Cuba o la casa vacía

Casi todos los días nos llegan imágenes de los cubanos varados en Centroamérica. A la crisis humanitaria que ha estallado en Costa Rica, donde ya hay casi seis mil distribuidos en albergues o acogidos en las casas de generosas familias ticas, se suma la presencia de más de mil cubanos en el pueblo costero de […]

Casi todos los días nos llegan imágenes de los cubanos varados en Centroamérica. A la crisis humanitaria que ha estallado en Costa Rica, donde ya hay casi seis mil distribuidos en albergues o acogidos en las casas de generosas familias ticas, se suma la presencia de más de mil cubanos en el pueblo costero de Obaldía, en Panamá, donde apenas hay condiciones para atenderlos.

Atrapados en un limbo y a la espera de que los países de la región busquen una solución colegiada con el fin de que puedan continuar rumbo a Estados Unidos, los cubanos que huyeron de la isla coinciden en una cosa: lo dejaron todo atrás con el propósito de no regresar a una tierra que les ha negado un futuro mejor. En vísperas de su visita oficial a Cuba esta semana, el propio presidente costarricense les aseguró, con el ánimo de tranquilizarlos, que ninguno será devuelto a la fuerza.

Antes de emprender la travesía que comienza en Ecuador, los cubanos venden sus escasas pertenencias y sus modestas viviendas para tener el dinero necesario que les cobran los “coyotes” por trasladarlos de una frontera a otra. Una cantidad que también incluye las “mordidas” que exigen funcionarios, policías y agentes de aduanas a cambio de dejarlos pasar sin mayores contratiempos.

Es el precio que pagan los migrantes de este mundo con tal de dejar atrás la pobreza y la falta de libertad (o viceversa).

Precisamente esta semana se estrena La Casa Vacía, un cortometraje del realizador cubano Lilo Vilaplana, que ilustra con hondura lo que significa para los jóvenes de la isla zafarse del totalitarismo y dar el salto hacia delante, con un ancho y proceloso mar de por medio.

En poco menos de media hora, con ingenio Vilaplana recrea la atmósfera asfixiante de una vivienda en La Habana, cuyas descascaradas paredes representan una geografía permanentemente sitiada. Hay una pareja que debate en el encierro de la estancia su miserable existencia. Ambos sienten que se ahogan si no abandonan pronto una isla que se ha transformado en un barco que zozobra sin avanzar a ninguna parte.

En su afán por salir del país, el pueblo vacía sus viviendas para disponerse a vagar ligeros de equipaje. Oculta en el patio, los enamorados de esta historia atesoran una precaria balsa que los podría salvar de morir de asco pero, también, los puede condenar a perecer en el mar. Una vez más, los cubanos se enfrentan a alternativas pavorosas, empujados por una cruel dinastía familiar a la que nada le importa los habitantes de la casa destartalada, que hoy es la nación cubana.

Esos miles de hombres y mujeres que hoy se encuentran atrapados en las fronteras de Centroamérica ya no tienen hogares a los qué regresar, pero llevan a cuestas el peso del recuerdo de Cuba.

Algo así le sucede a Vilaplana, reconocido realizador que bien podría olvidarse de las desdichas que vivió en su Cuba natal y entregarse a sus éxitos en la diáspora. Sin embargo en su escaso tiempo libre escribe, dirige y se manifiesta en las redes sociales con el drama de su país en mente. Con La Casa Vacía se vale de la ficción para dejar al descubierto la putrefacción de un sistema, que es el comején que le tritura el alma a los cubanos.

Hace mucho que Cuba es un cascarón derruido. Una morada maldita que arroja a sus hijos al mar. Una casa triste y vacía con aviso de demolición.

La autora es periodista. ©FIRMAS PRESS
Twitter: @ginamontaner