Los sueños de María

La conocí en el bus que hace la ruta de San Carlos a Managua, que yo había abordado en el empalme de Lóvago, ya que venía de buscar la vida en un viaje relámpago a esa ciudad tan bella como es Acoyapa, (hoy totalmente adoquinada), la vieja capital de Chontales.

La conocí en el bus que hace la ruta de San Carlos a Managua, que yo había abordado en el empalme de Lóvago, ya que venía de buscar la vida en un viaje relámpago a esa ciudad tan bella como es Acoyapa, (hoy totalmente adoquinada), la vieja capital de Chontales.

Era de mediano tamaño, de mirada serena, morena como toda mestiza, pero en sus ojos brillaba la esperanza. Se llamaba María, de unos 38 años, era originaria de San Miguelito, propiamente de una comunidad situada a unos diez kilómetros de distancia, llamada Las Palomas.

Trabajaba en Managua, como doméstica en una casa situada en Altamira, en donde recibía una paga de 4,000 córdobas mensuales, con lo que sostenía a sus tres hijas mujeres, las dos primeras adolescentes, quienes cuidaban a la menor producto de otra relación. De los dos padres de sus hijas, ninguno de ellos le ayudaba en nada y ella era el único pivote en que descansaba ese modesto núcleo familiar que ella encabezaba con hidalguía.

María no conocía Managua, en el Mercado de Mayoreo tuvimos que hacer un cambio para poder abordar los buses que transitan en la capital. Ella un poco nerviosa no tenía tarjeta y yo le facilité la mía, era una noche oscura, casi eran las siete, había llovido a torrenciales en Managua y transitaban pocas personas en la terminal.

Nerviosa empezó a fijarse por donde transitaba el vehículo, y me dijo: “Tengo que bajar en la tercera parada después de pasar el Mercado Roberto Huembes”, yo la tranquilicé, pero mientras transcurría el tiempo me empezó a contar de sus sueños.

María tiene una hija que este año termina el bachillerato. Con muchos sacrificios ha logrado terminar la secundaria y su mayor anhelo es estudiar para ser enfermera. Sabe que el mejor sitio para su hija es la escuela de enfermería de la Universidad Nacional en Managua, y espera poder llegar a esas dependencias para solicitar toda la información necesaria que le permita a su hija poder aplicar a una beca para empezar la carrera deseada.

María es la típica nicaragüense, sin ningún arraigo, no tiene ningún contacto, conecte, enlace o relación que le permita que la solicitud de su hija va a ser bien recibida. Solo tiene una cosa: una profunda fe en Dios de que las cosas le irán bien tanto a ella como a su hija y que con esfuerzo y sacrificio saldrá adelante.

La Nicaragua actual está preñada de personas como María, viajan largas distancia para llevarle el pan de cada día a sus polluelos, trabajan duro, más de las ocho horas que manda la ley, están solas, rotas sus alas, pero en el fondo tienen una esperanza, un sueño muy adentro, que las motiva, las anima y es su principal motor para seguir adelante: sus hijos, el porvenir de ellos, que en el fondo desean que sea mucho mejor que la vida que les tocó vivir, tienen un sueño que llevan muy dentro de su alma. El autor es abogado