Baños árabes, un oasis de relajación en medio de la guerra en Siria

El "hamam" o baño árabe de Sheij Raslan, en pleno barrio antiguo de Damasco, es un pequeño oasis de paz en un país inmerso en una guerra.

Baños árabes

Este «spa» para hombres es un pequeño oasis de paz en un país inmerso en una guerra, donde los sirios acuden para relajarse y olvidar por unos instantes los sinsabores del día a día. LA PRENSA/EFE/Susana Samhan

El «hamam» o baño árabe de Sheij Raslan, en pleno barrio antiguo de Damasco, es un pequeño oasis de paz en un país inmerso en una guerra, adonde los sirios acuden para relajarse y olvidar por unos instantes los sinsabores del día a día.

En un rincón de este «spa» para hombres se sienta plácidamente Hosam, de 46 años, quien tras someterse a una exfoliación, limpieza, masaje y ducha, descansa envuelto en varias toallas antes de regresar al mundo exterior. Y es que dentro del «hamam» parece que el tiempo se ha detenido y hay un ambiente especial que invita al descanso, lejos del estrés.

Hoy será una jornada ajetreada para Hosam, porque va a inaugurar un moledero de café en la capital, después de que su fábrica de embalaje de plástico para fruta y su casa en la población de Beit Sahem, en las afueras de Damasco, fueran destruidas por facciones armadas contrarias al Gobierno.

«Es muy relajante y la piel se queda muy suave», asegura Hosam a Efe, mientras enseña su brazo, que ha quedado inmaculado tras pasar por el «hamam».

Pese a las dificultades a las que ha tenido que hacer frente por las consecuencias de la guerra, Hosam no tiene ninguna intención de marcharse de Siria. «Viajé a Kuwait y no me gustó nada, aquí hay vida social, veo a la gente, fuera es distinto», explica.

Antes del inicio del conflicto en marzo de 2011 venía cada semana o diez días, e incluso a veces en grupo con sus amigos las noches de los jueves, pero ahora acude de quincena en quincena.

Todavía recuerda la primera vez que entró en un baño árabe, cuando tenía 15 años de edad: «Fue algo raro para mí, pero muy bonito», indica Hosam, que agrega que es algo más que una limpieza individual, ya que se trata de un ritual colectivo.

La contienda no solo ha afectado las vidas de los clientes del «hamam», sino también al propio establecimiento y su dueños, los hermanos Taufiq y Yamil Shishe.

A sus 51 años, Taufiq lleva trabajando aquí 36 años y dobla las toallas con una destreza casi acrobática; mientras que Yamil se encarga de los masajes y los tratamientos de exfoliación.

«Antes abríamos un día sí y otro no, pero ahora trabajamos cuatro días y descansamos tres. Yo vivo en Al Qalamún (región próxima a Damasco), dependo del tráfico y a veces hay francotiradores», detalla Taufiq.

En la época de preguerra, muchos turistas visitaban el «hamam», ubicado junto al acceso al barrio histórico de Bab Tuma, pero ahora todos sus clientes son sirios y su número también ha mermado. Esto ha hecho que el baño pasara de tener quince empleados a dos, Taufiq y Yamil, y a un aumento de los precios, ya que mientras que antes de 2011 el tratamiento completo en el «spa» era de entre 300 y 400 libras sirias (1,4 y 1,8 dólares), ahora alcanza las 1.000 (4,6 dólares).

baños árabes

El lugar, fundado durante la época otomana «hace 400 o 500 años», precisa Taufiq, conserva un encanto especial con sus salas revestidas de baldosas azules y blancas, lámparas que recuerdan a las Mil y Una Noches, la zona de vapor y los techos en forma de bóveda agujereada.

En una habitación al fondo, un cliente se relaja sentado en el suelo mientras los poros de su piel se abren al vapor para más tarde someterse a la limpieza, al tiempo que el forzudo Yamil se afana en exfoliar el cuerpo de otro usuario, que yace tendido en el suelo.

En la sala exterior del «hamam» se encuentra Mohamed, ingeniero de telecomunicaciones, aunque en la actualidad se dedica a la importación de medicinas.

«Vengo a descansar, refrescarme, disfrutar», enumera este hombre, que lo mismo acude al baño árabe cada tres meses como cada seis. «Estoy muy ocupado», aclara.

Pese a que el país atraviesa difíciles circunstancias, Mohamed no tiene miedo a la muerte.

«Ella (la muerte) vendrá algún día, no es problema si llega mañana, porque en algún momento tiene que llegar en la vida», señala este antiguo ingeniero, quien se traslada desde la zona de Al Mezze, en la otra punta de Damasco, solo para venir al «hamam» de los hermanos Shishe.

Un trayecto que le merece la pena, porque, como apostilla Taufiq, «se nota el cambio» tras pasar por el baño árabe.

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