El horror que se vive en el mar Mediterráneo desde hace no ya semanas, ni meses, sino años es un terror silencioso y oscuro pues la tragedia se hunde en sus aguas sin despertar al mundo. Los sueños de familias enteras atracan en un fondo que hoy es sinónimo de vergüenza en un planeta polarizado. Este mar del medio divide una tierra de la que se huye de otra que no sabe cómo actuar ante la avalancha de desesperación vecina. Los motivos no son nuevos: conflictos armados, guerra, hambre o búsqueda de una vida mejor. Desgraciadamente las formas de huir son múltiples. A pie hasta Turquía y cruzando la frontera griega o búlgara. Embarcando a toda la familia para escapar del miedo y arriesgando la vida cerca de la isla italiana de Lampedusa, el estrecho de Gibraltar o hacia las islas Canarias en el Norte de África. Hiriéndose de gravedad al saltar la valla de Ceuta o Melilla para entrar en suelo español. Niños y embarazadas que pagan un pasaje rumbo, con suerte, a donde sea. Sin suerte, a la muerte.