¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!

Cuando el Señor Jesucristo se encontró con la mujer samaritana en el pozo de la ciudad de Sicar, justo al mediodía, Él tenía un objetivo específico con ella, anunciarle la Buena Nueva de Salvación e invitarla a disfrutar de ella.

Cuando el Señor Jesucristo se encontró con la mujer samaritana en el pozo de la ciudad de Sicar, justo al mediodía, Él tenía un objetivo específico con ella, anunciarle la Buena Nueva de Salvación e invitarla a disfrutar de ella. “El agua que yo le daré se convertirá en él en un chorro que salta hasta la vida eterna”, dijo Jesús a aquella mujer. El Hijo Único de Dios vino a revelar y cumplir con el propósito del Padre para la humanidad.

Jesús implantó el Reino de Dios en la tierra, reservado para aquellos que lo reconozcan como su Salvador. En su paso por la tierra trajo sanación, liberación y salvación. Este propósito se hace vivo en la vida de la persona, cuando conoce de Él y le entrega su vida.

Como la samaritana habemos muchos en el mundo, que en su momento tuvimos una vida complicada, alejada de la voluntad y de los planes de Dios, tiempos donde seguramente cometimos grandes errores y no tuvimos la voluntad de reconocerlos, pero al encontrarnos con ese mismo hombre maravilloso con el que se encontró también aquella mujer de Samaria, nuestra vida dio un giro, apartándose de aquellos tiempo de oscuridad y maldad, para disfrutar del reinado de Jesús.

Cuando una humanidad perdida, enferma y oprimida por la oscuridad del pecado se encuentra con ese hombre que irradia misericordia, amor y perdón, no le queda más que reaccionar con el mismo amor y entusiasmo con el que reaccionó la mujer samaritana, pues al descubrir a Jesús como su Señor, anunció a todo el pueblo que el Mesías había llegado. “Muchos samaritanos, de aquel pueblo, creyeron en él por las palabras de la mujer”. Juan 4: 39.

El caso de la samaritana nos ilustra el papel que nos corresponde como cristianos, necesitamos dar a conocer a aquel hombre divino que vino a entregarnos la salvación. Ha llegado el momento en nuestras vidas en el cual no podemos seguir callando, si la salvación a llegado a nuestra vida y a nuestra casa, debemos anunciar, como la samaritana, que Jesús vive y quiere acogerlos con su amor.

Los laicos no podemos seguir reservándonos el mensaje de Jesús, es momento que asumamos el compromiso y colaboremos, junto a los líderes de la iglesia, en anunciar que el reino de Dios se puede vivir en esta tierra cuando hacemos con amor la voluntad del Padre. Eso es evangelizar, es llevar la salvación y el reinado de Jesús, donde no se le conoce.

Evangelizar es comunicarle al mundo con amor, fe y esperanza que deben dejar su vida pasada, renunciar a todos los errores que los han alejado de Dios. Evangelizar es hablar con la verdad y decir que Dios es amor y siempre está dispuesto a perdonarnos, sin importar cuál ha sido nuestro error.

Evangelizar es presentar a Jesucristo como la única solución a nuestros problemas, como la luz que nos permite ver con claridad el camino que debemos seguir. Evangelizar es proclamar la fe en Jesús, para provocar fe en los que no le conocen.

Los laicos debemos avivar en nuestro interior el deseo de hablar de Jesús con pasión y constancia, no podemos seguir sentados en la banca de la iglesia, en cambio, nuestro trabajo debe ser colaborar y apoyar a la iglesia en la obra de la evangelización. Mi oración por nuestro pueblo es que en la medida que más nos acerquemos al camino de Jesucristo, también podamos decir como Pablo: ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!

El autor es Presidente de la Asociación Cristiana Jesús está Vivo.