En la inmensa gama de la poesía dariana hay notas para satisfacer a todos los espíritus, pero existe una que fascina particularmente, lo trascendental en el hombre poeta: la religiosidad.
Darío fue un hombre religioso, de fe vacilante como la de todos los humanos. Hasta los santos sufren crisis de fe. Los grandes poetas de la mística española, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, padecieron y se quejaron de sus dudas “Como el ciervo huiste/ Salí tras ti clamando y eras ido”, imprecación de San Juan.
La fe de Rubén fue como el péndulo de un desmesurado reloj, oscilando “entre la catedral y las ruinas paganas”. Dice Anderson Imbert que Darío “vivió una tremenda lucha entre el fauno y el ángel que lo habitaban”.
Escritores nicaragüenses, Luis Alberto Cabrales, Julio Icaza y Eduardo Zepeda Enríquez, Ernesto Mejía Sánchez, Pablo Antonio Cuadra, Ernesto Gutiérrez en su espléndido discurso de acceso a la Academia de la Lengua y muchos otros, hombres de fe, se han ocupado con especial hondura de esta apasionante faceta del alma de Darío vista a través de su poesía.
También exegetas extranjeros contemporáneos de Darío, que lo conocieron y vivieron cerca de él. Leopoldo Lugones, Vargas Vila, Rufino Blanco Fombona, afirman que Darío era no solo creyente, sino también católico. “La integridad del dogma no ha tenido acatamiento más constante que el suyo”, dice Lugones. Cuatro veces hizo Darío testamento. En el tercero, fechado en Barcelona dice textualmente: “Hoy veintitrés de mayo de mil novecientos catorce, en mi sano juicio y en la religión católica declaro…”
En su primera juventud, más bien adolescente, Darío se declara liberal anticlerical, influenciado por el primer director del Instituto Nacional de Occidente (León 1881) el polaco José Leonard Bertholet, “masón y con ideas de otras partes del mundo, adelantadas y atrevidas”, dice el propio Darío. Escribe sus terribles poemas Al Papa, No Vayas al altar, Santo tirano —que profanas de Dios la eterna idea. El Jesuita, El Libro, larguísimo poema leído en la inauguración de la Biblioteca Nacional y que le costó la cancelación de la soñada beca para estudiar en Europa por cuenta del gobierno conservador de entonces. Queda bien claro que esa época de anticlericalismo fue fugaz y que Darío no fue masón jamás como afirman opiniones inconsistentes. Aficionado sí a las ciencias ocultas, asistía a sesiones espiritistas con Lugones y Fombona en París, las que luego abandona porque le alteraban los nervios, como él mismo confiesa.
Absurdo sería afirmar que Darío es un poeta místico. Sin embargo, cuando en 1900 va a Roma y mira al papa León XIII conmovido hasta las lágrimas escribe una de las páginas más bellas de sus crónicas para La Nación, de Buenos Aires, sobre el papa blanco, angélico, transparente en la blancura de sus manos. Contraste brusco entre este espíritu y el que escribió Al Papa veinte años atrás.
Luis Alberto Sánchez observa que algunos críticos pintan a Darío así: “Borracho como Noé y ascético como Francisco. Sorbiendo rosas y mascando cenizas. Job y Luzbel, versallesco, hidalgo, fauno y beato”. Descripción cabal de una vida orgiástica y una fe fluctuante.
Pero la opinión más contundente, a juicio mío, sobre la religiosidad católica de Darío la expresa el padre Bruno Martínez Sacedo, sacerdote escolapio, que murió entre los escombros del Colegio Calasanz de Managua, a causa del terremoto de 1972. Él y su monografía sobre la Religiosidad de Darío fueron rescatados del edificio en ruinas. En esa monografía escrita para optar a la Licenciatura en Ciencias de la Educación en la UNAM, el padre Bruno afirma que Darío era “Vate y Profeta” pues encuentra en la poesía dariana los principios teológicos doctrinarios del Concilio Vaticano II, cuando Darío no solo se preocupa y pide perdón por sus pecados sino por los de todos los hombres: Y siento como un eco del corazón del mundo que penetra y conmueve mi propio corazón…”
Mucho antes de la aparición de Cantos de vida y esperanza donde se advierte la verdadera reafirmación de la fe en Darío, ya hay dispersos poemas que son un clamor de angustia implorando piedad y perdón. Saudade por la religiosidad de la infancia en La rosa niña y en la poesía A Margarita después en 1907, donde aparece Jesús, regalando una estrella a las niñas que al soñar piensan en Él. “Profeta y vocero de paz” lo llama el padre Bruno, cuando ante la Guerra Mundial, Darío se manifiesta como portavoz de paz, de la Paz de Cristo, de la Paz de Dios: “No, reyes… Que la guerra es infernal, es cierto que duerme un lobo en el alma fatal del adanida, mas también Jesucristo no está muerto y contra el homicidio, el odio, el robo, ¡Él es la luz, el camino y la vida!”
Cantos de vida y esperanza encierra “las esencias y savias de mi otoño” dice el mismo Rubén; no obstante, en el poema inicial confiesa: “Corazón mío henchido de amargura por el mundo, la carne y el infierno”.
Para los más exigentes que quisieran encontrar en Darío “la casa sosegada” de Juan de la Cruz, prueba es de que “la carne tienta con sus frescos racimos”, siempre, a todos, “a pasar del ayuno y a pesar del silicio”, decía Gabry Rivas. Pero es audacia desmesurada de Anderson Imbert afirmar que “Darío vivió y murió dudando”, pues testigos presenciales narran que cuando el obispo monseñor Pereira y Castellón pregunta a Darío en su lecho de muerte si cree, antes de darle la Comunión, Rubén respondió con clara voz: Sí, creo. Y muere con un crucifijo fuertemente asido entre sus manos (Regalo de Amado Nervo). Rubén Darío murió creyente.
La autora es maestra.