Los actos salvajes de terrorismo ocurridos en París el viernes trece de noviembre provocaron horror e indignación en la conciencia universal. Ciento veinte y nueve muertos y más de trescientos heridos, según los informes hechos públicos al momento de escribir este artículo, forman parte del inventario del espanto que cubre la ciudad luz y que produce un sentimiento general de dolor por la barbarie y la brutalidad de los acontecimientos.
Ciertamente que una agresión de esa naturaleza contra seres inocentes y al margen de toda confrontación política o ideológica, junto al repudio total que genera, formula también una serie de interrogantes por el hecho mismo de no existir una relación entre víctimas y victimarios, la que, aunque jamás puede justificarse, porque la barbarie es injustificable siempre, independientemente de las motivaciones que la producen, permite al menos identificar las causas, que no las razones, por que estas no existen, que influyeron en su acontecer.
Lo que estamos presenciando cotidianamente como actos terroristas no tiene precedente, tanto por la continuidad con que estos ocurren, como por la crueldad con que son cometidos y la publicidad morbosa que sus propios ejecutores hacen de ellos. Con frecuencia los medios de comunicación informan acerca de decapitaciones que vienen filmadas por los mismos verdugos, bombas en aviones, clubes, restaurantes, ataques en colegios y universidades, ráfagas en contra de ciudadanos pacíficos que no están involucrados directamente en ningún conflicto con los agresores, y toda suerte de atropellos a la vida y dignidad humanas que hacen de la barbarie un hecho cotidiano.
El recrudecimiento del terrorismo fundamentalista es una característica siniestra del siglo XXI, en el momento en que se consideraba que el mundo había alcanzado, al menos en los países llamados desarrollados, los más altos niveles en la educación, el conocimiento, la ciencia y el desarrollo económico.
Estos indicadores más los acontecimientos políticos mundiales llevaron a pensar a algunos, como Francis Fukuyama, sobre el fin de la historia considerando que ya se estaban alcanzando la desaparición de la bipolaridad ideológica y los niveles necesarios para garantizar la estabilidad y el progreso con alteraciones que, en todo caso, no responderían a contradicciones fundamentales, sino a procesos de ajuste dentro de un sistema que ya había llegado a los niveles necesarios para garantizar el equilibrio y el desarrollo.
Dos libros marcaron la última década del siglo XX: El Fin de la Historia y El Último Hombre, 1990, de Francis Fukuyama, al que hemos hecho referencia; y El Choque de Civilizaciones y la Reconfiguración del Orden Mundial de Samuel P. Huntington, 1996.
Huntington, por su parte, sostiene que “la cultura y las identidades culturales, que en su nivel más amplio son identidades civilizacionales, están configurando las pautas de cohesión, desintegración y conflicto en el mundo de la postguerra fría”. Y a continuación señala los corolarios de esa proposición principal.
Entre ellos señala que: “Por primera vez en la historia, la política global es a la vez multipolar y multicivilizacional”. El equilibrio de poder entre civilizaciones está cambiando…, “el islam experimenta una explosión demográfica de consecuencias desestabilizadoras para los países musulmanes y sus vecinos” … “está surgiendo un orden mundial basado en la civilización”…
Sobre la base de lo anterior señala Huntington que “evitar una guerra mundial entre civilizaciones depende de que los líderes mundiales acepten la naturaleza de la política global, con raíces en múltiples civilizaciones, y cooperen para su mantenimiento”.
Creo que además de la condena enérgica y sin dubitaciones ante los hechos brutales del terrorismo, es necesaria una reflexión de fondo sobre la estructura mundial contemporánea y los elementos de la crisis general que se padece.
Lejos de suponer el fin de la historia de que habla Fukuyama y que tanto revuelo causó a fines de los años ochenta y en la década de los noventa, nos encontramos más bien ante el comienzo de una nueva historia cuyos perfiles no están aún definidos. Ha finalizado, posiblemente, una etapa de la historia pero no la historia universal.
La idea de que los tiempos han llegado al punto límite es excesiva e inconsistente, como lo demuestran los acontecimientos que está padeciendo la humanidad. Podría tal vez sustentarse con mayor pertinencia el agotamiento de una etapa de la historia, pero no su fin, entendida, como se pretendió en la década de los noventa, como el agotamiento de nuevas contradicciones y de posibilidades teóricas y prácticas para enfrentarlas.
Algunos han pretendido que es la era que se inició con la Ilustración la que está llegando a su final. Pero esto no es aceptable si se le relaciona con algunos de sus objetivos fundamentales como la libertad, por ejemplo. La libertad como condición universal de la especie humana es tarea permanente.
En lo que concierne a la práctica política, el mundo se encuentra todavía muy lejos de su realización. La injusticia, la discriminación, la opresión, están por doquier. La desigualdad de las personas, los países y las culturas, se ha vuelto cada vez más evidente y contradictoria.
Más cerca de la realidad está la tesis de Samuel P. Huntington sobre el choque de civilizaciones, según el cual cada civilización es una unidad construida alrededor de ideas, valores, religiones y culturas, que dan una específica visión de la vida y un determinado imaginario del mundo.
Es lógico deducir que a partir de esos planteamientos determinados por la lejanía de las visiones y la cercanía virtual que crean los medios de comunicación, ese mundo así constituido tiende a la confrontación.
No obstante, las cosas no son totalmente finalísticas y globales, ni totalmente fragmentarias y contradictorias, pues hay la posibilidad de la existencia de una relación permanente e influencias recíprocas entre ambos polos de la contradicción.
Las zonas culturales definidas por Huntington, pese a sus caracteres y actitudes particulares, no pueden permanecer herméticas, encerradas en sí mismas. La revolución tecnológica y la intercomunicación del mundo contemporáneo, no lo permiten.
Este proceso no excluye el choque de civilizaciones y la guerra, que en algunos casos estamos viendo en el mundo de hoy, pero no establece que esa sea la regla general, a tal punto que elimine la influencia recíproca en virtud de la capilaridad de las culturas.
El problema a la altura de hoy, trasciende a otros espacios, pues no se trata de una confrontación de civilizaciones, sino de la organización transnacional, de fragmentos de una civilización confrontados internamente a su propia cultura y conjunto de valores y principios que la forman. Es el mundo occidental, pero también el mundo islámico, enfrentados a sectas fanatizadas de gran poder, cuya organización e influencias trascienden a sus propias fronteras geográficas, religiosas y culturales.
El desafío contemporáneo es por ello mucho más grave que el planteado por Huntington en los años noventa del siglo pasado. Por tal razón se vuelve más apremiante para combatir estas sectas fanatizadas, un verdadero encuentro de civilizaciones y culturas que permitan la búsqueda de valores comunes que lleguen a formar un plano de coincidencias mínimas que haga posible la coexistencia de diferentes visiones del mundo.
En resumen, es la búsqueda de los términos comunes entre culturas y civilizaciones diferentes, que deben servir de base a un nuevo contrato social planetario.
El autor es jurista y filósofo nicaragüense.