La lectura y el ejercicio del periodismo, oficio del cual vivió cerca de treinta años, fueron las dos grandes fuentes de formación autodidacta de Rubén. La Biblioteca Nacional de Nicaragua, fundada en 1882 por el presidente Joaquín Zavala, fue la verdadera “Universidad” de Darío. Los cinco mil volúmenes fundadores de la Biblioteca Nacional fueron seleccionados en España por Emilio Castelar. Fue precisamente para la inauguración oficial de la Biblioteca que Rubén escribió las cien décimas de su poema El Libro .
El director de la Biblioteca, Modesto Barrios, en 1884, cuando Darío tenía apenas 17 años, lo incorporó con un modesto sueldo al personal de planta, cargo que conservó cuando Antonino Aragón sucedió a Barrios en la dirección. Más que una oportunidad de trabajo, la incorporación del joven poeta al personal de la Biblioteca dio a este la gran ocasión de dar rienda suelta a su voraz pasión por la lectura.
Sobre la permanencia de Rubén en la Biblioteca Nacional, el profesor Edelberto Torres nos narra lo siguiente: “La Biblioteca había sido enriquecida con la estupenda Biblioteca de Autores Españoles de Rivadeneira y la Biblioteca Clásica de Luis Najarro, ambas publicadas en Madrid. Rubén lee todos los prólogos de la serie de clásicos y muchas de las obras, y muchos también de los autores greco-latinos. La Biblioteca es su única escuela de humanidades y la aprovecha al máximo”… “La lectura de los clásicos castellanos ocupa sus mejores horas ” “Se detiene en Góngora más que en ningún otro”.
Por esa época, y aprovechando la circunstancia de que el director de la Biblioteca, Antonino Aragón, es también profesor de francés, inglés e italiano y buen conocedor del latín, Rubén se inicia en el estudio serio del francés, del inglés y un poco del latín. Acomete, junto con su profesor, la traducción de varios textos franceses, entre ellos uno de su siempre admirado Víctor Hugo. Con su recién adquirido dominio del francés escrito, o bien en versiones al español, Rubén lee las obras de muchos autores franceses, entre ellos Musset, Gautier, Delavigne, Vigny, los parnasianos y los simbolistas, siendo sus preferidos, entonces, Víctor Hugo, Teófilo Gautier y Catulle Mendés.
Si bien el propio Rubén alguna vez dijo que su francés era “precario”, de seguro se refería al francés hablado, puesto que su capacidad para leerlo y escribirlo era aceptable, incluso antes de su viaje a Chile en 1886. A quienes han puesto en duda el dominio de Darío del francés, Luis Alberto Cabrales los refuta señalando que los matices delicados de una lengua no pueden ser asimilados “sin un conocimiento, no superficial, sino bien a fondo y a lo largo”. Y nadie como Rubén conoció mejor los matices de la lengua francesa, con los que, precisamente, renovó la poesía y la prosa en español. Pese al hecho de que Rubén viajó a Chile a los diecinueve años de edad, sin haber concluido siquiera los estudios de secundaria, su preparación literaria era para entonces extraordinaria, gracias a su enorme esfuerzo autodidáctico y al estímulo de amigos como Modesto Barrios y Antonino Aragón. A estos debemos agregar el nombre del salvadoreño Francisco Gavidia, quien durante la primera visita del joven Darío a El Salvador (1882), llama su atención sobre las posibilidades del verso alejandrino francés, susceptible de enriquecer la armonía del monótono alejandrino español mediante una distinta distribución de los acentos y cesuras.
Eduardo Zepeda-Henríquez, en su ensayo La formación francesa de Darío en la Biblioteca Nacional , asegura que “la Biblioteca Nacional de Nicaragua fue la primera escuela de Modernismo de Darío, y no la biblioteca del periódico chileno La Época, ni la de Pedro Balmaceda Toro, en el Palacio de La Moneda, de Santiago”. Nada mejor para describir el autodidactismo de Darío que la opinión del profesor Fidel Coloma: “Darío adquiere sus conocimientos a través de los libros. También a través de periódicos y revistas” “Lo cierto es que sus amigos le reprochaban tempranamente su conducta displicente. A algunos les parece que no trabaja, que vive en las nubes, en forma errática. Sin embargo, Darío trabaja, estudia, crea. Pero de acuerdo con sus propias normas, sus propias disciplinas, imperceptibles para los demás”.
El autor es jurista y catedrático.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A