Darío y el litigio de La Mosquitia

El 23 de diciembre de 1906, el Rey de España Alfonso XIII emitió como árbitro escogido por las partes, un Laudo mediante el cual Nicaragua perdía ante Honduras el llamado Territorio en Litigio de la Costa Mosquitia.

El 23 de diciembre de 1906, el Rey de España Alfonso XIII emitió como árbitro escogido por las partes, un Laudo mediante el cual Nicaragua perdía ante Honduras el llamado Territorio en Litigio de la Costa Mosquitia.

Rubén Darío formaba parte de la Comisión de Límites que Nicaragua acreditó para la resolución de la cuestión. ¿Tuvo Rubén alguna responsabilidad en la pérdida de este caso? Un diferendo que finalmente terminó en 1961 con la merma de cerca de 15,000 kilómetros de territorio y en la que los resultados del citado Laudo fueron decisivos para la resolución emitida por la Corte de La Haya.

Aunque Nicaragua logró en 1896 la recuperación de La Mosquitia, el territorio al noroeste del río Coco era reclamado por Honduras, constituyéndose lo que en los mapas nicaragüenses se llamaba Territorio en Litigio.

Diversas comisiones de límites se formaron entre Nicaragua y Honduras en el siglo XIX, lográndose acuerdo hasta el sitio de Teotecacinte; para resolver las diferencias, se pide el arbitraje del rey de España. Algunos críticos señalan que fue un error nombrar a Darío en esta comisión ya que no tenía ninguna experiencia jurídica, pero parece ser que el Gobierno nicaragüense, presidido por Zelaya, tuvo muy claro que la finalidad de nombrarlo era aprovechar su fama e influencia, como puede leerse en carta que a Darío, para la fecha cónsul en París, le dirige en 1905, el ministro de Relaciones Exteriores de Nicaragua, Adolfo Altamirano, informándole de su nombramiento: “Es preciso obtener la ayuda eficaz de los personajes influyentes en la Corte de España y a este fin la colaboración de usted nos interesa mucho, por sus valiosas vinculaciones con los hombres prominentes de España”.

¿Qué pasó entonces con Rubén? La Comisión estuvo integrada por Crisanto Medina, jefe de la misión y embajador de Nicaragua en París; José María Vargas Vila, cónsul general de Nicaragua en Madrid, y Darío, quien era cónsul en París. Rubén en su autobiografía señala además que Nicaragua tenía como abogado a Antonio Maura, famoso político y jurista español de la época.

Pero intervienen los celos y resentimientos personales. Vargas Vila en su obra Rubén Darío, indica que Medina tenía un “odio ciego irracional hacia Darío”, atribuyéndolo a que sentía celos por el talento de Darío, al igual que menospreciaba a todos los intelectuales. Rubén, más comedido, nos dice en la citada autobiografía: “El ministro Medina, nunca nos presentó oficialmente, ni contaba, ni quería contar con nosotros para nada”.

A más de este menosprecio de Medina al talento, el mismo Darío nos da a conocer un hecho personal que pesaba en esta relación; en carta dirigida a su amigo colombiano, el general Jorge Holguín, el 17 de febrero de 1907, Darío expresó: “El señor Medina no disimula que mi presencia no le es grata, y que no soy de su simpatía. Sus razones tendrá. No ha de ser una de ellas que mi abuelo haya muerto, y no en duelo, a manos de su señor padre”.

La cosa llegó a tal punto que al presentar credenciales ante el Rey, Medina no esperó a que Rubén llegara de París. Durante su estancia en Madrid, Rubén recibe muchos homenajes de los círculos intelectuales y escribe dos de sus grandes poemas: Salutación del Optimista y Letanías del Señor Don Quijote. Finalmente, viendo que su misión diplomática es bloqueada por Medina, Darío entristecido retorna a París.

Vargas Vila testimonia el lamentable final de la Comisión: “El señor Medina, disgustado por asuntos económicos con el Gobierno de Nicaragua, resolvió retirarse de la misión en España”, encargándosela a Vargas Vila, quien continúa diciendo: “Como ese muerto, no era mío, no quise cargarlo sobre mis hombros, y fui a París para entregárselo al señor Medina, haciéndole ver que él debía ser el sepulturero de sus propios errores”.

En 1908, Darío es nombrado ministro residente ante el Gobierno del Rey de España y se le encarga explorar una posible rectificación del Laudo; en carta dirigida al presidente Zelaya le expresa: “La palabra de su soberano la consideran, sino infalible como la del papa, por lo menos irrevocable”.

Parece que Rubén, tampoco “cargó el muerto del Laudo”.

El autor es sociólogo

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