“Por varios años dejé de existir”

Danilo está apurado. Guarda su guitarra, mira el reloj y pone cara de sorpresa. Su áspero bigote entrecano y sus cejas oscuras contrastan con su cabeza bañada en un cabello blanco y canoso.

Danilo está apurado. Guarda su guitarra, mira el reloj y pone cara de sorpresa. Su áspero bigote entrecano y sus cejas oscuras contrastan con su cabeza bañada en un cabello blanco y canoso. “En cinco minutos llego”, dice mientras habla por teléfono. Cuelga, se disculpa y se va. Saldrá a atender a un paciente con problemas de adicción. Hace unos años, cuando la música, la guerra y la revolución fueron su entorno, él se encontró en la misma situación. Marihuana, alcohol, cocaína, crack. Danilo Norori, un músico que fue adicto por más de diez años, y que tras recuperarse brindó su ayuda a personas adictas.

Es uno de los grandes exponentes de la trova nacional. Tras la guerra participó en Volcanto, un movimiento que transformó la música testimonial. Se dejó de hablar de lucha y de guerra. Empezaron a cantarle al amor, a la paz y a la amistad. Pero luego su vida no fue fácil.

Era un cuarto oscuro y pequeño ubicado en el mercado Oriental adonde iba. Un expendio. Adentro había unos veinte hombres, sudados, sucios, perdidos. Ahí no se dormía. Fumaban día y noche, uno tras otro “y cuando ya no tenía dinero, te salías a ver quién te invitaba para seguir consumiendo”, recuerda Danilo. Cuando la Policía llegaba los sacaban a todos a la calle, no importaba la hora que fuera. Estaban drogados y expuestos a todo en pleno mercado. “¿Te imaginás?”, dice. Y todo empezó cuando tenía 15 años.

“Fui un niño precoz”, cuenta. Siempre quiso estar aprendiendo y descubriendo, incluso, lo que quizás no debió. En 1972 tenía 14 años y la explosión de sus hormonas y todos los cambios coincidieron con la caída de su hogar en el terremoto.

“Una situación adversa para cualquier joven”, afirma. “Nos fuimos a vivir a un lugar donde no había gente, no había ni chavalas”, recuerda. Y las primeras personas que aparecieron por esos lados del cementerio, por donde vivía, eran unos fumadores de marihuana, unos peludos. “Era una pelota de gente que a saber de dónde vinieron y se fueron a vivir frente a donde mis abuelos. Llegaban a la casa de una chavala que me gustaba y por andar ahí…”, dice mientras ríe. En diciembre de ese año vino Carlos Santana, Danilo estaba en plena adolescencia. Andaba jalando y con “los peludos”. Como cualquiera que se junta con lobos, pronto empezó a aullar. Empezó con marihuana y alcohol.

Siempre amó la música. Desde pequeño tocaba guitarra y su primera canción la compuso en el 73. En 1975 entró a la Universidad Centroamericana (UCA), estudiaba Estadística y Computación. “Me gustaba el estudio, pero era bravo a fumar marihuana”, dice. A través de la música se ligó a los asuntos de la revolución y anduvo en la guerra. “Entonces lo dejé por un tiempo, porque eso era demasiado importante no iba a andar bien loco”, advierte. Una vez lo metieron preso por estar cantando El pueblo unido .

“Son un montón de historias que tienen que ver con la vida, la muerte, el ser humano y las luchas. Yo vengo de eso y aún así terminé en adicción. La adicción es un fenómeno poderoso que no distingue edad, sexo, creencias religiosas o políticas. Si empezás a usar, usar y a abusar, te volvés dependiente. El cerebro se enferma. El mío se enfermó”.

“Luego del triunfo yo estaba bien. En los 80 trabajaba y empecé a rehacer algunas cosas de música”, dice Danilo. Se encontró con viejos y nuevos amigos compositores, Salvador Bustos y Salvador Cardenal. Crearon un movimiento que se llamó Volcanto, un volcán de canciones. Fue una manera diferente de hacer canciones. Empezó a viajar a diferentes países para cantar “y por supuesto se despertó más que el espíritu creativo, también aparecieron aquellas cuestiones que te conté y retomé el uso de la marihuana… pero al tiempo apareció doña Blanca Nieves”, cuenta Danilo pensativo, refiriéndose a la cocaína.

