Naufragio en el paraíso: la tragedia de Corn Island

Revista Domingo viajó al lugar donde sucedió el naufragio que enlutó a Nicaragua y Costa Rica. Esta es una historia de tragedia y heroísmo contada por sus protagonistas.

Corn Island. LA PRENSA/Jorge Torres.

Fueron momentos de vértigo. A la tercera ola la lancha se dio vuelta. Algunos de los pasajeros salieron lanzados al mar y otros quedaron justo debajo de la embarcación volteada. Todos llevaban chalecos salvavidas, pero en lugar de ayudar a los que quedaron bajo la panga, los atrapó. El chaleco los empujaba hacia arriba y les impedía hundirse para salir de esa especie de prisión de agua y madera. Entre los que cayeron al mar, unos comenzaron a subirse sobre la lancha y eso achicaba aún más el espacio respirable de los de abajo. Gritos, rasguños, empujones. Hasta que solo hubo silencio. Casi todos murieron en el intento.

Shura Welcome Crawford no quiere repasar aquellos minutos espeluznantes. Ella es una de las pocas sobrevivientes de los atrapados bajo la lancha en el naufragio de Corn Island. Y es la única que aún sigue en la isla. Al comienzo no quería recordar, pero sentada en la sala de su casa, a escasos metros del mar y al ritmo de su voz sin prisa, las palabras fluyeron una a una.

LEA: 13 muertos deja naufragio en mar Caribe de Nicaragua

En su interior sabía que la lancha iba a volcarse. El mar estaba demasiado bravo y golpeaba cada vez más fuerte el costado derecho de la embarcación. Cada impacto amontonaba dolorosamente a los 33 pasajeros contra el lado izquierdo. Ella no osó mirar las olas, no dejó de orar en ningún momento y jamás pensó en su muerte. Más tarde su silencio y sus lágrimas se sumarían al dolor que cubrió el muelle principal de Corn Island la noche de aquel sábado 23 de enero, cuando mil rostros despidieron a los 13 turistas costarricenses que murieron en el naufragio.

LA PRENSA/Infografía de Luis González S.
LA PRENSA/Infografía de Luis González.
DESDE EL MUELLE EL TIEMPO ERA BUENO

Sobre el porchecito de la casa de Shura las aguas están tranquilas. Las olas saludan sin fuerza al norte de Big Corn Island, como la llaman los lugareños para diferenciarla de la islita, y la arena blanca regala un tono celeste-cristal al mar Caribe. Desde la coqueta calle decorada por palmeras que bordea la costa, a simple vista, se aprecia bien la isla pequeña. La lancha rápida de pasajeros, La Reina del Caribe, se hundió sobre esas mismas aguas hace dos semanas. Pero entonces todos los tonos eran grises.

Shura, de 32 años, es la única juez del municipio de Corn Island. El viernes había viajado de mañanita a la islita para dar charlas a la población y hablar en la radio. Entre isleños se mencionaba algo sobre un viento que venía del norte, pero el muelle desde el cual parten los barcos en Little Corn Island está al oeste y por lo general permanece calmo.

A las 9:00 de la mañana del sábado 23, La Reina del Caribe salió del Hotel Arena’s Beach, en Big Corn Island, con destino a la isla pequeña. Su dueño y capitán, Hilario Blandón, y su ayudante, Elton Pratt, llevaban a un risueño grupo de turistas para que conocieran las prístinas costas de la pequeña Isla del Maíz, traducido su nombre al español, donde los caminos solo son transitados por gente que anda a pie o en bicicleta.

Muchos de los turistas debían tomar el avión hacia Managua al día siguiente y después del mediodía el capitán ya alistaba la panga. Cuando Shura llegó al muelle constató que la lancha iba a salir y pidió “ride”, porque se trataba de un viaje “chárter” o viaje privado, y no del transporte público.

Don Hilario, afirma Shura, nunca le niega un favor a alguien. Es de las personas que siempre tratan de ayudar y la acomodó en medio del bote. Era por ahí de la 1:05 o 1:15 p.m. El tiempo era malo pero no podía estar tan mal, pensó ella, pues la panga salía. Pero no era más que una ilusión creada por la ubicación del muelle de la islita.

Solo diez minutos después del zarpe, nubes de un gris pálido se reflejaban en el agua como turbulentas placas de plomo y fuertes vientos de norte a sur acarreaban a ratos brisa y a ratos lluvia. Una bravura insondable desde el muelle pero muy real mar adentro.

