Cuba, victoria y derrota

Es cierto que la VII Cumbre de las Américas, celebrada el fin de semana pasado en Panamá, puede ser calificada como una reconciliación de la democracia con el totalitarismo. Por su propia naturaleza, los dos sistemas son excluyentes en términos absolutos pero la primacía del pragmatismo político sobre los principios —más los grandes intereses económicos de los Estados y gobiernos predominantes en la actualidad— han hecho posible esta excepcional aproximación.

Es cierto que la VII Cumbre de las Américas, celebrada el fin de semana pasado en Panamá, puede ser calificada como una reconciliación de la democracia con el totalitarismo. Por su propia naturaleza, los dos sistemas son excluyentes en términos absolutos pero la primacía del pragmatismo político sobre los principios —más los grandes intereses económicos de los Estados y gobiernos predominantes en la actualidad— han hecho posible esta excepcional aproximación.

En realidad, lo que ocurrió en Panamá más que reconciliación de la democracia con el totalitarismo fue la confirmación de la victoria política de la dictadura totalitaria de Cuba sobre el gobierno demócrata de EE.UU. Sin embargo, paradójicamente esta victoria es también una derrota política interna de la dictadura castrista.

En su discurso en la Cumbre de Panamá, Raúl Castro se ufanó de que más del 97 por ciento de los cubanos vota por la dictadura comunista, pero no dijo que en las “elecciones” de Cuba solo participa el Partido Comunista. Sin embargo, no se puede desconocer que durante mucho tiempo la dictadura totalitaria ha sido respaldada por la gran mayoría del pueblo cubano, entre otras razones por el antiyanquismo provocado por la política imperialista de Estados Unidos y la habilidad del castrismo para explotar los sentimientos nacionalistas de la población.

Pero también es un hecho comprobado que el apoyo popular a la dictadura castrista ha disminuido mucho en los últimos años, de la misma manera que el sentimiento antiyanqui de los cubanos también se ha mermado de manera considerable. Así ha quedado demostrado precisamente con la misma reconciliación gubernamental de Estados Unidos con Cuba que está en desarrollo.

Poco antes de la Cumbre de Panamá, entre el 10 y el 17 de marzo, la empresa estadounidense Bendixen & Amandi pudo realizar en Cuba, por cuenta del periódico The Washington Post y Univision, una encuesta con los debidos requisitos de objetividad. Los resultados indican que el 80 por ciento de los cubanos tiene una imagen positiva de Barack Obama y solo el 47 por ciento la tiene igual de Raúl Castro. 79 por ciento de los cubanos declaran que no están satisfechos con el sistema comunista y solo el 19 por ciento lo avala. El 53 por ciento está insatisfecho con el sistema político de dictadura de partido único y falta de elecciones libres y de libertad, y solo el 39 por ciento dice que no tiene muchas quejas de esta situación. El 52 por ciento estima que hay necesidad de otros partidos y solo el 28 por ciento cree que el Partido Comunista es suficiente. Entre los insatisfechos el 49 por ciento dice que es por falta de libertad y el 26 por ciento por la falta de desarrollo económico. Y así muchos otros datos parecidos.

De manera que la otra cara de la moneda de la victoria política del régimen castrista sobre Estados Unidos, es su derrota política interna. La normalización de las relaciones con Estados Unidos beneficiará económicamente a la dictadura comunista de Cuba, pero al mismo tiempo la seguirá debilitando políticamente de manera inexorable. Ya en este momento, si Raúl Castro se arriesgara a jugarse el poder en elecciones libres y limpias, seguramente sería derrotado con igual o más contundencia que fue derrotada la dictadura sandinista en las elecciones de febrero de 1990.

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