Aseguran quienes saben de esto, que el peor dolor que sufre una madre es la muerte de un hijo, o hija. También el padre la sufre, y mucho, pero nunca tanto como la madre.
Según el psicólogo y psicoanalista alemán Sigmund Freud, el dolor que sentimos después de una pérdida semejante llegará a su fin, “pero permanecemos inconsolables y nunca encontraremos un sustituto”. Mucho tiempo atrás, Eurípides escribió en Hécuba triste que los dolores del parto de las madres, “son dolores que quedan guardados para cuando los graves casos de los hijos conocemos”. Y no hay caso más grave que de un hijo se pueda conocer, que la muerte.
Pero peor debe ser el dolor de la madre que no solo sufre por la muerte del hijo, sino también por la pena igualmente inmensa de saber que ha sido asesinado por otro de sus hijos.
En la creencia religiosa judeocristiana e islámica, el primer asesino de la historia fue Caín, hijo de Adán y Eva, quien por envidia mató a su hermano menor, Abel, después que los primeros padres fueron expulsados del Paraíso. ¡Horror! ¡El primer asesino fue también el primer fratricida!
En la mitología griega el primer asesino es Ixión. Así lo dice el sacerdote católico mexicano erudito en mitología, Angel María Garibay (1892-1967), en su libro Mitología Griega . Pero al menos Ixión fue solo homicida, no parricida.
Ixión, rey de los lapitas (un pueblo que vivía en una región de Tesalia situada entre los montes Olimpo y Osa), se casó con Clía, hija de Deioneo, a quien prometió valiosos regalos. Pero Ixión no cumplió lo prometido y en venganza Deioneo le robó los caballos. Ixión no reaccionó de inmediato a la pérdida de sus bestias. Dejó pasar un tiempo, al cabo del cual fingió que había perdonado a su suegro. Incluso, para festejar la reconciliación invitó a Deioneo a un suntuoso banquete.
Llegó Deioneo al palacio de su yerno y durante el banquete tomó vino más de la cuenta, lo que fue aprovechado por Ixión para matarlo, arrojándolo a un pozo lleno de maderos ardiendo.
Eso era un hecho terrible e insólito. Nadie quiso perdonar a Ixión, quien se vio obligado a huir y a sufrir el desprecio de toda la gente, lo cual le hacía sentir inmensamente desdichado. De tal manera expresó Ixión su arrepentimiento, y tanto rogó el perdón de los dioses, que Zeus creyó en su contrición y lo perdonó. Y no solo lo perdonó sino que lo llevó al Olimpo para que participara en el banquete de los dioses.
Ixión, cuando vio en el Olimpo a la fabulosamente bella Hera, la esposa de Zeus, tuvo la osadía de enamorarla y hasta le pidió que hicieran el amor. Hera lo acusó ante su marido pero Zeus no le creyó del todo, pensó que podía ser una exageración de su mujer. No obstante, para averiguar la verdad Zeus formó con una nube una figura semejante a Hera, la que se mostró ante Ixión de manera seductora. Engañado, Ixión tuvo una relación sexual con aquella nube que tenía la apariencia de la diosa Hera.
Pero aún así, Zeus pensó que lo hecho por Ixión había sido un desvarío causado por el exceso de néctar, el vino de los dioses. Y se limitó a mandarlo de regreso a la Tierra.
De vuelta en su país Ixión se vanaglorió entre los hombres de que había poseído a Hera y deshonrado a Zeus, quien por fin perdió la paciencia y lo castigó fulminándolo con un rayo y enviándolo al Infierno. Allí Hermes, el mensajero y asistente de los dioses, condujo a Ixión hasta el Tártaro (el lugar de castigo eterno en el Infierno para los enemigos de los dioses y los peores criminales), y lo ató a un rueda rodeada de serpientes que puso a girar por toda la eternidad.
El mitólofo francés Jean Francois Michel Nöel, cuenta que el movimiento giratorio de la rueda a la que Ixión se encuentra atado para siempre, solo se ha detenido dos veces. La primera fue cuando Perséfone, la mujer de Hades, dios del mundo de los muertos, fue llevada por primera vez al Infierno. Y la segunda ocasión que la rueda de Ixión se detuvo, fue cuando Orfeo bajó al Infierno en busca de su amada esposa, Eurídice. Tan maravillosa era la música que tocaba Orfeo con su flauta divina, para que Euridice la oyera y se presentara ante él, que hasta la rueda de castigo de Ixión se cautivó y por un momento detuvo su eterno movimiento.
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