LA DICTADURA NO PUEDE OCULTAR LA VERDAD

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14
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desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

con las instalaciones tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann detenido.

Quezalguaque

Quezalguaque es un pueblo que nunca conocí, pero cuyos alrededores formaron parte de mi vida a los 10 y 11 años de edad. La estación ferroviaria de Quezalguaque era la primera entre León a Chinandega, y mi puerto hacia la hacienda Santa Isabel, que era mi hogar.

Quezalguaque es un pueblo que nunca conocí, pero cuyos alrededores formaron parte de mi vida a los 10 y 11 años de edad. La estación ferroviaria de Quezalguaque era la primera entre León a Chinandega, y mi puerto hacia la hacienda Santa Isabel, que era mi hogar.

La hacienda pertenecía al general Alberto Reyes, quien a pesar de su escalafón militar, era hombre tranquilo y sereno, amigable, generoso, no sé en qué batallas luchó por el liberalismo, me imagino que en la guerra constitucionalista que saco del poder a los conservadores; la verdad es que don Alberto era un militar de caramelo, hombre dulce, tan dulce que tenía una fábrica de confites llamada La Cartuja, un ingenio azucarero, una fábrica de guaro y un gran corazón para ayudar a los desvalidos.

Sus hijas menores, vivían en León, en la casa de Castro Wassmer, otro general liberal, ellas eran Mercedes Y Esperanza. Edwin Castro mi amigo de infancia junto a Roger —Pata Tijerino— y Monchito Castrillo, quien obtuvo como soldado del Ejército norteamericano, por su heroicidad, El Corazón Púrpura; nos integrábamos por las tardes en el viejo y caluroso León, jugando, estudiando, en una hermandad con las Reyes, cuyos recuerdos y afecto han prevalecido a través de los avatares del destino. Doña Consuelo Rodríguez de Castro Wassmer era de origen costarricense, toda una gran señora. Frecuentemente cenábamos en su casa, con un protocolo especial.

La mesa presidida por don Carlos, cubiertos de plata, vajilla de lujo, el servicio uniformado, cada plato era ofrecido después de los anfitriones por orden de edad. Si alguien ponía la mano sobre la mesa, bastaba una mirada del general para retirarla, las servilletas formaban parte de una mantelería de lino irlandés, hecha a mano por hindúes y traída de Liverpool, cuando don Carlos fue cónsul general en Inglaterra.

En fin, era una época sin televisor, sin celular y sin computadora. La cena era un ritual que unía a la familia a través de las conversaciones con temas distintos y cotidianos.

Una de las maravillas de Nicaragua estaba en Quezalguaque, el puente del ferrocarril era una impresionante obra de ingeniería que asombraba a propios y extraños, no sé si fue ejecutado por extranjeros o nacionales, pero la verdad que su altura y diseño nos dejaba con la boca abierta, cada vez que despacio pasaba la máquina y sus carros de ida y vuelta.

Sin embargo, la intrepidez de algunos cipotes que jugábamos a la valentía, consistía en saltarnos de un carro al otro, mientras el tren cruzaba precisamente sobre el mítico río Quezalguaque.

El nombre de Quezalguaque tiene su origen posiblemente en la lengua náhuatl y su significado, que desconozco, para mi tiene dos vertientes. Decían las viejos de la zona, que hace muchos años y antes de construir el ferrocarril, en ciertas épocas del año anidaban quetzales en sus coposos árboles y vírgenes suelos. Las frías y cristalinas aguas del río hacían de la zona un área fresca y de niebla.

Mi otra teoría se basa en una fuente de agua que brotaba cercana al río, en una propiedad llamada Nueva Corcuera y donde en mi período de vacaciones frecuentemente visitaba solo, acompañado de mis fantasías, nadando y flotando de cara a un peñasco grande y alto, donde resaltaba una figura de Quetzalcóatl tallada por manos desconocidas.

