Zozobra de sobrevivir

Si pudiera pedir un deseo, Magali Mercado Dávila pediría una casa. Una casa propia en Ticuantepe para vivir con sus tres hijos. Y ella no lo dice, pero de ser posible añadiría a un acompañante más en su vida, para no derramar la lágrima que raya su mejilla cuando recuerda que está sola.

Magali Mercado Dávila y sus tres hijos viven en un terreno compartido con cuatro familias. LA PRENSA/ OSCAR NAVARRETE

Si pudiera pedir un deseo, Magali Mercado Dávila pediría una casa. Una casa propia en Ticuantepe para vivir con sus tres hijos. Y ella no lo dice, pero de ser posible añadiría a un acompañante más en su vida, para no derramar la lágrima que raya su mejilla cuando recuerda que está sola.

La joven madre de 26 años fue macheteada junto con su tía, la madrugada del domingo 27 de julio de 2014, por Douglas José Díaz Cárdenas, un vecino conocido como “El Punche”. Claudia Dávila Sánchez murió de una cortada que casi le arranca la cabeza y otra que le dejó la columna vertebral expuesta. Su sobrina sobrevivió, pero no recuerda los detalles de la desgracia.

“Me pegaron un garrotazo”, se dijo Magali cuando la hoja del machete casi le desprende el brazo izquierdo. “Es ‘El Punche’, es ‘El Punche’”, repetía agonizante su tía. Ensangrentada, Magali se desmayó y se enteró del resto al día siguiente, en una cama de hospital, con su extremidad recién operada.

“Fue en balde que la mató”, recuerda. “Mi tía y él se conocían de fiestas, no tenían ninguna relación amorosa y esa noche, cuando regresábamos a la casa, se pelearon. Después nos atacó”.

A dos cuadras de su casa, la cruz representa  el lugar exacto en que Magali Mercado Dávila fue macheteada junto con su tía. LA PRENSA/OSCAR NAVARRETE.
A dos cuadras de su casa, la cruz representa el lugar exacto en que Magali Mercado Dávila fue macheteada junto con su tía. LA PRENSA/OSCAR NAVARRETE.
“ASÍ COMO LA CHEREPITA”

Los hijos de Magali son Carlos Eduardo, Gustavo y Genise, de 8, 4 y 2 años respectivamente. Viven con ella en la comunidad Manuel Landes, de Ticuantepe (Managua), en una casa de cemento de dos cuartos, con un techo de lata carcomida que filtra mucho sol en verano y mucha lluvia en invierno.

En la vivienda todo es compartido. Sobre la cama doble duermen los cuatro, el armario tiene cuatro gavetas, cada una con un nombre y en la puerta están escritas cuatro fechas de cumpleaños.

Entre los fotogramas del crimen que Magali recuerda, están sus tres retoños observándola herida. Sangrando pero sobreviviendo. “Yo les decía que se quitaran, que se quitaran. Mis niños lloraban. Se querían tirar encima de mí. Estaban los tres a la par”.

—¿Sus niños le preguntan por las heridas?

—Mi hijo mayor sí. A veces hace unas preguntas que le digo que no las ande haciendo… Una vez estábamos en el cuadro (de beisbol) y había un niño travieso que mató a una cherepita ( lagartija pequeña). Yo nunca me hice la pregunta que cómo había muerto mi tía. Me da miedo esa pregunta. Y la cherepita estaba con la cabeza en un hilito, pues. Y me dice mi niño: “Mama, mama, mire esa cherepita. Así murió mi tía Claudia”. “¡Callate, no andés diciendo eso!”, le dije. “En serio mama, yo la miré. Así quedó como la cherepita”.

A Claudia la enterraron en la comarca de San Pedro, en Ticuantepe, cuando Magali estaba en el hospital. Se suponía que la darían de alta esa tarde y ella pidió que la dejaran ir al entierro, pero le agarró fiebre y le permitieron marcharse hasta la mañana siguiente. Magali nunca ha visto la tumba de su tía.

