La Cumbre Escarlata

Después de los espectáculos taquilleros de Hellboy II (2008) y Pacific Rim (2013), el director Guillermo del Toro regresa al horror íntimo de sus mejores películas.

Después de los espectáculos taquilleros de Hellboy II (2008) y Pacific Rim (2013), el director Guillermo del Toro regresa al horror íntimo de sus mejores películas. La Cumbre Escarlata supone el cruce de múltiples corrientes dramáticas y estilísticas: el romance gótico, las historias de casas embrujadas, el esteticismo de los filmes de los italianos Mario Bava y Dario Argento, la atmósfera teatral de las películas de los estudios Hammer en Inglaterra, Edgar Allan Poe. Del Toro es un erudito de la cultura popular en clave siniestra, pero las referencias no servirían de mucho sin sus afinados —y afilados— instintos artísticos.

En el Nueva York de principios del siglo XX, Edith Cushing (Mia Wasikowska) es una joven enfrentándose a los límites de la alta sociedad. De niña, la muerte de su madre en una epidemia de cólera la deja susceptible a ver fantasmas. Ya adulta prefiere alimentar sus ambiciones literarias que cazar pretendientes en los bailes. Al menos Thomas (Tom Hiddlestone) y Lucille Sharpe (Jessica Chastain) entran en su vida. Ellos son dos hermanos, aristócratas ingleses, buscando capital para rescatar su negocio familiar: una mina de arcilla roja, ubicada a los pies de su casa señorial en una remota costa de Cornwall. Edith es seducida por la vulnerabilidad de Thomas y rápidamente termina en sus brazos, a pesar de la suspicacia de su padre, Carter (Jim Beaver) y de su amigo de infancia, el Dr. Alan McMichael (Charlie Hunnam). El amor lleva a Edith a la ruinosa y remota mansión de los Sharpe, plagada de espectrales visiones.

El virtuoso equipo de producción crea una versión estilizada del pasado, vívida y convincente. Del Toro se mantiene alerta a explotar símbolos y contrastes. Las vibrantes calles de Manhattan dan paso a la soledad de Cornwall. Cuando la acción se traslada a Inglaterra, la ruinosa mansión embrujada compite por protagonismo con los actores de carne y hueso. El diseño se vuelve más expresivo que realista y asume el bagaje psicológico de los personajes.

La arcilla roja supura por las paredes y las tuberías, como la sangre que abona los secretos de los hermanos Sharpe. Del Toro ama el “gore”, la representación de violencia extrema en términos teatrales.

Pero también lucha por trascender al simple sensacionalismo. En El Espinazo del Diablo (2001) y El Laberinto del Fauno (2006) fantasmas y monstruos son resabios del horror de la Guerra Española. Son víctimas del pasado u oráculos que tratan de prevenir, infructuosamente, a los protagonistas. Los vivos suelen ser más peligrosos. En La Cumbre Escarlata no hay un subtexto político que le dé sustancia a la fantasía, pero sí referencias históricas y sociales: los Sharpe son los últimos vestigios de la aristocracia en decadencia, en relación parasitaria con el “dinero nuevo” de los capitales americanos. Es eso lo que representa el padre de Edith. Ella es una heroína feminista, simbólicamente castigada por sucumbir a la fantasía romántica que Sharpe le ofrece. No es casualidad que su otra posibilidad romántica sea un médico.

Curiosamente, La Cumbre Escarlata se siente menos urgente que sus “películas españolas”; sin embargo, es un vital ejercicio de horror, con intoxicantes gestos cinematográficos. Tome nota de la introducción de Lucille Sharpe y cómo Chastain devora cada escena. Es una villana para toda la eternidad. Hiddlestone la sigue paso a paso, apropiándose del arco narrativo más interesante. En retrospectiva, Edith es una excusa para introducirnos en el enfermizo mundo de ellos. La película, bellamente producida, es un espectáculo que debe ver en la pantalla grande. Sus pesadillas jamás se han visto tan hermosas.

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