Operación Ultra

Juan Carlos Ampié le cuenta si debe ir o no a ver una de las películas que está en los cines de NIcaragua esta semana.

Operación Ultra (American Ultra) se inscribe en la larga tradición de comedias “marihuaneras” del cine norteamericano. Desde la producción chicana de Up in Smoke (1978) con Tommy Chong y Cheech Marin; hasta el cine de culto en clave doctoral de The Big Lebowsky (Joel & Etahn Coen, 1998); pasando por productos más comerciales, como Dude Where’s My Car? (Danny Leiner, 2000).

Abonadas por la contracultura, estas películas que conciben al consumidor consuetudinario como una especie de hedonista inocente, atrapado en una serie de enredos que pone en evidencia la brutalidad de la sociedad convencional. Un desvarío narcotizado puede ser el detonante de la trama, pero siempre el protagonista reafirma su posición en la vida. Su final feliz es un “churro” más.

Su actitud frente a la representación del consumo de esta droga en particular puede condicionar su disfrute de las películas. Debe asumir que es un producto benigno, o al menos, no peor que una bebida alcohólica. Ciertamente, a medida que la legalización del consumo de marihuana avanza, irá perdiendo su filo como significante de rebeldía. Y películas como estas se convertirán en curiosidades anticuadas.

En sus momentos iniciales, Operación Ultra retrata vívidamente a una pareja joven y proletaria: Mike (Jesse Eisenberg) trabaja en un minimercado, Phoebe (Kristen Stewart), en una oficina de fianzas. Tratan de tomar unas vacaciones en Hawai para sellar su compromiso romántico, pero los ataques de ansiedad de él lo impiden. Los actores tienen una química envidiable y el director Nima Nouirizadeh observa con la mirada clara los ritmos de la relación y el ambiente en que se desenvuelven.

Pero todo es un ejercicio de distracción, mientras la trama verdadera se activa: Mike es un “elemento durmiente” en un plan de la CIA. Es un superagente con la memoria borrada, que vuelve a asumir su identidad —y habilidades marciales— en medio de una sorda lucha de poder entre burócratas de seguridad. Lasseter (Connie Britton) trata de salvarlo, mientras Yates (Topher Grace) envía a un ejército de psicópatas para acabar con él. A empujones, el manso romance de dos jóvenes sin dirección se convierte en una película de acción, violenta y sangrienta.

Gradualmente se convierte en algo cada vez menos interesante. Yates es un villano sin dimensiones y sus motivaciones son antojadizas. Incluso a la hora de retratar la vileza de un sistema capaz de descartar a seres humanos, se necesita un poco de sustancia. El ejército de agentes exterminadores que desencadena son villanos genéricos, importados de una película de superhéroes. El único al cual se le concede algo de individualidad es Risas (Walton Goggins), un psicópata que ríe como hiena.

En medio del huracán de destrucción que se desata la humanidad de los actores no sirve como un ancla. Stewart se pierde en las maquinaciones de la trama, pero Eisenberg es siempre interesante.

El reparto de apoyo es muy bueno y logran dejar una marca personal en medio del caos y la destrucción: John Leguizamo es un traficante de poca monta; Tony Hale un oficial atrapado en la lucha de poder; y Bill Pullman, un agente de intervención divina que resuelve la trama. El carisma de las estrellas nos permite superar los obstáculos de Operación Ultra, tanto en desarrollo dramático como en logística. A todas luces es una producción independiente con recursos limitados. La banalidad del escenario contrasta con la exageración de la acción. Pero aun así, tiene más valor de entretenimiento —y corazón— que, digamos, la reciente Spectra (Sam Mendes, 2015).