El depósito
¿A qué se debe la insistencia de la Policía de llevar, por cualquier razón, los vehículos de los multados de Tránsito a un depósito, del que luego solo podrán salir después de un engorroso trámite y el pago de extorsivas multas? Dos ejemplos de esta semana. El caso de un amigo, multado porque andaba manejando con su licencia recién vencida, y el de un pobre ciudadano que vimos en un canal oficialista, castigado porque su licencia no tenía la categoría pertinente para el microbús que conducía. A ambos se le llevaron sus vehículos al depósito. ¿Era necesario? Ambas son faltas leves. Digamos que las multas estaban bien puestas, pero carece de sentido que se les llevaran sus vehículos al depósito cuando otros conductores correctamente habilitados podrían llegar a traer los vehículos sin necesidad de amargarle la vida y el bolsillo a estos ciudadanos. A menos que castigar la falta sea lo que menos le interese a la Policía.
La grúa fantasma
La cosa es que tras la multa se desata una práctica extorsiva, mil veces denunciada pero nunca corregida, lo que lleva a pensar que se hace con el consentimiento institucional. Primero, y tal vez lo más notorio, es la aparición de una grúa fantasma. El conductor multado es quien lleva su vehículo al depósito, pero al momento de sacarlo debe pagar los servicios de una grúa que ¡no hizo ningún traslado! Luego debe pagar los días de peaje, porque también se le impide pagar inmediatamente y sacar su vehículo el mismo día del depósito. Todo parece estar encaminado a sacar la mayor cantidad de dinero a los ciudadanos que caen en sus manos. Y si ya estaba mal que la Policía participara en el cobro de impuesto de la Alcaldía, una práctica constitucionalmente prohibida, peor está que participe en esta actividad extorsionadora más propia de una pandilla mafiosa que de una institución al servicio de la ciudadanía.
Juan Valle
¿Y a quién puede recurrir el ciudadano? ¿A Asuntos Internos? ¿A los Tribunales? ¿A la Fiscalía? ¿A la Contraloría? ¿A la Procuraduría de Derechos Humanos? Ninguno de ellos moverá un solo dedo para ayudarle o castigar a los culpables. Silbarán hacia un lado y se harán lo desentendidos, como siempre. Todos son compinches. Ante todo reclamo por la injusticia, el policía le dirá: “Quéjese con Juan Valle”. Y usted creerá ver una luz en el camino hasta que se da cuenta que Juan Valle es un comisionado que nunca le atenderá ni le resolverá nada, porque ante él la ley no vale nada. Juan Valle es la ley. Ahí comienza y termina todo. Solo le queda pagar resignado.
Reflexiones petroleras
Se acabó febrero y todavía el Gobierno sigue reflexionando, al decir del comandante Bayardo Arce, sobre si baja o no la tarifa eléctrica en correspondencia con el brusco descenso de la factura petrolera. Ya llevan como siete meses en la “reflexión” y ahí van a seguir mientras no se sientan obligados a soltar el dinero que no les pertenece porque cada mes de reflexión les deja unos 150 millones de dólares que les servirán para comprar conciencias en las perrerías electorales que se avecinan. ¡Ay, que así se tomaran el tiempo para reflexionar cuando sube el petróleo uno hasta podría tomarlos en serio!
El perro más flaco
¿Qué tienen que ver las multas de tránsito con la tarifa eléctrica? ¿La grúa fantasma con las reflexiones del comandante Arce? Todo. Hace muchas columnas hice una observación que a algunos pudo parecerles exagerada: Daniel Ortega tiene un comportamiento parasitario. Escoge a su víctima, se pega a ella, chupa su sangre y antes que muera, como todo parásito, emigra a otro cuerpo. Lo hizo en su momento con el coronel Muammar Gadafi, luego con el coronel Hugo Chávez, y desde ahí empezó a buscar otros cuerpos. ¿China? ¿Rusia? Ellos son difíciles de pelar, dan regalías a cambio de favores geopolíticos pero no en el tamaño en que Venezuela los acostumbró a gastar. Y a medida que el padrino venezolano entra en franca agonía, y a falta de un cuerpo gordo disponible, Ortega y los suyos se instalan en el perro más flaco. Nosotros, pues.