LAS ISLAS DEL MAÍZ

Descubiertas en el cuarto y último viaje de Cristóbal Colón en 1504 y parte del protectorado británico desde mediados del siglo XVII hasta finales del XIX, las Islas del Maíz, traduciendo su nombre del inglés al español, son un lugar visualmente espléndido con gente humilde y sencilla.

La población de la isla más grande ronda los ocho mil habitantes y la de la más pequeña no supera los mil. Muchos isleños son de origen garífuno, una etnia caribeña de origen africano, pero también hay un buen grupo de personas de origen miskito, además de muchos otros que provienen del resto de Nicaragua pero que se enamoraron de la zona y se quedaron a vivir.

Aunque el español es el idioma oficial, una vasta mayoría habla creole o inglés criollo y algunos solo hablan este último.

La religión predominante es la Iglesia bautista, seguida de cerca por la morava. También hay presencia de la Iglesia evangélica y en menor grado la católica.

Shura Welcome, sobreviviente del naufragio. LA PRENSA/Jorge Torres.
Shura Welcome, sobreviviente del naufragio. LA PRENSA/Jorge Torres.
DE LA RISA AL LLANTO EN TRES OLAS

En total iban 33. Don Hilario, su ayudante Elton, Shura, una brasileña, 2 británicos recién casados, 2 estadounidenses y 25 costarricenses.

Al saltar las primeras olas, un grupo de jóvenes ticos iba alegre, bromeando. Uno de ellos tomaba fotos y videos con su cámara sujeta a un selfie stick. “Cuando salió la panga ellos iban disfrutando del viaje, pero ya cuando vimos que realmente el tiempo estaba feo todos íbamos calladitos”, recuerda Shura.

La panga no iba rápido porque las circunstancias no lo permitían. El mar estaba bravísimo y el capitán vociferó: “¡Pónganse sus salvavidas!” Todos obedecieron. Shura llevaba la cabeza tercamente inclinada, los ojos clavados en el piso del bote y la decisión de no mirar hacia los costados muy firme.

“No podía ver el mar. Las olas eran tan grandes… Diosito sabe que desde el momento en que yo me monté a esa panga yo venía orando”.

En cada fila de asientos iban cinco personas. Shura iba en el centro de su fila, con dos turistas a cada lado. Una o dos veces miró el mar. “Es que cuando subíamos a una ola grande, el corazón uno siente que se le sale del pecho… Y yo abría los ojos y miraba a los lados”, se justifica. “Cuando vas encima de una ola grande mirás abajo y ves un gran hueco… Los pangueros tienen que saber llevar la velocidad con la ola para no caer. Nosotros pasamos varias de esas”.

Pero una primera ola violentísima sacudió el costado derecho del bote y empujó a todos contra el lado opuesto. Una segunda la siguió y llenó de agua la panga. Y una tercera, en cuestión de segundos, la volteó. A la 1:30 p.m. los 33 eran náufragos. Algunos quedaron a la deriva, sueltos, pero otros quedaron atrapados bajo la lancha volteada. Entre ellos Shura.

“Fue tan rápido… Parecía un barco de papel. Debajo de la panga se miraba oscuro. Yo no conocía a nadie, entonces no sé quiénes estaban ahí. No te podría decir”.

Cuando estaba en la lancha sus piernas estaban temblando. Tenía miedo. Pero cuando cayó al agua se dijo: “Yo de esta me salvo porque yo tengo a mi hijo de 4 años y yo tengo que contarle a él lo que sucedió. Señor, yo sé que usted nos va a ayudar”.

Arena’s Beach, en Corn Island. De esta playa zarpó La Reina del Caribe a las 9:00 a.m. con dirección a la islita, antes de naufragar. LA PRENSA/Jorge Torres.
Arena’s Beach, en Corn Island. De esta playa zarpó La Reina del Caribe a las 9:00 a.m. con dirección a la islita, antes de naufragar. LA PRENSA/Jorge Torres.
EL INFIERNO DE AGUA

La ayuda tardó un poco en llegar y para algunos jamás lo hizo. Shura no tardó ni cinco segundos en la oscuridad. Se quitó el chaleco salvavidas, se sumergió y salió a flote a escasos metros. Y vio que algunos ya intentaban subirse a la lancha naufragada.

