Su vida se extinguía lentamente,
como la llama de un cirio.
La lucidez no le abandonó nunca,
en su casi centenaria existencia.
Me acerqué al lecho de muerte
de Emigdia Manning Alonso
y besé su venerada frente.
La viejecita, de tez muy blanca,
me miró dulcemente
y con voz quebradiza me bendijo:
“Que el Señor te dé una buena esposa”.
Yo, instintivamente,
volví mis ojos a mi prima Rosa Carlota,
con quien coincidí en tan doloroso trance
de nuestra común bisabuela.
En ese momento,
los recuerdos se agolparon en mi mente:
escuché el timbre del cochero
que anunciaba su visita dominical
a la familia de su nieta Lydia.
“Corran, nos decía mi madre,
ayuden a mamá Emigdia a bajar del coche”.
Su visita era un regalo para nosotros.
Acomodada en su mecedora,
jalábamos nuestros taburetes a su lado
ansiosos de escuchar sus relatos.
Cabello blanco, su rostro conservaba la belleza
que nunca pudo derrotar la vejez.
Con su voz quebradiza,
tan propia de las Manning Alonso,
nos narraba sus recuerdos
de muchos años atrás:
las epidemias del cólera,
las familias en León
encerradas en sus casas
por miedo al contagio
o por temor a las frecuentes guerras civiles.
Nos hablaba de sus antepasados,
de las hermanas Alonso Jerez
hijas de Mercedes Jerez Quiñónez
y del chileno Domingo Alonso Neira,
famosas por su singular belleza.
Su casa era frecuentada
por personas distinguidas
entre ellas el héroe italiano Giuseppe Garibaldi,
de visita en León.
Los Alonso Jerez fueron diez hermanos
—ocho mujeres y dos varones—.
Con orgullo nos decía,
que hasta un santo había en la familia:
el padre Mariano Dubón Alonso,
protector de huérfanos y
fundador del Hospicio San Juan de Dios,
hijo de su tía Virginia y de Liberato Dubón.
Recordaba a sus padres
Emigdia Alonso Jerez, casada con Thomas Manning Herrera,
hijo del inglés Thomas Manning,
quien llegó a Nicaragua procedente de Liverpool,
movido por el afán de aventuras,
cuando el país recién se estrenaba como República.
Fue Cónsul de Inglaterra en el puerto de “El Realejo”.
Avecindado en la ciudad de León,
fue también comerciante y exportador
de productos del país:
añil, cueros y zarzaparrilla.
Enemigo del filibustero Walker
sufrió el saqueo de sus bienes.
Ya viuda, Emigdia Alonso Jerez
contrajo segundas nupcias
con Manuel Pérez Garmendia,
fecunda unión de la que descienden los Perezalonso.
Nos recordaba mi bisabuela a sus hermanas:
Sara, casada con el general Mariano Salazar,
Carlota, casada con Victorino Argüello Prado,
de quienes proceden los Argüello Manning.
De su matrimonio con Pedro Alemán y de sus hijos:
Antenor, Pedro, Brígida, Carmela y Josefana.
Josefana, mi abuela, casó con Edmundo Bernheim,
Cónsul de Francia y dueño de almacenes en Managua y Matagalpa.
Su numerosa prole le llevó a la quiebra.
Mi abuelo Edmundo
enviudó dos veces y se casó tres.
Tuvo veinte hijos con Rosita Delgado,
Josefana Alemán Manning y Juana Alemán Manning,
Una de ellas fue mi madre, Lydia Bernheim Alemán,
hija de Josefana, muerta de un mal parto
y sepultada en el cementerio de extranjeros de Matagalpa.
Emigdia Manning Alonso, a quien hoy evoco, tuvo larga vida
y vio a los hijos de sus hijos
hasta la cuarta y quinta generación.
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