Hoy 30 de mayo es Día de la Madre en Nicaragua y con este motivo saludamos con cariño y respeto a todas las madres nicaragüenses.
Sin duda que el valor primero y esencial de la madre es, precisamente, la maternidad. Si no fuera por esta función de la mujer, natural pero al mismo tiempo maravillosa, la especie humana no se podría reproducir y conservar.
Los hijos aman y respetan a sus madres, las veneran incluso —aunque siempre hay excepciones—, ante todo porque son las dadoras de sus vidas. Quienes han perdido a sus madres las siguen amando siempre. Incluso aquellos que ni siquiera pudieron conocer a sus madres —porque las perdieron en etapas muy tempranas de su infancia— , las echan de menos durante toda su vida.
Pero el valor de la madre va más allá de la maternidad propiamente dicha, es decir, de la gestación y alumbramiento de los hijos. La madre, además de dadora de vida es también educadora y formadora de la personalidad de sus descendientes.
Napoleón Bonaparte, quien no solo fue un militar talentoso y aguerrido sino también un lúcido pensador, dijo que “el futuro de un niño es la obra de su madre”.
Otro hombre ilustre en la historia, George Washington, padre fundador y primer presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, expresó: “Todo lo que soy, se lo debo a mi madre. Atribuyo todos mis éxitos en esta vida a la enseñanza moral, intelectual y física que de ella recibí”.
Durante mucho tiempo, desde la más remota antigüedad hasta tiempos muy cercanos, se creyó que el rol de la mujer en la familia y la sociedad era solamente dar vida a los hijos, formarlos para la convivencia familiar y social y prepararlos para los desafíos de la vida laboral.
Siempre hubo mujeres que sobresalieron en ámbitos ajenos a la vida familiar, como la cultura, la creación científica y la actividad política incluso en los más altos círculos del poder. Sin embargo fueron casos aislados y no pocas veces esas mujeres fueron denigradas por la historiografía machista.
En general se creía que la maternidad es sinónimo de feminidad y que el rol de la mujer era exclusivamente la procreación, la educación y formación de la prole y el sostenimiento moral y espiritual del hogar.
Pero los tiempos han cambiado y las creencias sobre la mujer, también. Se sigue reconociendo que la maternidad enaltece a la mujer y que el rol de la madre en la educación y la formación de los hijos es insustituible. Y por eso se le rinde a las madres los honores que merecen. Pero ahora también se reconoce que la maternidad no es la única expresión natural de lo femenino y que tampoco es inevitable. Que si bien la mayor parte de las mujeres por instinto quieren tener hijos, hay otras que aunque quieran nos los pueden tener y también las hay que en algunos momentos anhelan ser madres, pero luego ese deseo desaparece. Y también hay mujeres que jamás sienten el deseo de ser madres, pero no por eso dejan de ser femeninas, ni pierden dignidad, ni dejan de merecer estima social.
Sin embargo, la madre siempre se distinguirá por ese valor tan noble e insustituible que es ser dadora vida, el que ha motivado y siempre motivará la veneración de sus hijos y la consideración respetuosa de la sociedad.
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