“Quedarse debajo de la panga es peligroso porque te puede golpear y porque las personas se subían sobre ella. La niña de 3 años estaba encima con su padre. Yo no intenté subirme porque vi a la niña y me puse en los pies del papá. Él necesitaba ese lugar más que yo”. Shura se quedó en el agua, esperando.

Dos semanas después de la tragedia, la voz de Shura tiembla un poco cuando explica que, para ella, la mayoría de quienes perdieron la vida ese día eran personas que quedaron bajo el bote y tenían miedo de quitarse el salvavidas para salir o quizá no sabían nadar. De ser así, para unos la lancha era símbolo de vida, de mantener la esperanza de un rescate, mientras que para otros era una especie de jaula infernal que los condenaba al ahogo.

Shura logró mantenerse a unos metros del Reina del Caribe y atesoró las primeras palabras que dijo don Hilario cuando la embarcación dio vuelta: “¡Van a venir por nosotros!” Se aferró a ellas y luchó. Por ella, por su hijo, Kyden, por Newton, por sus papás… Porque morir no era opción.

Leonel Estrada, capitán del barco pesquero Two Friends II que rescató a los náufragos. LA PRENSA/Jorge Torres.
Leonel Estrada, capitán del barco pesquero Two Friends II que rescató a los náufragos. LA PRENSA/Jorge Torres.
ÁNGELES DEL MAR

Al barco pesquero Two Friends II aún le quedaban dos días en altamar. Su capitán, el experimentado marinero Leonel Estrada Hansack, de 43 años, le había dicho a su tripulación de 13 pescadores que no regresarían a Bluefields hasta haber cumplido los 15 días en el banco de pesca de langostas, ubicado a cien millas de Bluefields.

El buque zarpó a mar abierto el 9 de enero y contaba volver no antes del 26, pero don Leonel tuvo un presentimiento.

“Yo le digo que fue una llamada del Señor, más que todo. Yo sentía que tenía que entrar y tenía que entrar. El 23 ya íbamos camino a casa… Después de lo que pasó no puedo dormirme para nada. A cada rato me levanto”, confiesa. Su español lleva la marca de un curioso acento. Como si conociera bien el idioma pero jamás lo practicara.

“Nosotros íbamos muy alegres, muy contentos, porque llevábamos días en el mar”, relata Alvin Díaz, uno de los pescadores del Two Friends II que, junto con Marvin Carmona, accedieron a reunirse en Bluefields con don Leonel para contar los pormenores de una de las tardes más largas de sus vidas.

Serio, muy moreno y sereno, don Leonel cuelga un dije de escorpión en su collar por su signo zodiacal y viste anillos de oro que compró en Corea del Sur, cuando trabajaba para un barco de turismo que “le dio la vuelta al mundo”.

“La pesca podía ser mejor pero nosotros siempre damos gracias por lo que el Señor nos ha mandado. Lo que recogemos lo vendemos en Pasenic (Pacific Seafood de Nicaragua SA), la empresa de Jorge Morgan. Ya nosotros veníamos del banco de pesca. Íbamos para Corn Island y como veníamos del norte pasamos por la islita”, detalla el capitán.

Pasaron por Little Corn Island entre la 1:40 y la 1:50 p.m. Algunos compañeros iban filmando el mal tiempo y uno de ellos vio una panga diminuta, lejos. Distinguió a duras penas que estaba volteada y alertó al resto. Divisar a las personas era aún más difícil, pero Alvin dice que el capitán “se puso las pilas” y emprendió el camino hacia ellas, sin pensarlo.

Don Leonel llamó a la Fuerza Naval o Capitanía una, dos, tres veces. El procedimiento lógico era ese: contactar primero a las autoridades marítimas, pero nadie contestó. Entonces comenzó el rescate.

Un poco más lejos, tres millas al suroeste de Little Corn Island, Shura Welcome vio que don Hilario movía los brazos desesperadamente, como avisando de su posición a alguien. A la siguiente gran ola que la catapultó por los aires, la joven miró hacia la dirección a la que el capitán hacía aspavientos. “Cuando miré ese barco que venía dije: ‘Señor, me salvaste. Gracias, Señor’”.

HONOR A LOS PESCADORES

La Comisión de Turismo de Nicaragua propuso que la Asamblea Nacional le hiciera un reconocimiento especial a los 14 miembros de la tripulación del Two Friends II, comandada por Leonel Estrada Hansack, para condecorarlos por su actuación en el rescate de 20 personas más una que falleció a bordo.

