Los presidentes de Venezuela, Nicolás Maduro, y de Bolivia, Evo Morales, asumieron ayer el papel de mandatarios díscolos previo a la VII Cumbre de las Américas, marcada por el tono amable de las diplomacias cubana y estadounidense a la espera del encuentro entre Barack Obama y Raúl Castro.
Maduro dijo llegar en “son de paz a Panamá”, y hasta ilustró su actitud cogiendo la batuta de la banda que interpretaba el himno de su país a su llegada, pero su primer acto oficial fue una ofrenda floral en el monumento a los caídos en el populoso barrio de El Chorrillo, epicentro de la destrucción provocada por la invasión de EE. UU. a Panamá en 1989 para derrocar al dictador ahora encarcelado Manuel Noriega.
Maduro aseguró que reclamará al mandatario de EE. UU. que pida perdón a las víctimas y las indemnice por la invasión, que, a su juicio, fue “una masacre”.
El mandatario venezolano tuvo en Morales un duro contrincante en el rol de protagonista crítico de la Cumbre. Morales endureció su discurso con EE. UU. al afirmar que “quiere derrocar a Maduro por decreto” para extender su acusación a todo el continente al argumentar que intenta derrocar a los gobiernos por la vía económica.
Morales se arrogó el papel de portavoz de la paralela “Cumbre de los Pueblos“, cuyas conclusiones se comprometió a trasladar al encuentro de los jefes de Estado americanos.
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