lleva el nombre de Pablo Antonio Cuadra, el poeta y escritor, el fundador de la “Universidad de bolsillo”, es el Centro Cultural promovido con eficacia por Don Jesús de Santiago, un español que decidió quedarse en Nicaragua para ser factor infatigable de la gestión cultural.
En este centro no se alza ni se cae el telón, porque su escenario está abierto siempre, concebible al destino de la plural ilustración. Su taquilla está cerrada porque su gratuidad inhibe el requisito de un boleto.
El primer aniversario se celebra con la musicalización de los Cantos de Cifar , poemario de Pablo Antonio Cuadra, cuya poesía navegante me hace retroceder al barroco de Haendel cuya suite hecha de agua apareció en 1740 concentrada en piezas que hicieron festival en las danzas del oleaje.
El consagrado Carlos Mejía Godoy es quien le pone música a esos cantos con el beneplácito del poeta, lo mismo hizo con Álvaro Urtecho, convirtiéndose en el trovador de su Cantata Estupefacta con lo cual se erige dentro de otras cualidades en un especialista en la difícil adaptación de ponerle música a la poesía llenándola de matices con los encantos temáticos. Sus voces se oyen en vez de leerse.
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