Estábamos en la casa-hacienda de Santa Isabel, cuando alguien encendió una vitrola que rasgaba una vieja canción que decía: “…Hay en el fondo azul de tus pupilas, una esperanza que atraviesa mi alma…”, cambiá esa chochada dijo Edwin— y que pongo, contestó la Mercedita. —El adiós del Marino —respondió mi hermano Armando y así sonó “…se acerca la partida ya me debo marchar solo ha sido un recuerdo para mi eterno peregrinar”.

Todos empezamos a corear el disco moderno que estaba en su furor. Cuando don Carlos Castro Wassmer dijo —hoy viene la Brígida —doña Brígida Calderón era una bruja buena, que en la época de la ocupación americana, saltaba a las ancas de los caballos montados por los gringos, quienes asustados caían al suelo entre las carcajadas de doña Brígida— según narración del periodista Frutos Bolaños, quien así lo publicó en Guatemala.

Esa noche la bruja guerrillera recordó cuando los yankees la encadenaron en las cárceles de la 21, de donde campantemente salió sin que nadie se lo explicara. Eran las vacaciones grandes, estábamos en pleno verano, donde la lluvia nunca hace presencia, sin embargo, doña Brígida salió al patio, levantó sus brazos al cielo y empezó a relampaguear por todos lados.

Los desperdicios de la hacienda, me permitieron criar un lote grande de gallinas, que para el 5 de diciembre del 42, se convirtieron en un batallón de trescientas aves de corral. Las gallinas me dieron la oportunidad de tomarme Managua, la capital, que para mí era totalmente desconocida.

Metí 15 gallinas en veinte javas, preparé trigo millón y agua en un envase metálico grande, suficiente para que mi carga llegara sana y salva a su destino. Las trasladé en carreta a la estación de Quezalguaque y compré mi boleto y el derecho de carga de las gallinas, para trasladarme en góndola, donde viajaban las vivanderas.

Hacia Managua. La belleza de los lagos Xolotlán y el Momotombo, me llenaron de asombro, así como de vida y alegría. Los pregones de las vendedoras de baho, tiste helado, maduros horneados, el pescado frito, los quesillos, la chicha helada y tantas ricuras de Nagarote, La Paz Centro y aquellas estaciones que le daban vigor a los pueblos ferrocarrileros.

Llegué a la capital sin conocerla, armado de un valor que no tenía. Monté mis gallinas en sus 15 javas; subí al primer carretón, seguido de cuatro carretones de caballos. Nos enrumbamos a la zona de Sajonia donde vivía un tío mío, quien sorprendido me recibió con todo y carga.

A las 6:00 de la mañana del día seis, al mando de mis cinco carretones, llegué al Mercado San Miguel y en una esquina que después supe era llamada de los Castillo Molina; bajé mis gallinas y empecé a venderlas. Como por encanto aparecieron unas mercaderas recriminándome groseramente que yo ni impuestos pagaba, otras caídas del cielo empezaron a defenderme y a pelearse con ellas, mientas yo vendía mis gallinas rápidamente y en menos de lo que canta un gallo, tenía seiscientos córdobas, sin meter los gastos.

Airoso y con un queso holandés imitado en EE. UU., llegué de vuelta a mi casa en Quezalguaque, con el dinero suficiente para empezar una crianza de cerdos, difíciles tiempos aquellos, pero me tomé Managua.

COMENTARIOS

  1. jos m. fernandez.
    Hace 6 años

    Q’ historia mas linda,me transporto a una epoca en la q’ yo todavia no existia,y tambie me recordo a mi viejo barrio de San Sebastian de los años 70′,en la q’ vivia un señor muy amigo de mi familia q’ se llama,o se llamaba Don Eduardo Casco Wassmer,q’ presidio el tribunal de cuentas del gobierno en la epoca del terremoto del año 72.Como transcurre el tiempo…hace 43 años para ser exactos…

  2. Hace 6 años

    El General Alberto Reyes Barberena. .nuestro orgullo y abuelo paterno..orgullo de nuestra familia. Sus decendientes Maria Veronica. .Francisco (Patico)..Isis. .Gloria. .Martha. .Alberto (qepd) y yo Martin. .sumamente honrados de su legado con un caballero del cual San Francisco de Asis. .perdio un hermano.
    Gracias adorado abuelo.

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