Tanto el Gobierno de Nicaragua como el de Costa Rica evalúan dicha iniciativa y su impulsor, el diputado nicaragüense Pedro Joaquín Chamorro, ha dicho que la misma ha sido bien recibida por el país vecino, de cuya nacionalidad eran la mayoría de sobrevivientes del naufragio del pasado 23 de enero.

LA PRENSA/Infografía de Luis González.
LA PRENSA/Infografía de Luis González.
“¡NO ME SUELTEN!”

El pescador Alvin revela que la decisión de rescatar a los náufragos no se tomó. El capitán les dijo que iban a salvar a las personas y ellos sin pensarlo se lanzaron. Previamente don Leonel había llamado a Pasenic para pedir permiso de rescatar a cuantos sobrevivientes pudiera y que ellos le aseguraran que siempre comprarían las langostas. Le dieron luz verde.

Los marinos amarraron cuerdas a grandes salvavidas redondos de color naranja y los lanzaron al mar. La primera en subir al Two Friends II fue la niñita tica de 3 años, ayudada por su padre. La segunda fue Shura.

Cuando el barco pesquero estaba más cerca, don Hilario Blandón había gritado: “¡Los que puedan nadar, naden hacia el barco!” Shura lo había intentado pero las olas la empujaron hacia la cola del buque.

—¡Cuidado con la hélice! ¡Cuidado con la propela! —gritaban desde el barco los pescadores.

“Oh my God, llegué hasta el barco y voy a morir con la propela, ¡no!”, se dijo a sí misma la isleña. Y nadó con todas sus fuerzas. Logró salir de ahí y le tiraron un salvavidas anaranjado. Pero los sustos no habían terminado para ella.

“Yo me agarré y ellos me levantaron. Y yo les toqué las puntas de los dedos y ¡pum! Me volví a caer. Y me dije ‘oh my God ¡si estaba tan cerca!’ Y yo caí con eso, lo agarré, me levantaron, ¡pum! Caí de nuevo. Entonces tiraron ellos un mecate con un nudo, que tenía un espacio donde uno podía poner un pie. Y en eso saltó al agua un muchacho que se llama Alvin Díaz”.

—¡Ponga su pie! ¡Ponga su pie en el mecate! —le indicó a gritos Alvin.

—¡Cuando venga la ola grande usted me levanta! —imploró Shura.

Entonces él la levantó y los que estaban en el barco la jalaron de las manos.

—¡No me suelten! ¡No me suelten! —suplicó ella, con miedo de caer por tercera vez. Pero no lo hicieron. La acomodaron sobre la cubierta y cuando recobró el aliento, Shura preguntó:

—¿Verdad que este barco no se da vuelta?

—No, este no se da vuelta —le aseguraron.

El rescate duró más de dos horas. Los sobrevivientes no paraban de vomitar y pedían agua. Alvin fue atento con Shura y le dio una camisa seca para que se cambiara, pero ella se la dio a un nuevo náufrago que subía al bote. Se hicieron las 4:00 p.m. y la Fuerza Naval no llegaba. Apenas pudo, Shura pidió un celular y avisó a su marido, Newton, lo que había sucedido. Le pidió que avisara a su madre y esta notificara al alcalde. Rápidamente el suceso hizo eco a lo largo y ancho de las dos islas y hubo todo tipo de opiniones.

“Algunos estaban diciendo que por qué yo no paré la panga”, se queja Shura. “Yo soy juez, yo no soy Naval. En ese momento yo solo era una pasajera más. Además yo no sabía que el tiempo estaba así”.

Alvin Díaz se lanzó al agua para salvar a Shura Welcome. LA PRENSA/Jorge Torres.
Alvin Díaz se lanzó al agua para salvar a Shura Welcome. LA PRENSA/Jorge Torres.
¿QUIÉN TUVO LA CULPA?

La tragedia cobró dimensiones nacionales. El Two Friends II logró salvar a 20 personas: 12 ticos, 3 nicas, 2 británicos, 2 estadounidenses y una brasileña. Pero 13 ticos murieron. Las autoridades actuaron rápido. Se atribuyó la responsabilidad del hundimiento de La Reina del Caribe a la “temeridad” de don Hilario y se alegó que este zarpó sin autorización, pues según el órgano judicial, Capitanía había prohibido el zarpe por mal tiempo.

