Graduado a los 65

Toda su vida trabajó en un juzgado, pero su verdadero sueño era ser abogado.

Graduado

Es el 10 de diciembre de 2015. Sus patillas canosas sobresalen de la orilla del birrete. Don Alfredo Zapata está tranquilo hasta el último pelo. Es el primero en la lista, sabe que todos harán lo que él haga. La borla de su birrete debía ser blanca, pero él no tenía uno y usó el de su yerno, que era anaranjado.

Mencionan su nombre a través del micrófono. Camina. Es imposible quitar la sonrisa de su rostro. Su esposa, sus cuatro hijos y sus nietos están ahí. Doña Santiaga, su esposa, sabe que en el fondo sí está nervioso, pero es solo porque lo conoce muy bien. Recibe una felicitación del rector de la universidad y luego, por fin, su título, que entre el protocolario palabrerío, firmas y sellos reza: “La Universidad Hispanoamericana le extiende el título de: Licenciado en Derecho”. Lo lee y se da cuenta de que había cumplido su sueño de graduarse de la universidad. Y lo hizo a los 65 años.

Hoy, ponerse la toga, la estola, el birrete, tener entre sus manos su título, otra vez le recuerda a ese día. Y todo por lo que pasó antes de lograrlo.

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La vida en un juzgado

El puesto de secretario de actuación del juzgado era de su abuelo paterno. Y cuando decidió retirarse le ofreció el trabajo a don Alfredo. Su jefe accedió y don Alfredo entró a trabajar, pero no directamente como funcionario. Empezó como “alguacil”, que en otras palabras es quien hacía los mandados y la limpieza, el puesto más bajo en aquel entonces. “Al pasar el tiempo fui escalando y escalando por mi interés en aprender hasta que llegué a ser secretario de actuaciones”, cuenta, mientras el aire fresco entra por la ventana de su casa en Jinotepe, Carazo, de donde es originario.

En 1975 entró a trabajar. Tendría poco más de 23 años y apenas un año antes había salido de la secundaria, por lo que no tuvo tiempo de estudiar nada, más que un curso de Mecanografía. “Comencé a estudiar tarde. Cuando salí de primaria no seguí. Me estanqué. Por eso entré tarde al bachillerato”, asegura Zapata.

Mientras trabajaba en los juzgados le agarró la guerra. “Fue duro. La vida se hizo como un comando militar. Salimos huyendo”, se lamenta. Se fueron a un refugio de monjas y recuerda que en una ocasión mientras estaba ahí empezaron a disparar desde aviones y las balas entraron por el techo. Huyó hacia una zona rural y ahí pasó la guerra hasta que terminó. Al concluir, el nuevo encargado de los juzgados lo localizó para que empezaran a reconstruirlo, porque había quedado destruido. Y estuvo por más de treinta años laborando ahí, hasta que decidió retirarse, en 2009.

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Universitario a los 60

Un año después de retirarse decidió entrar a la universidad, aunque al principio no quería. Por su experiencia había visto cómo trabajaban los abogados. “Varios jefes y jueces me motivaban para que estudiara, pero yo no quería estudiar esa carrera, porque fui conociendo cómo se manejan ciertos abogados. Hay unos que no van por el camino recto y otros que sí”, se lamenta don Alfredo.

A pesar de eso, sus cuatro hijos y sobre todo su esposa le insistieron para que estudiara una carrera. Don Alfredo conoció a doña Santiaga porque ambos vivían en el mismo sector de Jinotepe. Después de verse por primera vez fue difícil olvidarse. Siempre trataban de coincidir en los mismos lugares, aunque nunca hablaran. Fue hasta un día que se encontraron en la playa que platicaron por primera vez. “Yo ya sabía que ella iba a estar en el mar y por eso me fui a buscarla”, confiesa don Alfredo.

Con el apoyo de su esposa y al verse jubilado, decidió empezar a estudiar Licenciatura en Derecho en la Universidad Hispanoamericana. Y se dedicó plenamente a eso, al punto de que su esposa le reclamaba, porque “pasaba metido en la computadora”. “Mis hijos me ayudan con el pago del internet para que pudiera investigar”, dice don Alfredo.

El primer día de clase estaba entusiasmado. Se despertó a las 5:00 en punto de la mañana para ir a la universidad. Aunque al principio estudiaba con otras personas mayores, porque asegura que es normal en las carreras sabatinas, en algunas clases se incorporaban jóvenes. “A mí los muchachos me consultaban mucho.

Ya sabían que yo tenía mucha experiencia, en algunas ocasiones los profesores me llamaban para que impartiera algo a los alumnos”, cuenta. En un pequeño rincón de la sala de su casa tiene su computadora y su librero. Ese era el punto de reunión de su grupo cuando se veían para estudiar. “Todos venían y ahí se ponían en esa máquina que volaba humo cuando hacían sus trabajos”, cuenta doña Santiaga, su esposa.

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“Nunca pensé en la muerte”

2013. El dolor y el ardor en el pecho eran insoportables. Creyó que se trataba de reflujo. Se acostaba en una cama, en otra y en otra y el dolor no se iba. Su esposa notó su malestar y lo llevó al hospital durante la noche. “Este es un reflujo”, le dijo el médico. Se quedó en el hospital, pero a las 6:00 de la mañana decidió irse. Doña Santiaga, su esposa, lo llevó donde un internista. El médico le hizo un electrocardiograma y un examen de sangre. “¿Y qué anda haciendo usted caminando? ¡Usted está infartado! ¿Se vino a pie desde su casa? No puede ser”, le dijo Jorge Rodríguez, el médico que lo atendió y a quien asegura le debe la vida.

Lo trasladaron al Hospital Regional Santiago y a las 12:00 de la noche salió la ambulancia al Hospital Lenín Fonseca, en Managua. “Yo en ningún momento sentí que me iba a morir. Nunca tuve esa idea”, confiesa don Alfredo. Estuvo 15 días hospitalizado y el 31 de julio le dieron de alta. Y le mandaron a reposar durante tres meses y un tratamiento de por vida. “Cuando uno está en esa situación no piensa en nada. Quería recuperarme y salir de ahí”, dice Zapata.

Dejó de asistir a la universidad durante todo ese tiempo. Cuando regresó el médico le prohibió hacer esfuerzo físico. Las secciones donde estudiaba quedaban en el segundo piso y subir las escaleras iba a ser un problema, pero trasladaron sus secciones al primer piso para que no tuviera mayores complicaciones.

Hoy, dos años después del infarto, y a unos pocos meses de haberse graduado, don Alfredo se siente sano y feliz a pesar de las dificultades que tuvo. “Aquí estoy, me siento bien de salud. Aunque ya me gradué bastante mayor espero ejercer esto durante unos añitos. Por lo menos recuperar lo que invertí en la universidad”.

“Yo lo miro feliz, satisfecho. Nosotros estamos orgullosos de que él haya podido llenar ese espacio en su vida. Necesitábamos ver ese título. Y lo logró. Si hay algo que lo caracteriza es que es bien disciplinado y cuando se puso a estudiar, se puso a estudiar”, afirma su esposa.