Santiago Jarquín se agacha, alza la carretilla metálica desvencijada que tiene encima un canasto con frutas y verduras y sale andando por las calles de San José de los Remates, Boaco. Lleva puesto un sombrero verde olivo y los ojos entreabiertos. Santiago es ciego, pero, para esta entrega de verduras dice que no necesita bastón. A través de sus “pasos ciegos” explica que ha ido memorizando giros, pliegues y baches de las calles, olores de los patios, voces, ruidos de animales, nombres y ha construido un mapa mental que le permite movilizarse sin ver. Corre el riesgo sí, y lo sabe, de que la casualidad le juegue una mala pasada y que por ejemplo pueda ir caminando por el adoquinado, confiado, y no se percate de un vehículo estacionado, de un adoquín suelto, de un perro que se cruza repentinamente. Casi nunca le ocurre, cuenta. Como la gente del pueblo lo conoce, le gritan: “Santiago, por ahí hay algo”. Hasta ahora, desde que arrancó este negocio con su amigo y socio, Rigoberto Martínez, quien a veces maneja la carretilla, no le ha pasado nada extraño.