Dzhokhar Tsarnaev, de 21 años, autor confeso junto con su hermano Tamerlán de los atentados de Boston de 2013, fue sentenciado ayer formalmente a la pena capital tras ser incapaz de convencer al jurado o a las víctimas de su arrepentimiento.
De origen chechén, los hermanos Tsarnaev llegaron hace una década a los Estados Unidos como refugiados políticos y, según quienes les conocían, eran dos jóvenes muy parecidos a la generalidad de los estadounidenses de su misma edad.
El hermano mayor, Tamerlán, es descrito por sus allegados y conocidos como una persona más vehemente y abierta, pero Dzhokhar, por el contrario, era tenido como el tímido de los dos.
Esa diferencia de carácter fue la que intentó utilizar como argumento la defensa de Dzhokhar para evitar que fuera condenado a la pena de muerte, algo que finalmente fue rechazado por el jurado y le llevará al corredor de la muerte en una prisión federal y posiblemente a un largo proceso de apelaciones.
Como último intento de demostrar arrepentimiento, y pese a que esa declaración no iba a cambiar la sentencia, Tsarnaev se dirigió a víctimas y miembros del jurado para pedir perdón con lágrimas en los ojos “por el irreparable daño provocado”.
“Siento las vidas que arrebaté, el sufrimiento que he causado y el daño que he provocado, el irreparable daño”, aseguró Tsarnaev en su breve alegato final, en el que pidió “la misericordia de Alá”.
Según la estrategia de la defensa, el joven cometió junto con su hermano mayor los atentados con dos bombas caseras elaboradas con ollas de presión llenas de hierros y clavos, colocadas en la línea de meta de la maratón, influenciado por su hermano mayor, quien se había radicalizado y convertido en un militante yihadista.
Tamerlán murió en la noche del 18 de abril, varios días después del atentado, tras una espectacular persecución en los suburbios de Boston, en la que también resultó muerto el agente Sean Collier, de la Policía del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT).
Dzhokhar, por su lado, consiguió darse a la fuga y esconderse en el bote de recreo de un residente de la localidad de Watertown hasta que fue descubierto y detenido y donde escribió una confesión en la que justificaba las muertes y ha sido una de las pruebas que más ha pesado en su contra en el juicio.
Al cierre del juicio, los familiares de las víctimas aseguraron que no han conseguido ver ningún arrepentimiento sincero en el acusado.
“Me arrepiento de haber querido escucharle hablar, porque no ha mostrado remordimiento ni empatía por destrozar nuestras vidas”, aseguró Lynn Julian, superviviente del atentado.
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