“No. No me atrevo. Sé que es en San Pedro pero no sé dónde exactamente”. Se detiene y sonríe vagamente. “Nosotras éramos amigas. Chileábamos. Ella me decía que estoy gorda, que no camino, pero ideay, si yo camino para el trabajo ida y vuelta, ¿qué más ejercicio voy a hacer? Ella me encajó (el apodo de) ‘La Bum’. Así me decía”.

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SUPERACIÓN Y SOLEDAD

En la actualidad, Magali trabaja como empleada doméstica tres veces por semana, manda a sus hijos a clases, lava la ropa acumulada en sus días libres y, si puede, mira la telenovela Muchacha italiana viene a casarse , a mediodía.

Ella sabe bien que si no fuera por la larga cicatriz de su antebrazo, que protegió su rostro, o si no fuera por cuestión de segundos o centímetros, estaría muerta. Le da gracias a Dios por la oportunidad de seguir con vida, pero también experimenta pensamientos oscuros.

“Algunas veces, en la noche, me digo que mejor me fuera muerto. Mejor me fuera preferido morir… El (ex) esposo de mi tía me dice que no hable así, que le dé gracias a Dios de estar viva… Pero a veces me siento ahogada. Siento que no puedo sacar adelante a mis hijos, que estoy sola”, dice pausadamente.

Su marido ya no vive con ella ni se ocupa de sus hijos y ella no sostiene una relación de proximidad con su madre. “No me entiende mi mama. No siento apoyo de ella. Yo la quiero mucho a mi mama, pero digo que ella no me quiere a mí”, explica. “A veces me pongo triste, porque no tengo cariño de nadie…”. Y se le humedecen los ojos.

El terreno en que vive es propiedad de los abuelos paternos de los menores. Cuatro familias más lo habitan y la parcela de tierra bruna que divide las casitas está surcada por árboles de tamarindo, aguacate, mango, nancite y un palo de coco.

Los niños de Magali o están allí jugando o están en clases, menos Genise, quien todavía es muy joven. Ellos saben que la cruz azul que está sobre el camino, dos cuadras al Este del portón de su casa, es donde mataron a su tía. Y que al lado de esa cruz, pasa su madre cuando va al trabajo.

En ocho meses transcurridos desde el crimen, a Magali se le ha “aparecido” dos veces su tía Claudia. La primera fue en un sueño, un día después de perderla para siempre, mientras dormía en el hospital. La segunda fue hace unas semanas, a eso de las 7:00 de la noche, cuando estaba despierta. En ambas ocasiones ha sentido como “corroncha”. “Se me pone chirizo el cuerpo. Como que me quiere llamar mi tía, que me vaya con ella”.

Managua: Magali Mercado Davila«Algunas veces me pongo triste, porque siento que no tengo cariño de nadie. Pero ahí está el Señor. Porque yo miro a los hijos de la difunta. Se ponen en el camino. Y si estuviera ella, estuviera con ellos». Magali Mercado Dávila, sobre la muerte de su tía.

JUSTICIA Y LEY 779

El 10 de noviembre de 2014, el fiscal auxiliar Julio Bolaños, representante del Ministerio Público, señaló la misoginia como agravante en el actuar de Douglas José Díaz Cárdenas, alias “El Punche” y solicitó la pena máxima de 30 años por el asesinato de Claudia Dávila Sánchez y el asesinato frustrado de Magali Mercado Dávila.

Pese a las reformas en el reglamento de la Ley 779 o Ley Integral Contra la Violencia hacia las Mujeres —que delimita la tipificación de “femicidio” al ámbito privado, únicamente entre una pareja que mantiene o mantuvo relación sentimental—, la juez suplente del Juzgado Primero Especializado en Violencia de Managua, Aracely Rubí, reveló el día 26 del mismo mes que la condena sería de 18 años por femicidio consumado y diez por femicidio en grado de frustración, para un total de 28 años.

Díaz Cárdenas, sin embargo, no mantenía relación sentimental con ninguna de sus víctimas. Las autoridades utilizaron la Ley 779 original, sin hacer uso del cambio de reglamento instaurado mediante los decretos presidenciales 42-2014 y 43-2014, publicados en el diario oficial del Gobierno de Nicaragua, La Gaceta (edición 143), el 31 de julio de 2014.

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