Panorama de Fin de Año

Los recientes cambios políticos en Guatemala, Argentina y Venezuela, sumados a la crisis brasileña que podría conllevar la salida de la presidenta Rousseff

Nicaragua, Nica Axc, Daniel Ortega

Los recientes cambios políticos en Guatemala, Argentina y Venezuela, sumados a la crisis brasileña que podría conllevar la salida de la presidenta Rousseff, han llevado a muchos analistas a pensar en el advenimiento de una primavera latinoamericana, caracterizada por el fin de los gobiernos populistas y la recuperación de las democracias, abatidas durante más de una década por el clientelismo, la demagogia, la corrupción, la inseguridad, el acoso a los medios de información independientes y el caos económico.

Sin embargo, así como el neopopulismo no fue un fenómeno calcado sino versiones distintas de una política basada en los altos precios de las materias primas y los petrodólares venezolanos, es de esperar que la transición hacia esquemas políticos y modelos de desarrollo económico y social diferentes se exprese igualmente de manera heterogénea.

Hasta hoy los cambios están dándose pacíficamente, pero en aquellos países con instituciones muy débiles podríamos asistir a inmovilismos y resistencias, capaces de conducir a explosiones de violencia.

Tras los cambios mencionados está el fin de la bonanza económica y el surgimiento de una sociedad civil vigorosa. A la organización de poderosos movimientos de oposición política se ha sumado la existencia de sistemas electorales que garantizaron el respeto al voto ciudadano y unas fuerzas armadas que optaron por mantener el decoro, obedeciendo sus mandatos constitucionales.

Nada de esto existe en Nicaragua. Daniel Ortega ha jugado al populismo con el dinero regalado por Chávez y Maduro, lo que le ha permitido abstenerse de recurrir a las estatizaciones, mantener los balances macroeconómicos exigidos por el Fondo Monetario y profundizar su alianza con los sectores económicos oligárquicos. El sistema electoral no se ha reformado un ápice y permanece bajo su absoluto control. El Ejército y la Policía, por último, han sido cooptados e integrados al corrupto sistema neocorporativo que ha venido operando.

No podemos desdeñar, sin embargo, las señales de agotamiento del esquema de acumulación impuesto por Ortega. Aumenta el descontento por la carestía de la vida, el desempleo y la falta de un horizonte de futuro, que, sumados al agotamiento de los recursos de la cooperación venezolana, se traduce en conflictos sociales fuera de control, como hemos visto a lo largo del año que termina.

Ortega no ha logrado la adhesión del campesinado, donde la lucha de la resistencia durante los ochenta dejó una huella profunda y donde la oposición democrática ha encontrado su principal apoyo en votos. Un elemento externo y un interés directo e inmediato se ha sumado a esta histórica desafección del país rural: el proyectado Canal Interoceánico, que amenaza con despojar a miles de campesinos de sus tierras.

Ortega tampoco ha logrado consolidar un partido fuerte desde el punto de vista institucional, que garantice la sucesión de liderazgos y la participación en las decisiones políticas importantes, dado el carácter vertical y caudillesco de su conducción y la extinción de sus bases ideológicas, hoy sustituidas por la retórica y el sincretismo mágico. Las contradicciones entre la vieja guardia, que vivió la guerra y apoya a Ortega, y las masas de jóvenes atraídos por el discurso esotérico, el jolgorio y la fiesta que les provee la primera dama, han sido una constante.

Por último, las reformas constitucionales fortalecieron la concentración de poder, perofracasaron en imponer otra fuente de legitimidad que no fuese la derivada de las elecciones democráticas, cuya limpieza exige la gran mayoría de nicaragüenses.

Ciertamente, Ortega cuenta a su favor con la indiferencia internacional y la debilidad de los partidos de oposición, pero la dinámica social
terminará sobrepasando a ambas.

Con una política de personas y de cosas, basada no en ideas y propuestas para convencer sino en halagos y amenazas para someter, sin recursos externos, la alternativa que le queda es el palo, la represión cuyo marco ha terminado de diseñar con la Ley de Seguridad Soberana.

Es posible que Ortega con sus golpes y artimañas logre el poder por cuarta vez: lo difícil será mantenerse.

El autor es jurista y catedrático universitario.

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