Evangelizarse y evangelizar

Con su Pasión y Muerte Jesús termina una etapa de su misión: su padre, le ha devuelto la vida, Jesús vive; pero, además, su Padre no solo le devolvió la vida, sino que le ha puesto en el sitio que se merece: “A su derecha” (Mc.16,19).

Con su Pasión y Muerte Jesús termina una etapa de su misión: su padre, le ha devuelto la vida, Jesús vive; pero, además, su Padre no solo le devolvió la vida, sino que le ha puesto en el sitio que se merece: “A su derecha” (Mc.16,19). Con ello empieza una nueva etapa de la historia para toda la humanidad y la verdadera “misión” de la Iglesia, como nos ordena Jesús: “Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación” (Mc.16,15).

Esta es la “misión” de la Iglesia: Proclamar la Palabra de Dios por todos los rincones del mundo sin falsearla, mutilarla, o hacerla creíble porque la vida se hace Palabra. La evangelización sin testimonio es un contrasentido. Evangelizar no solo es dar la Palabra sino es vivirla, como lo hacía Jesús: “Si no hago las obras de mi Padre, no me crean; pero si las hago, aunque a mí no me crean, crean por las obras” (Jn.10,38). La Palabra, por lo tanto, no se puede callar, ocultar, ni guardarse. Esa debe de ser la tarea del misionero: tener el mundo por casa, el hombre por riqueza y el evangelio por seguridad.

La Palabra para la Iglesia y para todo cristiano, debe de ser su pan cotidiano, el pan que le mantiene siempre en actitud de escucha y abierto a la conversión. Así lo entendieron los primeros discípulos de Jesús, como nos dice San Marcos: “Ellos salieron a predicar por todas partes” (Mc.16,20) y, por ello, hasta se jugaron la vida, como también se la siguen jugando muchos de los cristianos de hoy.

El Evangelio, la Buena Nueva, aunque a muchos nos duela o nos cueste hacerlo, no se puede callar y aunque muchas fuerzas pretendan enmudecerlo hay que comunicarlo. El Evangelio no es un tesoro a guardar, sino un pan a repartir. La evangelización es el mandato de Cristo: “Como mi Padre me envió, también yo les envío” (Jn.20,21). La Iglesia existe para evangelizar: por eso, decía San Pablo a los cristianos de Corinto: ¡Ay de mí si no predico el Evangelio!” (1Cor.9,16).

Una Iglesia que calla el Evangelio no es la Iglesia de Cristo. Iglesia que no evangeliza, traiciona a Cristo con su silencio y traiciona a los hombres que tienen derecho a la Palabra orientadora y salvadora de Jesús. Hoy, necesitamos hacer vida ese desafío en nuestras comunidades ya que sin evangelización no puede haber fe y con una mala evangelización tampoco. La Iglesia tiene que ser evangelizada y evangelizadora, y ha de abrirse a toda persona, a todo el mundo ya que la Palabra no solo es para ella.

He aquí el reto para todos aquellos seguidores de Jesús: la meta, el ánimo, la necesidad, el compromiso, el problema a solucionar debe ser: Evangelizarse y evangelizar.

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