A 25 años de la desmovilización de la Resistencia

En la historia se conmemoran las grandes batallas pero muy raras veces se conmemora el fin de una guerra y el inicio de un período de relativa paz, fundamentada en el respeto de los contendientes a un nuevo gobierno electo democráticamente que pregona la paz y la reconciliación nacional, con su propio ejemplo.

En la historia se conmemoran las grandes batallas pero muy raras veces se conmemora el fin de una guerra y el inicio de un período de relativa paz, fundamentada en el respeto de los contendientes a un nuevo gobierno electo democráticamente que pregona la paz y la reconciliación nacional, con su propio ejemplo.

El 27 de junio marca una de esas pocas fechas que los nicaragüenses celebramos el arribo del último eslabón de la paz: la desmovilización de más de 23,000 comandos de la Resistencia Nicaragüense, la que tuvo lugar en San Pedro de Lóvago, Chontales, cuando el comandante Franklin entregó su fusil simbólicamente a la recién electa presidenta de Nicaragua, Violeta Barrios de Chamorro.

Ya otros eslabones se habían escalado exitosamente: las pláticas de paz en Sapoá y en Managua entre el directorio de la Resistencia, encabezado por el doctor Adolfo Calero Portocarrero (q.e.p.d) y el gobierno sandinista, representado en dichas pláticas por el general Humberto Ortega Saavedra, jefe del Ejército sandinista; luego se levantó la censura de prensa; vino la campaña electoral a fines de 1989 que culminó con el triunfo de doña Violeta aquel histórico 25 de febrero de 1990; un nuevo eslabón se superó tres meses después cuando el 25 de abril, la presidenta electa y su gabinete tomaron posesión, iniciando el proceso de la transición democrática.

Si una guerra fraticida tan cruenta era impensable, también se volvió impensable la paz, hasta que un día llegó y todos, absolutamente todos los nicaragüenses, nos regocijamos porque atrás dejábamos un negro capítulo de nuestra historia, otro círculo recurrente de confrontación fratricida.

Si hubo un factor determinante para que la Resistencia Nicaragüense, o la “Contra”, depusiera sus fusiles, no fue por efecto de una derrota militar, tampoco fue derrotado militarmente el Ejército Popular Sandinista, fue la confianza que despertó en los comandos la llegada al poder de una dama vestida de blanco valiéndose de su única arma: el voto popular.

El voto fue masivo, observado y respetado. Ciertamente no se hubiera llegado a este punto, sin el sacrificio de miles de comandos, mayoritariamente de extracción campesina, que sin distingo de colores políticos tomaron el fusil libertario y lucharon contra un régimen dictatorial que jamás, sin esa presión, hubiera cedido a dar elecciones libres y súper vigiladas por la comunidad internacional.

La Resistencia Nicaragüense sintió y acató ese mandato popular por la paz, expresado a través del voto, en la persona de doña Violeta y se desarmó, demandando únicamente condiciones mínimas de seguridad para sus miembros.

Son lecciones que nos quedan de pasos que no debemos dar para evitar que un día nuestro pabellón bicolor vuelva a teñirse de sangre de hermanos y ruja nuevamente la voz del cañón.

El 27 de junio de 1990 hubo una muestra de tolerancia y fe nunca antes vista en nuestra historia patria: unos soldados se desarmaron, sus fusiles fueron inhabilitados, quemados y enterrados, mientras los soldados del otro bando permanecieron armados.

Mas tarde, también por iniciativa del nuevo gobierno de doña Violeta, tuvo lugar una reducción drástica del Ejército Sandinista, que era grande que la economía nacional jamás hubiera podido salir a flote, ya no digamos si doña Violeta no hubiera derogado, en uno de los primeros actos de su gobierno, el Servicio Militar Obligatorio (SMP).

Con los fraudes electorales recientes, la ambición del poder ha podido más que las lecciones aprendidas de la historia y este Gobierno tristemente ha desandado buena parte del camino andado. Quisiera creer que estamos a tiempo de corregir el rumbo inexorable que parece llevar el país hacia una nueva confrontación fratricida. Estamos a las puertas de un nuevo proceso electoral en el 2016, en el que es fundamental reestablecer la credibilidad ciudadana de que su voto cuenta y que su voto puede cambiar las cosas, como cambiaron para bien en 1990.

Nuevamente la responsabilidad principal recae sobre Daniel Ortega, quien, como han advertido otros analistas y políticos, puede salir por la puerta grande de la historia o por la misma puerta que han salido otros dictadores que se han aferrado al poder a cualquier costo.

El autor es diputado de la Bancada Alianza PLI y exmiembro del Directorio de la Resistencia Nicaragüense