El costo de una vida

Cuando ocurre una tragedia laboral involucrando una fatalidad, son varias las preguntas que debemos plantearnos. Vivimos en una sociedad en donde a pesar que se sigue diciendo que la vida humana es invaluable, que no tiene precio, se ven conductas prácticas que distan mucho de ese pensamiento.

LAPRENSA/ARCHIVO

Cuando ocurre una tragedia laboral involucrando una fatalidad, son varias las preguntas que debemos plantearnos. Vivimos en una sociedad en donde a pesar que se sigue diciendo que la vida humana es invaluable, que no tiene precio, se ven conductas prácticas que distan mucho de ese pensamiento.

Como prueba de lo que afirmo, si alguien pregunta: ¿Cuánto vale la vida de una persona? La respuesta inmediata que vendrá —ingenua acaso— es: “La vida no tiene precio”, y aunque moralmente la respuesta sea cierta, el terrible relativismo en el que vivimos siempre se impone y las acciones, las omisiones, los descuidos, los riesgos calculados —y sin calcular— hacen que lo que la familia recibió como supuesta compensación tenga siempre una expresión numérica, monetaria, que en todos los ejemplos —sin excepción— resulta infinitamente inútil ante la pérdida de un ser querido, un cabeza de familia, una persona, una vida.

Hace unos años, me tocó junto con otros funcionarios ir a dar un pésame a una familia por un terrible accidente laboral, el cual ocurrió por razones absolutamente prevenibles, principalmente, por decisiones erróneas dentro de la propia organización. Y aunque mi función fue en ese momento de puro acompañamiento y solidaridad, el recuerdo es imborrable, puesto que ver a la esposa, los hijos, los padres, recibiendo esas condolencias protocolarias, no dejé de sentir la sospecha de ser un ejercicio puro de falsa piedad corporativa.

Cuando nos marchábamos del sitio, eché una mirada a ese hogar quebrado, en donde ahora quedaban unos niños huérfanos, una viuda y unos padres con el mayor dolor del mundo. La única palabra con que memoro la escena es soledad, pero una infinita, la que trae el desamparo práctico —y la certidumbre de una incertidumbre infranqueable— atroz, todopoderosa.

Es por eso que cuando ocurre una tragedia laboral evitable, existen siempre dos eventos; uno, el que se llevó la vida de una o más personas; y el otro, el incidente moral, del porqué la organización, o mejor dicho, las personas físicas quienes toman decisiones, permitieron que dicha falla ocurriera, quedando expuesto así el verdadero cariz de los valores internos de esa empresa —de individuos de carne y hueso— de relativizar la vida humana, exponiendo a su personal a situaciones riesgosas en donde no se tomaron las previsiones necesarias para identificar los riesgos, capacitar seriamente, adquirir equipos, supervisar rigurosamente, corrigiendo las fallas potencialmente fatales.

Los verdaderos costos de una tragedia laboral nunca son compensados, por más ficciones de pólizas de seguros ni de aportaciones empresariales. Todos los costos de un incidente son —como dicen los economistas— tercerizados o trasladados íntegramente a los dependientes, a los deudos, a aquellos en quienes tendrán que buscar qué hacer para no descarrilarse en la vida, para no sucumbir a los males sociales que acechan a nuestra juventud.

Es por eso que en las organizaciones —en especial la suya propia, señor empresario— no se deben tolerar la ocurrencia de un percance laboral, ya que invirtiendo en prevención es en realidad como se expresa y se mide cuánto de verdad hay en todas las frases de moda —que el personal es el activo más valioso de un negocio, que el liderazgo empresarial, que la responsabilidad social corporativa, los valores, la misión, la visión, y otras pirotecnias verbales— que al final quedan como cascarones vacíos, evidenciando ser solamente hipocresía corporativa, recursos de una dialéctica profesional manipulada para disimular los graves fallos morales de aquellos quienes pudieron prevenir eficazmente, pero decidieron con cálculo ahorrar costos, despreciando la vida humana, llevando dolor a una familia, siendo este el más grave pecado social que existe.

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