Prosemas

Una muestra de la poesía de Yelba Clarissa Berríos Moliere, en ella se descubre un mundo surrealista, sugerente y muy creativo de lo que somos en el cosmo.

Una muestra de la poesía de Yelba Clarissa Berríos Moliere,  en ella se descubre un mundo surrealista, sugerente y muy creativo de lo que somos en el cosmo.

DE ESCONDRIJOS Y MADRIGUERAS

Alguna vez pastoreé un rebaño de frutas de catálogos imposibles, me disfracé de monja con las notas del periódico para huir de un batallón de seres ensangrentados. Desenvolvió mi autismo, el clarín de púas insistentes en mis ojos. Hubo un imponderable instrumento de cuerdas, gigante y gordo, en cuya caja de música me instalé como en madriguera de animalito asustado. Solo permito goteras de estrellas en la lluvia de la piel; cada poro es pozo y, a veces, permito la entrada de la inocencia de un niño que no tiene conciencia del mal ni de la desnudez áspera de sus plantas. Me acurruco en las grietas de mis interrogaciones siempre pintadas de misterio irresoluto, saben que desde ahí me empapo de los vientos del pequeño paraíso inferoz de mi estancia.

DE LOS MITOS DEL FUEGO

De alguna forma sé que el fuego no es un mito; mis ojos rotan con rima inconfundible sin aleteos de pestañas. Nadie transgrede la esclavitud agreste de la condena de los sueños; se abren los doseles de todos los tiempos entreverados en la nocturnidad pasmada por el imperio onírico. Como una enredadera que no se malogra en el iceberg maduro, cruzo las negras nubes que rebasan el estanque del estanque del cielo que en la noche nos alivia sedes con eructos brillosos, a veces, fugaces. Se retuerce la flama en los cuarteles de lo vívido, como cuando la cólera divina era una peste que me asediaba ante las risotadas de las brasas del Averno. Sangro desde mi cavidad de ovarios mudos orillando amaneceres en ademanes de rosa lento; mi cabeza se redime serena al pringar la regadera mis pezones vespertinos. Aun sacudida por la dulce rabia de las campanas, sé que el fuego es la nunca pira. Empero, soy la brasa ferviente del fénix en el cuero abaquetado de las tinieblas rojas del infierno, se petrifica y, finalmente, palidece.

LA NO SOMBRA LEJANA

Sufridora pencona soy. Abstemia de la no sesuda reflexión, dipsómana no letal y rotunda de aguas celestes, tornando mis estómagos en sacos de cristales de sal rumiada. Mi mirada reflexiva y profunda, se maravilla ante las velas blancas banderas de los barcos que bogan en un mar de vidrio todo coloreado de peces. En esos parajes acuáticos nunca cupo flor de sombra lejana.

LOS BAJADOS DE LA NOCHE

Cuando suenan los badajos de la noche, me sorprenden con paredes de tonos subidos, en la estación de aromas y coloridos equívocos, inmersa en los portales de un libro. Los campanarios son los relojes hablantes infalibles, como serenos en cada equina de mi mundo de pañuelo circular y diámetro imperfecto; los que se apiadan de mis insomnios, escuchan mis incesantes pestañeos. Mañana atracaré en un puerto de piel de árbol instalado.

FRUTOS

Cuando se yerguen mis ramas, mis frutos engordados de luz, nunca ladran al calor del mediodía. Son el núcleo mismo de la lucidez de mi pluma aventurada. Poseen semillas silenciosas y la nunca languidez de las carnosidades malogradas.

MUTACIONES NECESARIAS

En la hora del hilo reventado, sé serme pez y pescar mis veleros en naufragio.

AVATARES IMPÚBERES

Conozco los aullidos levemente atenuados por los avatares impúberes, los cuchicheos sedosos de mi melena yerta. Conozco el grito que confiesa mi urgencia de restablecer todos los códigos de mis viajes. Puedo cambiar mi destino en las esferas humeantes de todas las pitonisas.

CAMINO Y CASA

A veces es imperativo melificar nuestros días, como abejas diestras y mágicas; pintarlos con dedos que se extiendan hasta desarrugar la piel de los árboles, bosquejar un antojito de paz colorida; hacer caminos sobre el hollejo de las piedras, con una distancia lazarilla y palindrómica que siempre nos traiga de regreso a casa.

OJOS TRAMPEADOS

Las horas de la nocturnidad trampean mis ojos desde la ventana del cuarto. El verdor se abate ante las ráfagas de un oscuro hechicero que ondula, y forma figuras agrestes que suplantan los cetros erguidos de los montes. La amiga luna se repatria nobilísima. Mis ojos se emborrachan de un vino de uva negra caucasiana; las cosas no logran disociarse frente a mí. Logro ver las bancas de los lutos y los amores. Vaciado el ruido, el silencio nocturnal habla y ruge como leopardo transparente. Ve las dos caras de la vida, después de todo, las bestias toscas del amor y del dolor se amansan cuando amanece.

UN LENGUAJE MIXTO

Ella lleva marcadas sus plantas con sabor a tejado, a miel, a incendio, a ripio. Siempre sabe cómo herrumbrar el horizonte con su mirada, que devuelve los hondos surcos cobrizos de la tarde zaherida que se fuga, intensa, como conociendo el tiempo límite de los tramontos. Sabe presentir el acontecer de las sombras, esas que se revelan sin necesidad de un cuerpo. Algunas veces se tornaba una inmensa copa de carne hecha llanto. Eran los milenios del sigilo, como cuando fuera testigo de los baluartes despedazados y rendidos. En cada trozo un tajo de historia, un lenguaje mixto de mil signos.

CARPA DE CIRCO

Trataba de disimular incisivos cariados por la furia de un rayo, explotado de nieves en un océano turquesa con ballenas empachadas de abrigos. Pensaba que la tristeza se disimulaba desde las encías, aunque me pintorreteaba los labios de carpa de circo color desarmada. Cargaba en un morral un mapamundi de bronce apaleado, como si presintiese cómo nievan las primaveras en los exilios. La sonrisa de payaso se tatuó en mi cara como escudo protector de mi faz de flor sin miel ni mariposas. Hoy rojo  es  el mojar translúcido de mi lengua en mis labios de pájaro habitando el cielo.