Cosas elementales

Las manifestaciones cívicas no debieran tener ningún color político, y mucho menos agrupación alguna debiera intentar sacar provecho de ellas con pancartas o afiches alusivos a su partido o movimiento.

Las manifestaciones cívicas no debieran tener ningún color político, y mucho menos agrupación alguna debiera intentar sacar provecho de ellas con pancartas o afiches alusivos a su partido o movimiento. A estas alturas la única bandera que a los patriotas nos cobija y debe de cobijar, es la azul y blanca. Esa bandera, por irrespeto y por abandono, ya la perdió el actual gobierno. Se la quitamos a la dictadura y el hecho de estar en nuestro poder, es signo de unión, y no de partidarismo. Esa unión nos la ganamos haciendo frente a la represión monárquica, la cual gracias a su Consejo Supremo Electora (CSE) podrá capturar votos, pero no será electa en una contienda democrática. Porque quien reparte palos es porque tiene hecha astillas su conciencia. La represión es el argumento de los irracionales. La ciudadanía es rebeldía.

Las banderitas partidarias del gobierno ya van pegadas ostensiblemente sobre los tableros delanteros de los vehículos de la Policía. Ellos sí, ahora, dominados por el danielismo están haciendo las cosas de otra manera a la que establece la Constitución, o en todo caso, sincerando su carácter partidario, y haciendo pública confesión del porqué tantos atropellos quedan en la impunidad, y del porqué a las masacres, como la de Las Jagüitas, siendo masacres, no pasan del calificativo de tragedias. ¿Será seguridad ciudadana la brutalidad policial que encima de que le asesinan a sus hijos, sobrevivió la madre de los niños muertos en esa criminal emboscada? ¿Se podrá especular con tecnicismos, de si fue adecuada la planificación policial, cuando lo que debemos de analizar es la escalada de la infamia que, a todos los niveles, padecemos? Ante esa masacre, no puede hoy afirmarse impunemente, que la Policía está en un proceso de aprendizaje y que es competente. La verdad es que a la Policía la han convertido en un cuerpo represivo. Claro que está aprendiendo a ser competente, a la manera de la monarquía. Un enjambre de sismos.

El cinismo del gobierno, velando por sus propios intereses y justificando el horror, tampoco es algo nuevo. La familia Somoza y todos los dictadores lo han hecho, y también han encontrado a sesudos apologistas que si fueran críticos de arte, catalogarían como de abstracta la sangre. Las manifestaciones de los miércoles frente al CSE, yo las interpreto como la exigencia cívica y nacional contra todo lo que signifique estafa. Por eso a los integrantes de ese “Consejo”, la nueva familia Somoza —contra iglesias, evangelios, ética, moral, viento y marea— los mantendrá ahí, pues junto con otros poderes corruptos son sus pilares. Arnoldo Alemán ya se dio cuenta de esto —pues contribuyó a construir esa ignominia— y claro está, justifica públicamente la existencia del CSE, lo cual le permite regresar por sus fueros, para convertirse en la única “oposición” aceptada por el danielismo. La resurrección del dúo Daniel-Arnoldo, eso sí es bueno para una verdadera oposición, que deponga intereses personalistas y no tenga como meta miserables diputaciones. Pero, de momento, tenemos una “oposición” tan pusilánime, que Daniel no necesita preocuparse por ella para ganar las “elecciones”, pero Arnoldo Alemán necesita perderlas como si fuera oposición. Si no gana Daniel Ortega, la corrupción se termina, y se terminan Daniel y Arnoldo. Es como un pacto de ambos, hasta la muerte. Un círculo vicioso, o de viciosos, en la historia de las “elecciones” en las naciones oprimidas: el que sabe que va a ganar y el que sabe que va a perder, previamente pactan la derrota de sus pueblos.

El autor es escritor.

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