Como todas las mañanas, don Arnulfo se despertó ante las insistentes lamidas de su perro. Pero luego recordó: lo había matado la noche anterior. Abrió los ojos. Su esposa estaba encima de él, y le lamía la cara. El hombre se incorporó a medias. ¿Amor, qué rayos ? Entonces se dio cuenta: a ella también la había matado.
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