Harold O.M. Rocha

Patrimonio de la Humanidad

Aprimeros de julio recién pasado, el Comité de patrimonio mundial de la Unesco se reunió en Bonn, Alemania, y aprobó la inscripción de veinticuatro bienes en la Lista del patrimonio mundial.

Entre los nuevos integrantes de esta prestigiosa lista están las cinco misiones jesuitas de Texas oriental, construidas en el siglo XVIII. Su función era primordialmente evangelizadora, seguida muy de cerca en la práctica de la integración lingüística, cultural y política de las poblaciones indígenas.

Las misiones fueron edificadas a lo largo de los conocidos como caminos reales, que demarcaban soberanía y potestad de la corona española ante las pretensiones francesas e inglesas. En ellos también se erigían los elocuentemente denominados presidios, fortalezas militares donde se desempeñaban funciones de Estado, administrativas y judiciales.

Un ejemplo representativo del nuevo patrimonio es, sin duda, la misión San Antonio de Valero, fundada en 1718 cerca del presidio de San Antonio de Béxar. En 1793, tras un marcado declive en número de integrantes, fue secularizada y su control traspasado a las autoridades militares del virreinato, que cambiaron su nombre a Pueblo de la Compañía del Álamo.

En 1836 fue sede del asedio de tropas de la nueva república mexicana, bajo el mando del general Antonio López de Santa Anna, a los cerca de 200 tejanos insurrectos atrincherados en su interior, y que concluyó trágicamente para estos últimos. Esa gesta es hoy insignia histórico-cultural del Estado de Texas.

Nicaragua cuenta con dos bienes reconocidos por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad e inscritos en la Lista —las ruinas de León Viejo (2000) y la Catedral de León (2011)—. También cuenta con cinco bienes postulados tentativamente, a saber: la fortaleza de la Inmaculada Concepción en el río San Juan, las reservas naturales de Bosawas y de los Cayos Miskitos, y el volcán Masaya, candidatos desde 1995, así como la ciudad de Granada y sus entornos naturales, candidata desde el 2003.

Sin entrar a valorar los intereses que pudieron haber influido en la selección de candidaturas, ni los que en la actualidad podrían condicionar el impulso o falta de impulso para promover la inclusión de las cinco postulantes en la Lista, conviene indagar sobre tres puntos

Primero, por qué no se ha presentado hasta ahora una candidatura de la ciudad de León, fundada en 1524 y, como Granada, también capital del país tras la independencia; sede de una de las universidades más antiguas del continente; cuna intelectual de Rubén Darío, y la cual cuenta, además, con un importante acervo arquitectónico de varios siglos de antigüedad, entre ellos su catedral que empezó a construirse en 1747. La inclusión de la primera ciudad (León Viejo) y de la Catedral no impide la inscripción de la segunda ciudad en la Lista de la Unesco.

Segundo, la candidatura de Granada y sus entornos naturales es, obviamente, muy bien merecida. No obstante, habría que considerar qué probabilidades tiene de poder alcanzar su inscripción en la Lista. El enorme cariño y orgullo que sentimos por La Gran Sultana no impide reconocer que buena parte de su patrimonio arquitectónico y artístico pereció por las periódicas invasiones piratas y filibusteras, y que, aunque muchos de sus edificios conservan el estilo colonial, los más representativos son posteriores a la Guerra Nacional, siendo más bien neoclásicos. ¿Podrán cumplir con los estrictos criterios y condiciones establecidos para determinar su valor universal excepcional, como exige la Convención del Patrimonio Mundial de 1972?

Tercero, la presentación de las otras cuatro candidaturas está bien fundamentada, pero más lo estaría una candidatura conjunta del Gran Lago de Nicaragua y del río San Juan como reservas de la biosfera y patrimonio histórico-cultural, en la que se podría también incluir la fortaleza de la Inmaculada y la ciudad de Granada.

Esto probablemente requeriría una ligera enmienda a la candidatura presentada en el 2003, contando ahora con mucho más material de apoyo de origen nacional, entre ellos los excelentes estudios de la Academia de Ciencias sobre el lago recientemente publicados y el documental sobre el río dirigido por Rossana Lacayo que fue presentado este miércoles en Managua. La comunidad internacional con toda seguridad se volcaría a favor de este acertado proyecto.

El autor es jurista y académico

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