El humanismo ante la fragmentación contemporánea

Uno de los problemas actuales más significativos es el de la fragmentación entre la persona, la sociedad y la naturaleza, la que ocasiona un proceso de deshumanización cuya superación requiere una toma de conciencia individual y colectiva en la construcción de un humanismo que enfrente el drama de nuestro tiempo.

Uno de los problemas actuales más significativos es el de la fragmentación entre la persona, la sociedad y la naturaleza, la que ocasiona un proceso de deshumanización cuya superación requiere una toma de conciencia individual y colectiva en la construcción de un humanismo que enfrente el drama de nuestro tiempo.

El humanismo contemporáneo, debe promover la solidaridad del ser humano con la naturaleza. Junto al Contrato Social hay que concertar el Contrato Natural del que nos habla Michel Serres, y, tal vez así, apaciguada la sed de dominio y destrucción, pueda construirse la unidad y armonía entre el hombre y la naturaleza.

Es preocupante la información sobre la destrucción del medioambiente, testimonio de la insensatez y voracidad de una cultura de la destrucción que no conoce límites y que no tiene otros valores que la acumulación desenfrenada, la explotación y el consumo indefinido.

Junto a lo anterior, habría que mencionar el hiperindividualismo, la indiferencia y la pérdida del sentido de solidaridad ante la miseria que consume a la mayor parte de la población del mundo; además, la corrupción, el narcotráfico, la drogadicción y el alcoholismo, entre otros.

¿A qué se debe esto? ¿Es efectivamente ese el espectáculo desolador que estamos presenciando? ¿Vivimos realmente en un páramo frío e inhumano, en un erial de la conciencia en el que se han disecado los sentimientos? ¿O es esta una visión pesimista y deformada de la realidad? ¿Una percepción de las cosas aumentada por el flujo indetenible de la información que nos crea un mundo que antes no existía porque no existían las posibilidades que hay ahora de conocerlo?
Posiblemente ambas cosas sean ciertas. Hay más medios para conocer los hechos que impactan la conciencia, pero esos hechos existen y de alguna forma, por su masiva repetición, se van haciendo día a día más banales en medio de una creciente indiferencia.

Junto a la indiferencia y ausencia de solidaridad, se da la intolerancia con lo que respecta a los otros, a los que por cultura, tradición, valores, etnia o condición social son diferentes de nosotros. El infierno son los otros, dijo Sartre. La verdad es mi verdad y la verdad del otro es la mentira que hay que destruir junto a aquellos que la sustentan. Indiferencia e intolerancia, son dos rasgos distintivos de la sociedad de nuestro tiempo.

La inversión de valores hace que resulten más importantes las cosas que las personas y ofrece la visión precaria de un mundo que se construye y deconstruye constantemente, en el que para satisfacer el consumo indetenible, se establece lo descartable como norma de conducta y se desechan cosas y personas, en un vértigo que arrastra la condición moral de nuestro tiempo. La lógica del consumo es la misma lógica de la droga: es necesario que el objeto se consuma para que el hábito permanezca.

Ante la maravilla de la tecnología que ha creado mundos alternativos y la realidad virtual, se requiere la ética, no para que frene y restrinja el progreso, mucho menos para que se transforme en tribunal de inquisición que castigue herejías y heterodoxias, sino como un referente moral que restablezca al ser humano como el fin de todo proceso de desarrollo y como sujeto y destinatario de la historia.

Frente a una situación semejante, la filosofía debe asumir una responsabilidad históricamente ineludible para tratar de restablecer la comunicación y el diálogo, imprescindibles para la preservación de la condición humana y la construcción de la comunidad social.

En esta perspectiva, el humanismo, como la filosofía, es diálogo, pues como dice Martin Heidegger en su Estudio sobre la poesía de Hordelin, “el ser del hombre se funda en el lenguaje, pero este solo acontece realmente en el diálogo (es decir hablándonos y oyéndonos unos a otros)… Somos un diálogo desde que el tiempo es”.

Por ello debemos entender que la filosofía es camino y es camino entre las zarzas de la experiencia, entre los riscos de la historia, es diálogo y en tanto diálogo es humanismo.

En ese sentido la historia misma es diálogo. “La historia —dice Richard Kearney en La Paradoja Europea— como común formación y conservación del significado, es un diálogo, precisamente porque me es imposible vivir en total aislamiento mi propia subjetividad… Mi significación solo puedo captarla en la retícula de mis relaciones con los otros (sea este otro individual, comunal u ontológico…)”.

Hasta hoy se ha vivido una fragmentación del mundo junto a una globalización, entendida como totalidad. El desafío de la filosofía es no solo racionalizar ese fenómeno, sino crear propuestas conceptuales de unidad alternativa, proyectos éticos y axiológicos que den sentido universal desde la pluralidad, a una humanidad uniformada y a la vez desunida.

Es el caso de los avances tecnológicos, de las redes que constituyen hoy por hoy una especie de realidad sobrepuesta al mundo que nosotros conocemos y definimos con sus posibilidades y sus límites. Es el sistema de redes de comunicación que crean la posibilidad de una realidad y un lenguaje universal. Esto nos plantea un enorme desafío político, cultural y teórico en la medida en que este sistema ofrece, como nunca antes, a la par de inmensas oportunidades de integración y desarrollo, las posibilidades de un dominio total ejercido por un poder planetario.

El riesgo para la cultura es muy grande pues estamos enfrentados a un desafío que puede permitirnos desarrollar de manera extraordinaria los verdaderos valores universales, dentro de los cuales están incluidos los propios, o perecer culturalmente, en la avalancha de una tecnificación que no se detiene ante la identidad de las culturas ni ante las diferencias.

Lo verdaderamente universal en la cultura es lo que unifica en su propia heterogeneidad dentro de una articulación determinada que permite no solo que las culturas diferentes coexistan, sino también que sean capaces de retroalimentarse. Esta es una de las labores inmediatas a desarrollar; construir una ética de la racionalidad, del desarrollo y de la democracia, para adaptar críticamente los sistemas tecnológicos, en forma tal que pueda aprovecharse lo mejor que conlleva la maravillosa experiencia de la ciencia y la tecnología, y, a la vez, evitar que una transferencia cultural acrítica e inconsciente, nos conduzca, en un tiempo no demasiado largo, a la abolición de nuestro propio rostro y de nuestro propio rastro.

Es imprescindible, por tanto, un proceso de humanización de la ciencia y de la técnica, ir a las raíces y rescatar los elementos que nos permitan construir esa filosofía moral para forjar la nueva racionalidad que enfrente a la racionalidad instrumental que constituye la lógica dominante de nuestro tiempo. No se puede aceptar un mundo robotizado. Ante el fenómeno conjunto de la globalización y la fragmentación, queremos un mundo unido pero no uniformado, donde la técnica esté al servicio de los valores y no los valores y el ser humano al servicio de los instrumentos de dominación y de poder.

Hablar de la reconstrucción del humanismo y de un proyecto filosófico desde la pluralidad de las culturas frente al pensamiento hegemónico, en un mundo globalizado y a la vez fragmentado, exige aclarar que todo proyecto implica una propuesta y toda propuesta es un intento de abrir caminos cuando se considera que otros están cerrados.

El autor es jurista y filósofo nicaragüense.

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