Roberto Castellanos tiene manos de albañil. Y con ellas hace los deberes de un niño que cursa el sexto grado de primaria. Una semana antes de cumplir los 12 años trabaja ocho horas al día en un taller, lijando y pintando carritos de helado a 2.5 dólares la jornada.
Cuando se reanuden las clases, después de las vacaciones de Navidad, trabajará solo cinco horas al día para poder ir a la escuela por la tarde y, si aún le queda tiempo, jugar al futbol los fines de semana.
[doap_box title=»Infancia en la calle» box_color=»#336699″ class=»aside-box»]144 millones de niños entre los 5 y 15 años trabajan en todo el mundo, la mayoría en el campo, según la Organización Internacional del Trabajo. En Honduras se estima que trabajan casi medio millón de menores, un 15 por ciento de la infancia, según cifras del Instituto Nacional de Estadística.
En Honduras, dos tercios de la población viven con menos de 2.5 dólares al día y el 25 por ciento de los niños sufren de desnutrición crónica, según cifras de las Naciones Unidas. Además, solo 7.3 por ciento de la población tiene un título universitario.[/doap_box]
Más listo de lo que su edad permitiría imaginarse, sabe que mucha gente verá su trabajo como explotación infantil. Él lo ve como una oportunidad, como el mejor modo de mantenerse al margen de las pandillas callejeras que controlan barrios como el suyo en Tegucigalpa, la capital de Honduras, el país con la tasa de homicidios más alta del mundo.
Aquí cada día que pasa es un día más con vida, explica. Habla por experiencia propia. Ya ha visto cinco muertos.
A sus amigos les gustaría tener el trabajo de Roberto para poder apoyar a sus familias. No tener trabajo, dicen, es tener menos comida y más tiempo libre, factores que los convierten en presa fácil de las pandillas que mandan en Tegucigalpa.
SALARIOS POBRES
No hay que hacer mucho esfuerzo para ver en el centro de Tegucigalpa a niños excavando arena del río, con palas, para meterla en sacos y subirlos a camiones que luego venden a empresas de construcción.
Como tampoco lo es verles reciclando basura, especialmente cartón, latas y botellas, descargando camiones en mercados o vendiendo cigarros y comida en la calle. Otros venden droga y recogiendo el dinero de las extorsiones que cobran las pandillas.
Al igual que Roberto casi todos los niños ganan menos del salario mínimo (unos 380 dólares mensuales). El cuarenta por ciento de los adultos tampoco reciben lo que indica la ley.
Aun así, Roberto se considera afortunado porque gana más que la mayoría de los niños que conoce.

LA PRENSA/ AP/ ESTEBAN FÉLIX
Cada año, la Organización Internacional del Trabajo celebra el Día Internacional contra el Trabajo Infantil para llamar la atención respecto a los derechos de niños y niñas, defender la educación obligatoria y crear conciencia para erradicar el trabajo infantil.
Pero hasta quienes tienen la responsabilidad de defender el bienestar de la infancia explican que el nivel de pobreza en Honduras desafía cualquier enfoque tradicional sobre el trabajo infantil.
El niño tiene que apoyar a su familia, apoyarse a sí mismo y escapar de las pandillas, dijo Héctor Espinal, portavoz de UNICEF en Honduras.
Puede prohibirse el trabajo infantil, pero si no se atiende a la familias, no se le deja otra opción al niño que trabajar. Y cuando el niño tiene que elegir entre el trabajo y los estudios, explica Espinal, la realidad es que eligen trabajar.
OTROS NIÑOS QUIEREN UN TRABAJO COMO EL DE ROBERTO
Roberto es una excepción y, por ahora, ha sido capaz de compatibilizar el trabajo y el estudio. Su amigo y compañero en los partidos de futbol, Marvin Silva, de 14 años, se sienta en la puerta del taller de Roberto y lo mira mientras lija los carritos sin máscara, ni protección para las partículas de polvo y pintura que saltan de la madera.
Marvin también quiere que lo contraten. Hay demasiados niños para poco trabajo, cuenta el menor, quien se dedica a vender los tamales que hace su madre a las puertas de la escuela pública más grande de la ciudad. Yo trabajaría aquí si pudiera.
Jardines del Country, el barrio donde vive Roberto, ni está en el campo, ni tiene ningún espacio verde. Enfrente, más allá de una quebrada profunda, hay un campo de golf. Roberto colecciona las pelotas de golf que caen sobre el tejado de lámina de su casa, hecha con tablones de madera.
A diferencia de la mayoría de sus amigos, al menos, su familia no está rota. Vive con su padre, ayudante de albañil, y con su madre, quien vende tortillas.
Ellos nunca le pidieron a Roberto que consiguiera un trabajo. Pero están orgullosos de su hijo, quien trabaja duro, y de cómo con el trabajo apoya a su familia. Los bíceps del niño, sus manos callosas y su fuerza vienen de sus trabajos anteriores en la construcción.
Hace unos seis meses Fernando Saravia cedió ante la insistencia de Roberto y le dejó trabajar en el taller. Pero solo después de reunirse con su madre, quien quería conocer el lugar donde su hijo iba a trabajar antes de dar su aprobación. Roberto aceptó encantado.
El problema de muchos niños pobres que se ven obligados a trabajar, explica Ainhoa Intxausti, trabajadora social de la organización no gubernamental World Vision, es que los niños no pueden permitirse ir a la escuela.
Incluso la pública se convierte en un lujo en Honduras y aunque es gratuita los niños tienen que comprar sus materiales de estudio, pagarse la comida y el transporte hasta la escuela.
Para muchas familias un día en la escuela es un día menos de salario, un plato de comida que no llega a la mesa.
Es un círculo vicioso: sin educación, la mayoría de estos niños nunca saldrá de la pobreza. La misma pobreza que no les permite ir a la escuela.
Roberto cruza la autopista de cuatro carriles que le separa de la cancha en la que se divierte con sus amigos y su entrenador de futbol, a quienes gusta contarles Las aventuras de Huckleberry Finn , un libro que le regaló su jefe en el taller.
«Tengo la vida organizada, trabajo de día y estudiode noche». Roberto Castellanos.
«Es mejor que esté aquí, trabajando y aprendiendo lo que cuestan las cosas en la vida, que dando vueltas por la calle sin nada que hacer». Fernando Saravia, empleador de Roberto Castellanos.
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