Un amor provisional

Hace unos meses leí en este mismo periódico una entrevista hecha a unos jóvenes —varones y mujeres— que andaban haciendo una campaña en todo el país a favor de la relación de pareja. Pero lo que me llamó la atención del mensaje “novedozo” que llevaban fue que sostenían que el mayor envenenamiento de la felicidad […]

+

Hace unos meses leí en este mismo periódico una entrevista hecha a unos jóvenes —varones y mujeres— que andaban haciendo una campaña en todo el país a favor de la relación de pareja. Pero lo que me llamó la atención del mensaje “novedozo” que llevaban fue que sostenían que el mayor envenenamiento de la
felicidad matrimonial era el terror ante la creencia (ya superada según ellos) de que la unión debía ser “hasta que la muerte nos separe”.

Entonces no le di muchaimportancia a la campaña de esos muchachos porque creí que la mayoría consideraría —como yo— ridícula esa manera de pensar. Sin embargo, por lo que oigo ahora de muchos jóvenes ya no estoy tan seguro de que la inmensa mayoría piensa como yo.

Muchos jóvenes dicen ahora que ya no hay amores permanentes. Se teme a los compromisos definitivos. Los que se casan —algunos o muchos, no sé— lo hacen con condiciones: «Si las cosas van bien…» A esos yo les aseguro que sí se puede conservar (inclusive mejorar) la felicidad conyugal toda la vida. Yo acabo de celebrar orgullosamente mi 50 aniversario de bodas y sigo admirado y agradecido de Dios por la mujer que me dio y todos los días le agradezco sus gracias capacitándome para amarla como ella se merece. Y esto no es solo un caso. Muchos de mis familiares, amigos míos, y hermanos de mi comunidad podrían testimoniar lo mismo.

La vida de los hombres es difícil, lo sé. Son muchos los humanos que fracasan en sus proyectos, en sus amores, en sus esperanzas y entonces a veces es inevitable el cambiar de camino. Lo grave es cuando se empieza a caminar dudando del camino que se emprende; cuando se inicia la marcha reservándose el «por si acaso».

Un hombre que fracasa solo es un hombre que fracasa. El que empieza su vida considerando la infidelidad como principio no fracasa jamás, porque no tiene ni alma con la que fracasar. Los que aman con un «ya veremos» se morirán sin saber lo que es el amor. Porque un amor puede ser débil o cobarde o mediocre, pero lo que no puede ser es provisional. Un «amor provisional» es algo tan contradictorio como un círculo cuadrado. Porque si es amor, no es provisional. Y si es provisional, no es amor.

Pasando a otro tema, pero que creo tiene mucha relación con todo esto del amor eterno. Y es que mientras escribía esta reflexión se me vino a la mente un reportaje o algo que leí quien sabe adonde. Se trataba de un perro que lleva diez años durmiendo y viviendo sobre la tumba de su amo. El animal —si es que así puede llamársele—, días después de la muerte de su amo, añorando su presencia, se encaminó él solo al cementerio, encontró —quién sabe cómo— su tumba y sobre ella se sentó a esperar la muerte. Durante muchos días no se movió de su lápida, sin alejarse siquiera para buscar comida.

Solo más tarde, el viejo sepulturero se apiadó de él y sustituyó —en parte— el cariño del muerto y comenzó a llevarle comida. Pero el perro nunca renunció a su fidelidad. Y allí sigue, recordando a un muerto cuyos parientes posiblemente ya lo olvidaron.

Esta historia —historia, no fantasía— impacta principalmente en un mundo en el que la fidelidad ya no vale. Ese animalito, a lo mejor un perrito callejero, tiene para mí más raza y más clase que muchos humanos que he conocido.

EL AUTOR ES COORDINADOR DE LA CIUDAD DE DIOS.
reflexivo33@hotmail.com