Creo que casi todos los arquitectos de Nicaragua hemos soñado alguna vez con participar en un concurso nacional para diseñar obras de carácter único, aquellas que se construyen una vez cada siglo.
El ejercicio de nuestra profesión, cada vez más difícil en medio de una sociedad que desvaloriza nuestra función creadora y nuestra capacidad técnica, recibe una vez más un golpe bajo con el proyecto del nuevo Estadio Nacional.
Este es precisamente un proyecto que debería ser objeto de un concurso público, donde pudieran participar, en igualdad de condiciones, todos los arquitectos interesados. Un concurso que permita expresar la calidad nacional en el campo de la arquitectura, que constituya una oportunidad invaluable para el ejército de arquitectos que se han formado en el país desde la creación de la primera Escuela de Arquitectura en los años sesenta y que verían cristalizado un sueño de aportar de manera efectiva, directa y creativa al país, aunando técnicas modernas con elementos propios de la identidad nicaragüense.
En 1945, cuando se inició la construcción del actual Estadio Nacional Denis Martínez, no existía en el país suficiente conocimiento sobre la labor y función de los arquitectos. Eran pocos, todos formados allende las fronteras. La obra se le encargó a la firma Cardenal Lacayo Fiallos y fue una designación a dedo, sin concurso. Han pasado 70 años desde entonces y mucho hemos avanzado en la formación de criterios y de profesionales, al menos en número. Sin embargo, a juzgar por los procedimientos que se están aplicando en la licitación para la construcción del nuevo Estadio Nacional, parece que nada ha cambiado. Seguimos estancados en criterios obsoletos y considerando que un proyecto de este calibre es simplemente un ejercicio de diseño estructural con algunos elementos que se le pueden encargar a un arquitecto.
Se obvia por completo el proceso de diseño arquitectónico con todas sus fases técnicas y se engloba en un solo paquete construcción y diseño, como si este último fuese simplemente un elemento más de construcción. Los plazos establecidos para la entrega de las propuestas son absolutamente arbitrarios, irreales e insuficientes para garantizar un diseño de calidad, a menos que renunciemos a la originalidad y las empresas se vean obligadas a “fusilar” un diseño existente en otro país.
Un Estadio Nacional es una entidad con carácter propio, con requerimientos urbanos y equipamientos que van más allá de determinar accesos y salidas.
Su impacto a nivel urbano es considerable y debería estar incorporado dentro de un plan urbanístico coherente que prevea todas sus necesidades y complejidades. La selección de su ubicación, la cercanía de dos universidades, la existencia de una laguna de oxidación dentro del mismo terreno, la relación con el entorno, las vías de acceso y evacuación a la hora de un desastre natural, la cercanía a importantes fallas geológicas, son entre otros, factores ineludibles a considerar a la hora de diseñar un proyecto de esta envergadura.
En este estado de cosas, sorprende el clamoroso silencio de parte de las asociaciones de Arquitectos e Ingenieros, de las Escuelas de Arquitectura y por supuesto, de los profesionales del ramo en la propia Alcaldía de Managua. Los primeros deberían pronunciarse sobre el particular y los últimos hacer un esfuerzo para impulsar un proceso transparente y respetuoso con sus colegas. Al fin y al cabo, todos somos responsables, por acción u omisión, de los resultados de esta obra.
La autora es arquitecta.
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