La reivindicación de la política

Es universalmente conocida la definición de Aristóteles sobre la política, como el arte del bien común.

Es universalmente conocida la definición de Aristóteles sobre la política, como el arte del bien común. Además, el filósofo considera la política como el elemento esencial que caracteriza al sujeto como un ser humano. Lo político y lo social forman una unidad, la polis, de donde proviene la naturaleza humana, pues esta, en su más auténtica subjetividad, viene formada por el elemento social, que equivale a decir político.

“El hombre es un animal político”, afirma Aristóteles, lo que significa que es lo político (lo social), lo que confiere a su estructura biológica, la naturaleza propia del ser humano.

La política, por tanto, lejos de ser una conducta artificial movida por la ambición personal y por el deseo desenfrenado de poder, es un elemento consustancial al ser. El ser es porque es político, es decir social.

Para Maquiavelo, en cambio, la política es el arte del poder y fuera de él, de su búsqueda por todos los medios, o de su ejercicio, la política no tiene ningún sentido.

Sin ignorar que el poder es un objetivo de la política, sin embargo, no se puede ni se debe referir esta exclusivamente al poder, ni resumirla únicamente en el ejercicio del mismo. La elevación del poder a una entidad que condiciona y somete a la política a sus designios y ambiciones, desnaturaliza su carácter de entidad delegada por la voluntad colectiva, y deforma y devalúa a la política que en ese contexto solo existe para el poder y sus excesos.

Como dice Zygmunt Bauman en el libro Ceguera moral del cual es coautor con Leonidas Donskis, hay una avanzada separación “que tiene como objetivo el divorcio entre el poder (la capacidad de hacer las cosas) y la política (la capacidad de decidir lo que hay que hacer), y la resultante incapacidad, absurda, degradante y manifiesta de la política de los Estados-nación para cumplir con su cometido”. Y en otra parte señala: “Por un lado existe el poder, que campa a sus anchas por las extensiones globales, libre de control político e independiente para seleccionar sus propios objetivos; por otro, está la política, despojada de casi todo su poder, músculos y dientes”.

Ante estas consideraciones, cabría preguntar qué pasa con la política en nuestro país, y de qué manera incide en la alteración de lo que debería ser la conducta social e individual que determina la práctica política.
A grandes rasgos podría decirse que algunos elementos principales de lo que podríamos llamar la crisis de la política en Nicaragua, son: la centralización del poder; el debilitamiento de la ciudadanía; la fragmentación, ausencia de liderazgo y de propuesta estratégica de la oposición, la que, a lo sumo, se manifiesta mediante actitudes reactivas ante las iniciativas del poder.

Pero fuera de lo inmediato, que también, sin duda alguna, forma parte del quehacer político, cabría preguntarse cómo debe entenderse la política en relación a sus fines y objetivos y a los valores y principios que deben constituir la plataforma ética sobre la cual sustentar su estructura y acción.

Dos referentes fundamentales constituyen el origen y destino de la filosofía política a través de la historia: las ideas de orden y justicia de la filosofía ateniense del siglo V a.C. (Sócrates, Platón Aristóteles) y la idea de libertad, igualdad y justicia de los filósofos de la Ilustración, el Contractualismo y la Enciclopedia de fines del siglo XVII y en el siglo XVII. (Locke, Rousseau, Montesquieu, Diderot, Dalambert…).

Con las diferencias y contradicciones de los filósofos en cada uno de esos momentos fundamentales de la filosofía política, podríamos decir que para los pensadores atenienses, principalmente para Platón, la idea del orden constituye el objetivo esencial del quehacer político y del pensar filosófico. La finalidad de la política y la filosofía, era tratar de establecer el orden (el cosmos), en la polis (la sociedad el Estado-ciudad) y superar el caos (la anarquía, el desorden) que con frecuencia prevalecía en la vida comunitaria.

En cuanto a la justicia, la definición de Platón de dar a cada uno lo suyo, asumía como justo un orden que preservara la estructura jerárquica y piramidal de la sociedad, dando y exigiendo a cada quien lo que le corresponde (zapatero a tu zapato). La justicia devenía así una injusticia institucionalizada y un orden que preservaba la estructura jerárquica de la sociedad, sin preguntarse si esa estructura era, en verdad, justa o injusta.

En cambio, las ideas de la Ilustración configuraban la libertad, como el derecho de cada quien de obtener lo que legítimamente pretende, sin lesionar la libertad y el derecho de los demás; y la igualdad, como la opción de la persona de actuar sin restricciones que limiten a unos y no a otros, en función de su posición de clase y de su situación económica, social, política o ideológica. En ese sentido, la justicia viene determinada por el principio de igualdad ante la ley.

La crisis de la política y las opciones para superarlas, nos conducen a trascender la teoría y práctica de la política, referidas únicamente al poder y al Estado y sus instituciones, para buscarla también en la participación de la ciudadanía en la búsqueda del bien común y la paz social.

Para Hannah Arendt, el sentido de la política es la libertad. Para Cornelio Castoriadis, la idea fundamental de la política es la justicia. Para él: “Una sociedad justa no es una sociedad que adoptó leyes justas para siempre. Una sociedad justa es una sociedad donde el tema de la justicia permanece constantemente abierto, o sea, donde existe siempre la posibilidad socialmente efectiva de interrogación sobre la ley y sobre el fundamento de la ley”.

Ninguna sociedad puede vivir sin la política. La crisis de la política nace justamente de su separación de lo social y de su absorción por el poder. La crisis de lo social se produce por su alejamiento de las grandes decisiones que afectan a la comunidad. Separar lo político de lo social, es producir una mutilación, una doble orfandad; reintegrarlos en su naturaleza necesariamente complementaria, es restituirle su integridad e identidad. Este es un gran desafío contemporáneo de la política y en ello radica la importancia de la participación de la sociedad civil.

Frente al deterioro de la política y su identificación exclusivamente con el poder, es necesario recuperar su sentido pleno y el derecho y el deber de la ciudadanía de participar en su construcción y ejercicio. Una sociedad sin un sentido integral de la política, pierde su condición de tal, y una política que no asuma su carácter social, pierde su identidad y su propia naturaleza.

Por todo ello, y sin prescindir de las situaciones inmediatas y concretas, es necesario configurar adecuadamente el concepto de la política, sus objetivos, principios y fines, con el propósito de hacer de su práctica un ejercicio imprescindible para la formación y fortalecimiento de la condición humana, individual y social.

El autor es jurista y filósofo nicaragüense.

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