LA DICTADURA NO PUEDE OCULTAR LA VERDAD

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desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

con las instalaciones tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann detenido.

Esperanza González, madre de dos, trabaja en el mismo taller con su esposo Luis Luna. El tramo está unas cuadras al sur de El Calvario en el Oriental. LA PRENSA/FOTOS A. MORALES

Las “técnicas” del Oriental

Parece fácil. Parece que solo es cuestión de aflojar tornillos, empaques, ajustar un alambre de estaño, poner otro perno, empalmar cables pelados, cambiarlo por otro nuevo, hasta que un látigo de voltios ¡pum! te estremece el cuerpo y te avisa que el aparato está enchufado.

Parece fácil. Parece que solo es cuestión de aflojar tornillos, empaques, ajustar un alambre de estaño, poner otro perno, empalmar cables pelados, cambiarlo por otro nuevo, hasta que un látigo de voltios ¡pum! te estremece el cuerpo y te avisa que el aparato está enchufado. Le pasaba al principio a Esperanza González, de 39 años, mientras aprendía a reparar abanicos, planchas y licuadoras, oficio al que se dedica junto con su marido en un tramo del mercado Oriental.

[doap_box title=»Reparar computadoras» box_color=»#336699″ class=»aside-box»]En el tramo de Esperanza González y su esposo Luis Luna, además de reparar enseres eléctricos se venden otros como estabilizadores y máquinas de coser. “Las compramos en lotes de segunda y las vendemos”, dice González, quien tiene la ilusión de aprender a desarmar y armar computadoras. Dice que ya fue al Cecna, ubicado en el barrio San Luis, y averiguó. Todavía no tiene decidido entrar porque tendría que ajustar el horario de clases al del tramo que se abre diario, y los domingos hasta mediodía.[/doap_box][doap_box title=»Taller escuela» box_color=»#336699″ class=»aside-box»]El taller de Juan López ha sido una escuela taller improvisada para mujeres y hombres. Allí han aprendido hermanas, hijos y sobrinas a reparar planchas, licuadoras y abanicos. “Él me apoyó, me dijo venite a trabajar conmigo”, recuerda Rosa Emilia López. Eso fue hace ocho años. Ahora ella montó su propio negocio enfrente, y ahora cuando él tiene mucho trabajo y no se da abasto le mando a ella algunos aparatos. Ahora, en el tramo de don Juan se prepara otra sobrina. Las hijas menores de Rosa Emilia han aprendido a reparar electrodomésticos.[/doap_box]

González dice que a reparar electrodomésticos le enseñó su marido Luis Luna. A pesar de las descargas de voltaje que por descuido podían estremecerla, nunca tuvo miedo de aprender a travesear ningún aparato. “Al principio fue duro, a veces cuando estaba trabajando tenía el aparato conectado”, dice y sonríe al recordar que el hecho de que estuviera conectado era un corrientazo en su cuerpo. Entre corrientazos y pinchazos, González aprendió a reparar y a cumplirle a los clientes que pasaban temprano dejándole una plancha en mal estado y en la tarde pasaban buscándola ya arreglada.

HERMANO COMPARTE OFICIO

Esperanza González no es la única mujer en el Oriental que sabe reparar electrodomésticos. Hay una calle muy conocida dentro del mercado, de la estación de Policía una cuadra al lago y 20 varas arriba, en la que hay varios talleres seguidos en los que reparan cualquier electrodoméstico. Y varios de los reparadores son mujeres.

Como Rosa Emilia López, de 44 años, pelo amarillo, con un delantal de pecho y anteojos de medida de marco rojo, que se pone como aro en la cabeza mientras almuerza. López está sentada en su tramo, un cuarto metálico estrecho en el que apenas cabe ella, una mesa con sus herramientas y una gran cantidad de electrodomésticos descuartizados, algunos han sido arreglados y están allí porque sus dueños no han ido a buscarlos, otros están desarmados porque se venden así, por piezas.“Damos plazo de treinta días para reclamar su electrodoméstico, pero aún así hay clientes que se aparecen a los tres meses”, explica López.

Hasta hace ocho años, López solo sabía usar planchas y licuadoras, pero no tenía idea de cómo arreglarlas.

Nunca había trabajado fuera de la casa y nunca había reparado ningún aparato, confiesa. Era mamá de seis y tenía un marido borracho al que terminó dejando. Como tantos otros, llegó al monstruo del Oriental a buscar cómo trabajar en algo. “Comencé a trabajar con mi hermano”, dice mientras hace una pausa en su almuerzo y vuelve la mirada hacia el taller más amplio que está enfrente, donde ella se hizo “técnica” en electrodomésticos.

“Lo primero fue desarmar, conocer bien los tornillos, poner cables, alinear bobinas de abanicos, a veces hay que sacar las velocidades… la licuadora es más sencilla no hay que alinearla, sino ponerle motor”, describe un poco su trabajo. López nunca fue a la escuela. Aprendió a garabatear su nombre durante la alfabetización. “Nadie me engaña”, dice.

Hace ocho años Rosa Emilia López aprendió a reparar licuadoras, planchas y abanicos. Le enseñó su hermano. El oficio se convirtió en su medio de subsistencia.
Hace ocho años Rosa Emilia López aprendió a reparar licuadoras, planchas y abanicos. Le enseñó su hermano. El oficio se convirtió en su medio de subsistencia.

Ese trabajo parece fácil pero no lo es. “Ahí venimos aguantando todo. Los golpes de la corriente y también las quemadas de las pistolas con las que soldamos. Tenemos señitas” , dice López y se mira los brazos con algunas peladuras. Mucha veces esas “señitas” las deja la prisa que se imponen cuando están los clientes allí parados al pie del tramo esperando por su aparato.

POR TEMPORADAS

López dice que la reparación de abanicos está bastante fría, porque el calor todavía no está en su apogeo. Cree que a partir de marzo, cuando se aproxime la Semana Santa, subirá la demanda de arreglar abanicos. En estas semanas han llegado más planchas. “Es por la entrada de clases, que la gente necesita planchar uniformes de los que estudian”, saca cuentas esta mujer que también repara microondas, aunque según ella es un aparato muy peligroso. “Agarra hasta dos mil voltios, si no te mata, quedás un tiempo con nervios para volver a agarrarlo”, dice López quien una vez resistió “el pencazo” y el chispeo de un cable de 110 voltios, había pelado los cables pero se le olvidó ponerle cinta adhesiva, cuando conectó sintió el remezón eléctrico. “Ese fue el susto más grande que tuve”.

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