Candelas culturales

A las 4:00 de la mañana, inició el festejo en la comarca de Pochotillo, que en la madrugada del 25 de enero de 2016 lanzó al aire sus relámpagos, truenos y retumbos, en un telúrico despliegue pirotécnico.

El moreno rostro de la Virgen María de Candelaria parece contemplar con dulzura y complicidad, a las jóvenes bailantes de bellos, atezados y juveniles semblantes, tallados ancestralmente en los detalles de sus fisonomías, vivo testimonio, más duradero aun que el de las rocas volcánicas en que esculpieron a sus dioses lo originarios ocupantes de esta tierra de la Manquesa, el pueblo de las piedras, en las altura del bosque, la rama chorotega de los Dirianes. Son las comarcas de Diriomo celebrando a su patrona, la Virgen de Candelaria. Ella es morena, cercana a nosotros, a nuestras raíces aborígenes.

A las 4:00 de la mañana, inició el festejo en la comarca de Pochotillo, que en la madrugada del 25 de enero de 2016 lanzó al aire sus relámpagos, truenos y retumbos, en un telúrico despliegue pirotécnico. Marchan hacia la iglesia parroquial, con entusiasmo y contento que no logra enfriar la friolenta madrugada de la meseta, al contrario, impregnan el ambiente de agradable y cálida tibieza, como el rítmico sonar de sus marimbas y el cadencioso y suave baile que ofrendan a la Señora de Candelaria, danzas para una madre. Después de una concurrida misa, a naves llenas del templo, inician con la imagen de Candelaria, una ordenada procesión de tres kilómetros hacia la comarca de Pochotillo, adonde será recibida por la imagen del labriego San Isidro, a cuya advocación se encuentra la ermita rural. Avanzan danzantes, músicos, peregrinos, envueltos por el viento y el polvo veraniego que los acompañan, nada detiene a la procesión. A fin de cuentas, el viento es su aliado, con el silencio de la mañanita en el campo, hace llegar a lo lejos, la música, el canto y el tronar de los morteros.

Al llegar a la ermita, después del rezo, los peregrinos disfrutarán de comida ofrecida por la comunidad, preparada con productos localmente producidos, colectivamente elaborados. Durante todo el día, peregrinarán por varios hogares. Cada visita será motivo de oraciones y cánticos religiosos, bailes de los grupos danzantes integrados por jóvenes de la comunidad, y no faltarán los brindis de alimentos. Es también toda una fiesta gastronómica nicaragüense. Las familias se han preparado durante todo un año para compartir los alimentos; difícilmente algún comunitario dirá que paso hambre en este día.

Son estos eventos religiosos culturales, valiosos repositorios de la cultura tradicional nicaragüense. Y financiados por las comunidades.

En su contexto se presenta una rica animación de nuestra música, danzas, vestuarios, cocina. De fortalecimiento de los lazos comunales. Son un medio para que se expresen los artistas locales, para que se mantenga, difunda y desarrolle nuestra cultura tradicional. Al menos en la zona de la Meseta de los pueblos existe una significativa participación de jóvenes y niños, hay signos de transmisión y relevo generacional.

Pero también hay señales preocupantes. Una de ellas la globalización, que con la cobertura tecnológica está llegando hasta los lugares más alejados. Esto es excelente, el internet y los celulares, abren infinitas posibilidades de comunicación y acceso a conocimientos. El riesgo es la pérdida de lo local ante lo global, quedarnos sin raíces que sustenten nuestra individualidad.

Entendemos que el Gobierno impulsa una campaña de afirmación cultural en las escuelas y municipalidades, ello es bueno. Vemos también algunas campañas de la empresa privada. De las pastorales religiosas. El reto es grande para todos los sectores. Darle valor a lo cultural. Ser cosmopolitas y también nicaragüenses. En Darío tuvimos un ejemplo.       ¿Cuánto tiempo pervivirán estas genuinas manifestaciones culturales de la tradición nicaragüense? Hoy aún están vivas, la tarea es evitar que se conviertan en piezas de museo.

El autor es sociólogo.