Recuerdos sobre el poeta Edwin Yllescas con motivo de su muerte

Era solo, vivía solo, murió solo. Sumamente inteligente, no le gustaba brillar, Perteneció a la generación traicionada, donde hizo poesía de la buena, pero no solo era un buen poeta era un buen escritor, un buen abogado, un buen egresado del Incae y un hábil editorialista, que en la época del Dr. Pedro J Chamorro, muchísimas veces hizo los editoriales con diferentes temas y distintos lenguajes.

El escritor Edwin Yllescas Salinas en febrero del 2015, durante el XI Festival Internacional de Poesía de Granada.LA PRENSA/ MARTA LEONOR GONZÁLEZ

Era solo, vivía solo, murió solo. Sumamente inteligente, no le gustaba brillar, Perteneció a la generación traicionada, donde hizo poesía de la buena, pero no solo era un buen poeta era un buen escritor, un buen abogado, un buen egresado del Incae y un hábil editorialista, que en la época del Dr. Pedro J Chamorro, muchísimas veces hizo los editoriales con diferentes temas y distintos lenguajes.

Como ser humano tenía los defectos que solemos tener los de la estirpe. Con sus tragos era dóberman, desconocía, atacaba, peleaba hasta con los puños, era el otro Edwin, capaz de incendiar una casa o partirse la vida por una doncella y hasta hacer sufrir a la propia doncella.

Como amigo, era punto y aparte, fue mi amigo, me apreció, me respetó, me quiso, me lo demostró muchas veces, yo por igual lo aprecio, lo quiero y lo respeto, porque muchos decimos de alguien sus sentimientos en tiempo pasado, yo no, por que mi afecto prevalece y los recuerdos también.

Edwin solo, en su finquita de la Vieja Carretera a León, escribiendo, oyendo música, sembrando plantas y cultivándolas, llavándoselas de obsequio a sus amigos como un tributo a la sinceridad, jugaba a las plantas como jugaba a las palabras, con una sonrisa —casi mueca— llegaba diciendo aquí te traigo, desde hace días o meses —daba igual— te las tengo y las sembré para vos.

En un momento difícil de mi vida, me brindó su casa, sus atenciones y hasta su cama y sin darme oportunidad, tomó sus cosas y las llevó a otra parte, fue un tiempo breve, para mí intenso, pero el fue así, el Edwin simple y sencillo sin tapujos, sin pensarlo, dándose por entero como amigo completo.

Sé que muchos amigos y medios de difusión lo acompañaron y exaltaron, yo no pude porque una ciática muy dolorosa, me impidió caminar para llegar a decirle hasta luego, con los amigos verdaderos no hay adiós. Nos vemos mas tarde sería lo apropiado.

Leí de nuevo su crónica en un diario capitalino, sobre mis canciones, sin que yo alguna vez se lo pidiera, era su sentir, su expresión fresca y natural- ritmo de naturaleza indefinible, indiscernible, indefinible, inclasificable, indeterminado, fue el ritmo de la vivacidad, lo vivo y lo permanente en el oído y el alma de quien lo escuchó, o simplemente la escuchó en el radio del taxi, mientras discutía el precio de la carrera hasta la puerta de su casa, en Bolonia.

Idéntico destino vivían quienes por ejemplo, estresados por que si o porque no, por que les dolía el cerebro o el hígado, daban la vuelta en La Espuela, en el 113, en el Hawaian Ticket, en el 747 o en La Guaca de Juanchito Culón, y no había, ni hubo forma de escapar. La Gordita de Oro, el Pibe Hines, Tránsito Gutiérrez, los tocadiscos del Evertz, todos tocaban ese ritmo. Era el primer single de Róger Fischer, grabado, quizás, en diciembre de 1971.
Gracias Edwin, feliz viaje y hasta pronto.