No obstante, la población de Corn Island tiene muchas dudas sobre por qué culpabilizaron a don Hilario.

El Hotel Arena’s Beach, desde donde partió la lancha de pasajeros la mañana del sábado, está ubicado a solo 480 metros al norte y sobre una playa recta del muelle de la Fuerza Naval, la división del Ejército de Nicaragua que por ley debe regular todos y cada uno de los zarpes de las dos islas. En otras palabras, cualquier bote que saliera de esa playa era visible por las autoridades.

A la vez, Capitanía no cuenta con una caseta en el muelle principal de Big Corn Island y peor aún, brilla por su completa ausencia en Little Corn Island.

Y por si eso fuera poco, el sistema de certificado de zarpe para viajes como el que realizó don Hilario, funciona al revés. Varios isleños confirman lo que asegura Salomón Valdez, antiguo oficial de Fuerza Naval: los viajes se realizan por mañana y tarde y es hasta que regresa el último que Capitanía sella los permisos de todo el día.

Leonel Estrada, con más de dos décadas de experiencia en el mar, dice: “Aunque no le dieran zarpe también Capitanía tiene la culpa porque yo estuve llamando desde que vimos el bote volcado y nunca aparecieron. Si hubieran llegado, tal vez hubieran sido uno o dos los muertos, no sé. Pero imaginate si nosotros no hubiéramos llegado… Desde la 1:40 p.m. que vimos la lancha hasta que ellos llegaron a las 4:30 p.m…. Tal vez nadie se habría salvado”.

A las 4:30 quien llegó fue Raydel Mansiguel, conocido por todos como “El Flaco”. Él es capitán de una lancha de pasajeros prácticamente igual a la que se hundió y el sábado 23 realizó el mismo viaje que don Hilario unos instantes después. Cuando llegó a Big Corn Island y vio que no estaba amarrado el bote de su colega decidió volver para averiguar qué había pasado. Fuerza Naval no tenía un capitán habilitado en el momento y envió a tres oficiales a bordo del Águila III, el barquito de Raydel.

Debido a las condiciones climáticas tardaron mucho en llegar y gracias al esfuerzo colectivo de los seis hombres que zarparon lograron recuperar ocho cuerpos. “El barco naufragado se levantaba en el aire. Parece que la gente estaba atrapada abajo porque cuando el barco se levantó comenzaron a salir”, describe Raydel.

El sentimiento generalizado entre los lugareños, sin embargo, es que no sirve de nada señalar con el dedo a un culpable, pues consideran que fue un accidente. Que un clima así es imprevisible.

Vista de Little Corn Island desde la isla grande. LA PRENSA/Jorge Torres.
Vista de Little Corn Island desde la isla grande. LA PRENSA/Jorge Torres.
SILENCIO POR LOS MUERTOS

Cuando el Two Friends II llegó a Corn Island había mucha gente en el muelle. “Casi la mitad de la isla estaba ahí”, recuerda Shura. Ella vio a su madre que venía con Kyden, su hijito, y le quitó el suéter para dárselo a la niña de 3 años que se escapó de ahogar. Algunos isleños imitaron el gesto y dieron sus prendas a Shura, que fue a repartirlas entre los turistas todavía en estado de shock y con mucho frío.

La joven levantó una lista con los nombres de los rescatados y los desaparecidos y buscó agua para los que todavía pedían.

“En ese momento vos pensás qué podés hacer para que las personas se sientan menos mal, porque no están en su país, acaban de sufrir una tragedia, algunos perdieron a sus seres queridos o quedaron solos porque solo estaban con esa persona”, explica.

Esa tarde fueron pocos los que abandonaron el muelle y la zona central de la isla. Cuando el bote Águila III regresó con ocho cadáveres, la lista de ahogados de las autoridades ascendió a 13. Todos costarricenses. Los habitantes de Corn Island ayudaron como pudieron a los sobrevivientes y en honor a los fallecidos acordaron apagar por una noche los ambientes de fiesta que suelen teñir sus calles. El sábado 23 todos los bares y discotecas cerraron. Y un silencio sepulcral lo inundó todo.

Muelle de Little Corn Island, desde donde salió la lancha que naufragó. LA PRENSA/Jorge Torres.
Muelle de Little Corn Island, donde no hay presencia de la Fuerza Naval y desde donde salió la lancha que naufragó. LA PRENSA/Jorge Torres.