La primera vez que consumió cocaína fue horrible, sangró de la nariz. “Lo que hacés es romperte los vasos”, dice. “En la fregadera de los adictos de ahí me decían que si estaba menstruando”. Luego de la cocaína aprendió a hacer crack. Porque empezó a escalar, las otras drogas ya le parecían “light” y el viaje no era el mismo. Eso —según cuenta—, lo llevó a la perdición. “Me revolcaron y me llevaron a la nada”, dice. A vivir en un expendio en el Mercado Oriental.

“Cuando sos adicto te simplificás, te reducís, involucionás, dejás de crear, te aislás, tu vida se reduce a consumir y dejás el resto. No hay familia, no hay proyectos, no hay nada. Todo se termina. Y si no tenés cuidado, se te va hasta la vida”. Danilo Norori

“Me fumé mis canciones, me fumé mi guitarra que había traído de Japón, aprendí a hacer carpintería y me fumé unas máquinas de ahí (taller), unas camionetas. ¡Desastre, desastre! Todo lo vendí para consumir”, relata. “Me quedé sin guitarra… ¡imaginate!”, dice indignado, “si era la parte más…” y se queda sin palabras. La música es inefable para él. “Todos los 90 me los tiré arriba de los palos. Varios años yo dejé de existir, desaparecí del mapa”, asegura.

Andaban tan “hechos leña” como él mismo expresa, que varios amigos que lo querían y conocían por músico, buscaron cómo ayudarlo. Lo llevaron a un retiro de la Iglesia católica de una comunidad a la que ellos asistían. Y se sostuvo por varios meses. Pero después se le ocurrió que tenía que llevarse a los otros adictos a la comunidad “pero en vez de llevármelos a ellos me volví a quedar con ellos”, se lamenta.

No fue fácil. Pasó mucho tiempo recayendo. Su papá falleció y el tiempo que estuvo en agonía se mantuvo sin consumir, pero como siempre, recaía. Después, su esposa lo llevó al psiquiatra, donde el doctor Manuel Madriz “a quien quiero mucho, porque me sacó de eso”, afirma. Comenzó con el doctor Madriz y con un nuevo grupo de narcóticos anónimos. “Gracias a Dios de ahí es que me logré agarrar”, expresa. Y así se ha sostenido desde entonces, más de 15 años.

Estudió Trabajo Social en la UCA y también Adicciones, es certificado internacional como terapeuta y especialista en adicciones. Fundó y dirigió la clínica Equilibrio, que posteriormente cerró para dar clases en la UCA y en la UAM y para trabajar en un proyecto mucho más grande junto con otros profesionales, organizando una cooperativa de servicios múltiples psicosociales. Tiene un trabajo musical llamado Cantarapia, canciones que lo acompañaron durante su lucha y que aún siguen con él.

Todas esas canciones son el reflejo de la adicción, la que pudo superar gracias a la música. “Poco a poco pasa en mi alma, poco a poco mar en calma, poco a poco la esperanza… de poder amar, de poder vivir, de poder llorar, de poder reír, de poder llorar sin estimular mi lado infeliz…”. Poco a poco es una canción emocionalmente fuerte, que conmueve a quien la escuche. Y ahí está la recuperación de Danilo Norori. “Cuando volvés de la guerra de la adicción venís mal habituado a la gratificación inmediata. Solo te metés el cuento y ahí nomás sentís el impacto, y todo querés que pase así de rápido”, dice. Él se cantaba a sí mismo. Tranquilo, se decía, “poco a poco, man, poco a poco”.

SU MÚSICA

Es conocido como uno de los grandes trovadores de Nicaragua.

Su vida estuvo siempre ligada a la música. Aprendió a tocar guitarra desde pequeño y en 1973 compuso su primera canción para su hermano que acababa de nacer.

Antes de 1979 era parte de los talleres de sonido popular del grupo 8 de Noviembre.

Tras el triunfo de la revolución formó junto con Salvador Cardenal y otros músicos Volcanto, un movimiento musical que significa un volcán de canciones. Fue un sello, una forma diferente de hacer canciones.

Cantarapia es un proyecto en el que interpreta las canciones que le ayudaron a salir de su adicción.

En 2000 lanza el disco Por un chingastito.

En 2007 grabó su disco Amanece en la ciudad.

Entre sus canciones más populares están: Por un chingastito, Mi familia real, Poco a poco, La princesita, etc.